Las canas

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Comencé a tener canas en la adolescencia. Mi madre afirmaba que había sido por el duelo de la muerte de mi padre. Yo siempre aposté por la explicación genética. Por cada lado de mi familia siempre hubo gente que encanecía pronto y pues… me tocó.

Al principio fue divertido, tenía rayitos naturales. Después se convirtieron en algo así como una diadema y tanto mi madre como mi pareja en ese tiempo comenzaron a cuestionarme si no pensaba pintarme el pelo.

Cedí. La culpa, si existe, fue mía por aceptar que alguien más decidiera sobre mi aspecto. En mi ingenuidad pensé que dejaría de teñirme el pelo cuando la cara hiciera juego con las canas.

¿Cómo es una cara que hace juego con las canas? Nunca definí los criterios. Creo que en el fondo pensaba algo así como muy arrugada. Pero resulta que en el mismo lote genético que me dotó de las muchas canas, venía un tipo de piel que no se arruga tanto. Además, de un tiempo a la fecha se han puesto de moda los rostros muy jóvenes acompañados con cabelleras grises. La cara que hace juego con las canas se ha convertido en un plazo impráctico.

Sin embargo, después de veinte años de destinar de tres a cuatro horas cada quince días a colorearme el pelo, estoy harta; me siento esclavizada. La sensación es peor desde que comencé a usar lentes de fijo, a los 50 años.

Tener la cabeza embadurnada de tinte es equivalente a confinamiento. Además, es incompatible con el uso de lentes y no traerlos puestos significa no poder leer, ni escribir, ni chatear, ni ver series. ¿Qué se supone que haga en todo ese rato? Tengo amigas que dicen que es el tiempo que ellas tienen para sí mismas. No es mi caso. Durante estos años he tenido el pelo de todos colores: primero rubio, después castaño, luego rojo, más claro, más obscuro, con mechones de diversos tonos fantasía desde el rosa mexicano hasta el morado, pasando por el decolorado extremo. Ahora estoy considerando seriamente una opción mucho más atrevida: me voy a dejar las canas.

Cuando se lo dije a una amiga más joven que yo, a quien quiero muchísimo puso una expresión de sorpresa y me dijo: “¿por qué querrías hacer eso?”. Le expliqué que quería sentirme libre y me pareció que me entendía, pero su asombro me dejó pensando. Para comenzar, dejar de teñirme el pelo supondrá un periodo de un montón de meses viéndome desaliñada. Eso de traer unas raíces como de ahuehuete está mal visto a menos que se produzcan en una estética después de horas de trabajo profesional; mi estructura de personalidad y esa línea blanca que va creciendo siempre se han llevado mal. Soy vanidosa, ¿para qué negarlo?

Por otra parte, la mayoría de mis amigas hacen esfuerzos reales (y en muchos casos efectivos), por verse más jóvenes, lo cual merece todo mi respeto, pero no me siento capaz de seguir su ejemplo. Me parece que ha llegado el momento de dejar de lado esa lucha que hacía por disimular el aspecto que tiene mi cabello a los 55 años.

Creo que, para mí, esto se ha ido convirtiendo en un tema de autoaceptación, de la misma manera en que terminé por hacerme amiga de mi color de piel, de lo lacio de mi cabello, de lo ancho de mi cadera, de mi estatura. Quizá al final sea hasta divertido ver cómo mi apariencia avanza en edad más aprisa que la de mis contemporáneas. Mi hermana, que me lleva quince años, trató de disuadirme: “¿ya pensaste que te vas a ver mayor que yo?”

No sé si lo conseguiré en un primer intento, pero me he planteado ir semana por semana. En ésta no me pintaré el pelo, ya veremos la siguiente.

Me he dedicado toda la vida a la educación en diferentes modalidades y niveles. Me apasiona leer y escribir. Soy amante de la diversidad humana, defiendo la alegría. En algún tiempo, activista animalista. Aprendiendo cada día, gracias a las ideas de los participantes de los talleres de columna de opinión.