Las calles del sastre 

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De el sastre aprendí algunas cosas que tienen que ver con la vida, con tener un oficio; también desarrollé un gusto por las plantas y la tranquilidad que ofrecen teniéndolas cerca; a apreciar la vida caminándola, andándola; siempre admiré la congruencia con la que se conducía, su integridad.

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Cada mañana era como la anterior, un hábito colmado de actitud, su rutina matutina iniciaba en una silla vieja de madera que siempre estuvo en su casa. Sentado en ella, en el centro del pequeño patio, haciendo una especie de meditación con la espalda y cabeza erguidas, las manos sobre su regazo perfectamente en simetría. Así arrancaba cada mañana, para salir de aquella casa que estaba del otro lado del río Santa Catarina.

El sastre jamás tuvo un carro y nunca habló sobre tener uno, caminó todos los días de su vida de la casa a la sastrería; lo pude ver andando algunas de esas calles que lo conducían hasta el barrio antiguo, algunas veces me tocó verlo por Garza Sada, otras por Florencio Antillón, cruzando los condominios; seguramente cambiaba de rutas para no aburrirse de la misma ruta todos los días -eso es mera suposición mía, pero creo que lo hacía-, con un caminar firme, constante. Siempre con pantalón de vestir y con camisa, bien fajado y cuando el calor no era tanto, con saco. Su pelo siempre encerado con Wildrot, en una de sus manos no faltaba El Porvenir o el Norte, que lo compraba en algún punto de su camino. Difícilmente pasaba desapercibido. No estoy seguro si el pertenecía a esas calles que transitaba a diario o esas calles le pertenecían a él, porque las caminó siempre, se apropió de ellas a base de andarlas.

Lo pude saludar con más frecuencia ya en los alrededores de su sastrería. Era normal encontrármelo seguido, mi trabajo estaba a unas cuadras de su local. Él caminaba a LEAL a comprar tortillas o algunas verduras y nos saludábamos con efusión y mucho gusto. Él mandaba saludos a mi papá y después de platicar unos minutos de forma apresurada y con aparente prisa, continuaba con su andar, así lo veía de nuevo alejarse, caminando por Allende hacia el poniente en dirección a su sastrería.

Era un lugar enigmático; una casa pequeña en el Barrio Antiguo sin una particularidad especial por fuera; modesta, solo con una ventana mediana y una puerta de duela metálica. Durante algún tiempo estuvo colgando a un lado de la puerta un anuncio luminoso de medianas dimensiones que anunciaba su oficio, pero eso fue años atrás, tal vez más de 20 o 25 años. 

La recepción de la sastrería tenía una gran mesa de madera que fungía de mostrador y mesa de trabajo, encima siempre había montones de cosas, periódicos de los días o tal vez semanas anteriores, recibos ya pagados del agua o luz, un cenicero viejo que no tenía colillas de cigarros sino botones, sedales y agujas viejas; a un lado unas tijeras enormes y pesadas que usó en algún momento para cortar los patrones sobre telas de rayón o lino, que después de armar las piezas, serían un buen saco o pantalón de vestir; una plancha antigua colocada siempre apuntando al techo y a lado una cosa rara que él llamaba mojón, y que no era más que un rollo de tela corto, tal vez de 10 centímetros de largo que usaba para mojar la tela al planchar, por eso su peculiar nombre, descartando con dicha explicación cualquier tema escatológico.

Detrás de la mesa de trabajo había una vitrina enorme con dos hojas de cristal al frente. Una de estas puertas de vidrio tenía pegado un calendario con una infinidad de razas de perros como portada… el tiempo ya había pasado por este almanaque. Tenía días marcados con círculos y otros con cruces, seguramente con recordatorios de los cumpleaños importantes que no debía de olvidar. Al interior de la vitrina se podían ver algunas prendas colgadas, envueltas en plástico ya empolvadas; abandonadas, tal vez olvidaron pasar por ellas o que quizá no tuvieron dinero para liquidar el trabajo y el sastre las tuvo que retener; después de todo aquello era un negocio, su fuente de empleo, no beneficencia pública. 

Detrás de la ventana, con dos puertezuelas que se podía apreciar desde afuera, estaba su máquina de coser. Creo que fue una de sus primeras máquinas, si no es que la primera. Parecía una verdadera antigüedad. Se había ganado su jubilación junto con él por toda una vida de trabajo juntos, después de todo, y aunque habían desfilado por ahí infinidad de máquinas, unas automáticas, otras industriales y uno que otro aprendiz de sastre.

Esa era la parte pública de la sastrería, hasta donde podían entrar los clientes, algunos de ellos, por cierto, politiquillos que querían un traje a la medida, u otros que simplemente tenían gusto por el buen vestir y se podían dar el lujo de solicitar su servicio. Detrás del primer cuarto de la recepción que solo estaba separada por una cortina a manera de puerta, estaba la “casa de día” del sastre, ahí se podía encontrar lo que habitualmente hay en una casa y poco más: máquinas de coser en desuso, algunos muebles apilados unos sobre otros, una cama antigua, muy antigua, que tiempo después supe que fue de su padre, cajas de libros, revistas, rollos de retazos de tela así como cajas con infinidad de hilos de diferentes colores y marcas, más atrás una cocina empolvada detalladamente, después un patio con un cuartito al fondo.

La soledad podría ser una constante en sus días, pero no parecía ser una soledad de esas que pesan o torturan, cuando menos no todo el tiempo. Más bien practicaba una especie de autoexilio y hacia el interior de aquella sastrería existía un mundo habitado solo por él, que le brindaba esa tranquilidad y goce que todos decimos querer en algún momento pero que en el andar de la vida vamos olvidando o dejamos de lado porque nos parece poco ambicioso, pero el sastre era de convicciones firmes, un idealista práctico y no de discurso.

Tuve la oportunidad de estar cerca de él ya que un tiempo fui su arrendatario. Al lado de la sastrería tenía una propiedad en renta, así que después de verla y preguntarle los detalles correspondientes al dinero, derechos, condiciones, obligaciones y todas las cosas que respectan a rentar una propiedad, decidimos hacer trato y entonces pasamos a ser vecinos. Claro, vecinos de día, ya que el solo habitaba su sastrería en estricto horario de oficina. En esa casa de la calle Mina experimenté los primeros años fuera de la casa de mis padres, y “ser independiente” a mis 25 en ese entonces.

Ya en el ejercicio de la vecindad tuvimos oportunidad de tener largas conversaciones que siempre nos venían de forma casual y espontánea. Detrás de esa apariencia solitaria había un hombre de setenta y tantos años con todas las experiencias dignas de su edad que parecía compartir con gusto. Cuando a veces tocaba a su puerta para pagar de forma puntual la renta, terminábamos teniendo pláticas extensas. Su vida me parecía muy interesante, no aparecía en sus anécdotas como el protagonista, pero yo a veces fui muy perspicaz e intentaba descifrar los entrelíneas.

Tenía costumbres que hoy son una novedad en la ciudad. En una esquina de su patio, a un lado de la cocina tiraba restos de comida, cáscaras de huevos y frutas, revueltos con tierra; en su patio había una parra, un árbol de papaya, de chiles, plantas de maíz, rábanos, una enredadera de huajes, otra de estropajos y cacahuates, que regaba con un tubo perimetral con pequeños agujeros; al fondo tenía corrales con gallinas ponedoras y conejos que criaba para su consumo al igual que todo lo que levantaba de cosecha.

En palabras de actualidad, ahora entiendo que el sastre hacía composta, tenía un huerto urbano que regaba mediante sistema de goteo, no usaba coche y practicó la sustentabilidad en medida de lo posible. Seguramente de haber tenido una cuenta de Instagram hoy tendría muchos seguidores por su espíritu ecologista y sustentable, discursos hoy tan cacareados y poco practicados.

Con el pasar del tiempo esas calles que vieron andar al sastre se tuvieron que acostumbrar a su intermitencia. La edad cobra factura y no hay forma de eludir dicha deuda por más disciplina que se tenga para administrarse uno en la vida. Su andar poco a poco se fue haciendo lento y en ocasiones tambaleante, cada vez fue más frecuente ver que iba a dejarlo en carro alguno de sus hijos por las mañanas y otras ocasiones pasaban por él de igual forma por la tarde. Se resistía a depender de los demás, solo algunas veces permitió que yo le diera rait hasta su casa, cruzando el rio.

De el sastre aprendí algunas cosas que tienen que ver con la vida, con tener un oficio; también desarrollé un gusto por las plantas y la tranquilidad que ofrecen teniéndolas cerca; a apreciar la vida caminándola, andándola; siempre admiré la congruencia con la que se conducía, su integridad.

 El sastre falleció. Fue algo repentino, las calles del barrio ya no son caminadas por él. No son calles solitarias, puedo ver cientos de personas caminarlas; algunas son caras conocidas otras gente que solo va de paso, que no conocieron al sastre y tal vez no volverán a pasar por aquí. Hace ya más de 10 años que dejé la casa de Mina, antes de que el sastre partiera, pero sigo trabajando a unas cuadras de ahí. Me gusta caminar por los alrededores como lo hacía el sastre y a veces pienso que en la próxima esquina podría dar vuelta él y nos volveríamos a encontrar; después de todo son sus calles, es su barrio, se entregaron a él a base de andarlas.

Dedicado con amor para el Sastre, mi Abuelo.

23 de abril de 2019

Alejandro Okusono

Hago diseño industrial de forma profesional, disfruto mucho de la fotografía, en ocasiones me da por ser como Pepe “El Toro”, y tomo algunas tablas para construir “cosas”. Soy un casi-melómano, tengo un diplomado en Mercadotecnia Estratégica, también tengo cuadritos en la espalda de tanto estar tirado en la hamaca junto con mi retoño de 8 años y últimamente me da por compartir a través de las palabras.