Ladrar 

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Encontrar mi voz fue algo así como encontrar un perrito callejero, violentado y traumado; que, ante el más mínimo estímulo de peligro, salta. Ladra fuerte, sí, y espanta.  Ladra porque sabe que puede morir, y sabe que quiere vivir. Mi ladrido me ha alejado de muchas personas, no lo niego, pero también de muchos peligros. 

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No puedo hablar por nadie ya que nadie habla por mí.

Recuerdo momentos clave en mi vida que me quitaron la voz. Un tío golpeó a mi hermano tan fuerte en la espalda que le sacó el aire. Me levanté de mi silla y le grité al hombre, ¡Déjalo en paz! Cuando mi hermano recuperó el aliento, lo hizo con una carcajada. No sólo se rio de mí con los pulmones todos jodidos, además lo hacía apuntándome con el dedo. Pensé: jamás lo vuelvo a defender. Tenía 8 años. 

Ese mismo año, mi padre nos disciplinaba a mi hermano y a mí. Raspó un buen trozo de una barra de jabón con los dedos y le talló a mi hermano la lengua hasta la garganta. El muchacho se atragantaba, forcejeaba inútilmente contra la voluntad de mi papá, el pastor del hogar, la autoridad. Cuando me tocó a mí, no opuse resistencia; cerré los ojos y sostuve la respiración. No le daría un solo grito. Cuando hubo terminado, y me encontraba lavándome las lágrimas y la boca, se acercó mi hermana mayor que había estado viéndolo todo. Muy bien, no gritaste. Fuiste muy inteligente. Eso me dijo. 

Hubo otros eventos que sirvieron a esta pedagogía del silencio. Mis hermanas me decían que ¿para qué cantaba si cantaba bien feo? Dejé de cantar. Tenía miedo de hablar y que me tuvieran que pedir que hablara más alto o que se me quebrara la voz. Temía además la furia de los mayores cuando cuestionaba algo que no comprendía.   

Aprendí a callar y ser inteligente, que había virtud en el silencio. Mi madre también me enseñó a guardar silencio. Era su escape de las discusiones con mi padre y su castigo cuando se enojaba conmigo. El silencio era poder y quería que ese poder fuera mío. Lo aprendí bien. Tan bien que nunca hablé cuando alguien me lastimaba, ni cuando veía que lastimaban a quienes yo quería. Callé tantas historias que algunas las olvidé. Incluso en la adolescencia mi rebeldía era esa. No responder cuando me interrogaban, hacer las cosas de noche y a escondidas y luego negarlo todo. Callé todo, lo bueno y lo malo. Y aun así no me salvó.

Encontrar mi voz fue algo así como encontrar un perrito callejero, violentado y traumado; que, ante el más mínimo estímulo de peligro, salta. Ladra fuerte, sí, y espanta. Ladra porque sabe que puede morir, y sabe que quiere vivir. Mi ladrido me ha alejado de muchas personas, no lo niego, pero también de muchos peligros. 

Lo he tenido que desaprender todo y comenzar de nuevo. Encontrar el momento de ladrar y el momento de callar. Reconocer que mi silencio no me responsabiliza de las violencias que viví, pero que sí les sirvió a mis agresores para cometer sus crímenes. Ahora que tengo voz estoy aprendiendo que está bien callar para que otras personas puedan aprender a hablar. Reconocer el valor de quienes alzan la voz. Usar mi voz para cuestionar, alentar, reconfortar. Visibilizar y luchar.

Escribir esto también es desaprender a callar.

Celeste Matsumoto

CDMX, 1988.

Floricultora. Madre. Docente.

Estudiante. Feminista Radical.