,

La última rodada

Por |

¡Responde tú que lees esto, por favor!

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

—Estaba viendo que la ciclista que atropellaron era amiga tuya.

Fue el mensaje que recibí por WhatsApp la mañana del miércoles, era un familiar. En ese momento estaba incrédulo.

—¿Quién? —pregunté y respondí al mismo tiempo.

Unos minutos después recibir un pantallazo de una imagen. Sí, era ella. Una chava a la que conocí hace tiempo. Había escuchado la noticia, pero no había ligado a la persona, porque solo se mencionaba a la “ciclista de San Pedro”. Jamás supe el nombre ni tampoco hice por enterarme quién era, pero cuando lo hice, fue como si de pronto se soltara una taza de mi mano para romperse en mil pedazos.

De pronto las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Sabía que ese día ya no sería igual, ya no podría concentrarme en mis actividades diarias. Fueron como treinta minutos de lágrimas, entre que buscaba noticias y me encontraba con el trágico video donde se ve la fatal embestida. No podía parar de llorar.

En cuestión de instantes recordé aquel día donde ella me acompañó un sábado al Museo MARCO a ver la exposición de Martin Scorsese. Recuerdo que nos sentamos en unos cojines que estaban en el suelo en unas salas de la exhibición. Vimos algunos fragmentos del repertorio del mencionado director. Ese fue el día en que la conocí en persona.

El contacto se mantuvo a través de las redes sociales. Me impresionaba como la vida de ella giraba entorno al ciclismo, su más grande pasión. No importaba la situación actual, lo importante era rodar, sentir la emoción de recorrer las carreteras, descender por las veredas, admirar la montaña, tal vez echarse un chapuzón en alguno de los ojos de agua.

¡Qué lección! Tan importante que se vuelve hacer lo que a uno le gusta y apasiona. Que la vida gire en torno a esto y que el mundo siga girando, porque como canta Bobby Pulido: “Vive todos tus días como si fueran tu último día, porque no sabes cuando te toca, abandonar esta vida loca”. De nuevo las lágrimas brotan de mis ojos y recorren mis mejillas hasta desvanecerse y caer al infinito.

Una retahíla de pensamientos invadieron mi mente. No faltaron los que dijeron que fue culpa de ella, que el responsable es el automovilista o ambos. Pareciera que la eterna polarización no da tregua en este país. Cada quien con sus ideas, con esa separación entre “ellos” y “nosotros”. Ni siquiera en esta clase de situaciones donde la vida de una persona está en juego parece haber un terreno medio.

Mientras Cristina sigue en su travesía por el universo con su fiel compañera, aquí las vías públicas siguen atestadas de gente sin conciencia, que aún no aprende a manejar. Esto sin faltar las personas que se creen dueñas de las calles y que pueden hacer lo que les plazca, sin sufrir las consecuencias. Las lágrimas piden a gritos: “¡Justicia para Cristina y para todas las víctimas de un gobierno y una sociedad ausentes!”.

¿Sirve la presión en las redes sociales? ¿Genera resultados? ¿Cuántas Cristinas necesitamos? ¿Cuántos desastres, sociales y naturales, no harán recapacitar que nos urge un cambio? ¿Queremos condenarnos a repetir todo una y otra vez? ¡Responde tú que lees esto, por favor! 

Las lágrimas quieren ceder, pero aún así la angustia es latente porque en un instante, cualquier puede dar la última rodada. La impotencia se apodera porque esta puede ser a consecuencia de la imprudencia, soberbia y arrogancia de otros. ¿Cómo luchamos contra esto? ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué podemos hacer todos los que queremos una mejor ciudad, un mejor país y un mundo mejor?

Alejandro Garza

Autor. Libre pensador. Firme creyente de que la escritura y la lectura contribuyen a empoderar a las personas para construir una mejor sociedad.