La Semana

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Hago citas para compensar el tiempo entregado a otros, a marcha forzada trato de recuperar la energía que pueda antes de que sea demasiado tarde, creo que lo puedo lograr. Primera cita: agujas chinas para torturar y pagar karmas añejos de esa vida que llevé después de que el vivo se volviera muerto. Segunda: círculo de anécdotas al viento, para rescatar algo que me lleve a comprender que nada merece mi angustia, lo que es, ya es. Tercera: una constelación de memorias del muerto que cuelga de mi cintura negado a irse, a ver si logro que al menos descanse y me deje en paz.

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Martes, el calor me mantiene en la cama, no quiero asomarme ni a la ventana, pero alcanzo a sentir el brillo intenso de este sol norteño que a nadie perdona. Tomo el control y bajo dos grados más al minisplit, turbo para olvidar rápido en donde estoy, trato de mantener la calma y sigo buscando en Youtube, en Google, en libros, en la astrología, en mi historia, mis ancestros, dónde pueda estar la respuesta. Los consultorios no dan más que condenas y ansiedad; los evitaré. Hoy juego a desarmar emociones atoradas que puedan explicar la condición que me niego a ver, como al sol; la evidente causa, mi abandono.

Hago citas para compensar el tiempo entregado a otros, a marcha forzada trato de recuperar la energía que pueda antes de que sea demasiado tarde, creo que lo puedo lograr. Primera cita: agujas chinas para torturar y pagar karmas añejos de esa vida que llevé después de que el vivo se volviera muerto. Segunda: círculo de anécdotas al viento, para rescatar algo que me lleve a comprender que nada merece mi angustia, lo que es, ya es. Tercera: una constelación de memorias del muerto que cuelga de mi cintura negado a irse, a ver si logro que al menos descanse y me deje en paz. Hoy dedico mi día entero a corregir y resarcir el daño que provocó la generosa vida que ofrecí, sin esperar nada a cambio, que me dejó vacía de mí. La televisión, el celular, la lectura, el pensamiento, la razón, al unísono tratando de atiborrar toda información que sirva, pero ansiedad sigue creciendo. A meditar de nuevo.

El miércoles inició lento, nada de ganas de levantarme, así que lo pospuse hasta la una de la tarde, ya era hora de forzarme a comer algo, tomar mis pastillas y preparar la salida a la realidad. Un baño rápido y ropa cómoda para estar lista a la hora de la cita con el acupunturista. Primera sorpresa: no uso agujas, me dice el ingeniero en sistemas convertido entusiasmado a la técnica milenaria china de la cual nunca mencionó el nombre. En menos de quince minutos pasó sus manos por todo mi cuerpo, sorpresa, bajo la ropa, agitando delicadamente sus dedos sobre mi piel y amasando efusivamente mis nalgas hasta llegar a los tobillos. ¿Te duele?, me pregunta. Un poco, le contesto, y sigue. Promesas se hicieron en ese sorpresivo manoseo de donde salí muy relajada. Todo mejorará, me dijo. Recomendado el servicio, 250 pesos bien invertidos, regresaré. Mi segunda cita; el círculo, terapia de grupo que consiste de personas hablando lo que cada quien desee con un tema establecido al inicio, mientras echan todo el humo que sale de sus pulmones al viento, es interesante ver cómo todas las historias se entrelazan de una u otra forma y al final, todos salimos con el saco menos pesado y un fuerte olor a tabaco.

Soy aficionada a la psicología, pero las constelaciones en particular no las conocía. Mi tercera cita consistió en llegar temprano a la casa que me apoyaría para exorcizar fantasmas, yo pensé que solo era él, Juan, pero no, aparecieron abuelas y tías, mujeres sin matriz de mi línea, todas fueron tratadas, una a una entre las nuevas afirmaciones y las lágrimas que liberaron algo de la ansiedad de mi día. Inició lento el proceso de adjudicar personajes propios a cuerpos extraños, algo que no es una novedad para mí. Recién les había platicado en el círculo de la noche anterior, de mi etapa promiscua y mi afición de acostarme con pedacería de Juan: sus manos, sus ojos, su boca, su cabello, donde fuera que los encontrara, en quien los encontrara. Así, ubiqué mis piezas y comenzó la historia, vieja y casi olvidada por todos, menos por mí. Veintiún años en un instante se volvieron horas y lloré un tanto más, hasta que pude ver lo que era necesario reconocer: él ya no está y soy yo quien lo amarró a mi cintura. Me preparé a liberarlo y con declaraciones de deseos de vida y dolores de ese quiste que brincaba como nuestro hijo moribundo que nunca nació, porque nunca fue, terminé mi terapia, este jueves a las 8:26 p.m. adolorida, con el maquillaje corrido, pero más ligera, renacida, con la esperanza de que al menos había una cosa menos de que ocuparme.

Viernes: noche de cerámica; llegué tarde y entre pláticas de tratamientos e intercambio de experiencias de doctores y hospitales, hice un pequeño camafeo con el rostro de una mujer con los ojos cerrados, usé un barro rústico. Yo prefiero el material terso, pero acepté el cambio, porque era lo que había. Después de ensuciarnos las manos, el viernes se sentía joven aún para recluirnos en nuestras soledades. Lucero me invitó salir de la rutina y fuimos a escuchar música de bongós y guitarras, nos olvidamos de enfermedades y brindamos por el ahora con una paloma de tequila y paz, de sal y fiesta. Fue una noche ruidosa, distinta, divertida. Dormí toda la noche, como si tuviera la conciencia tranquila, después de haber visitado la tumba y salir viva.

Pero la desvelada de la noche tuvo consecuencias a la mañana siguiente. Nada de ganas de despegarme de mi cama, las sábanas se sentían especialmente suaves y acogedoras, pero con el compromiso de llegar a las nueve de la mañana a la terapia de grupo y habiéndome despertado a las siete y media, me armé de fuerza y a fluir. Llegué a tiempo para encontrar estacionamiento frente a la casa. El calor de este sábado me hacía desear no haber abandonado mi habitación, comencé a sudar en el instante que apagué el auto. Corrí a la zona común del lugar, una pintoresca y bien climatizada cafetería que tenía para los asistentes, ya dispuesto en las mesas, pan dulce y café. Yo llevaba mi fruta y agua con limón, mientras esperábamos a los que faltaban para completar el grupo. Y entonces, fue cuando lo vi llegar, hizo que valiera la pena el desvelo y el desgarro de sábanas. Tiene el don de hacer que se me olvide todo y todos, no sé nada de él, solo le he visto unas cuantas veces en terapia, pero me confieso adicta a sus abrazos.

Rosa Ana Garza Lara

Nace en Febrero de 1970, en H. Matamoros, Tamaulipas. Estudia la Licenciatura en Artes Visuales en la UANL. Pintura, Escultura, Performance e Instalación. Dedica su obra al erotismo, la soledad y el cuerpo humano, decide incursionar en la bitácora en busca de una nueva forma de manifestarse desde sus vivencias.