La Puerta de Alcalá

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Sentí el tibio y arropador abrazo de la confirmación de mi adopción regia en un ambiente festivo y tan protector que lo tengo nítido en la memoria. Me lo dieron las mujeres del taller de producción de sacos de la fábrica en la que trabajé a mis 20 años.

Dos años atrás llegué de mi pueblo, tras una migración sostenida en un sueño. Me empujaban algunas dificultades de allá y, al mismo tiempo, me jalaba la meta de una carrera universitaria. La adaptación implicó el desconcierto ante la estridencia de una ciudad en vertiginoso movimiento, con una cultura que había que aprender a descifrar tal como se traduce un nuevo idioma.

Tengo en la memoria muchas escenas de ese proceso: la sorpresa del hermoso paisaje de luces en los cerros al amanecer el día de mi llegada, el primer cuestionamiento despectivo cuando me confundieron con chilanga, el descubrimiento de las pizzas, trabajos informales agotadores de muy poco ingreso y alto aprendizaje,  fríos que calaban en los dedos de los pies hasta doler, la preciosa satisfacción de asistir a la universidad, hambres, el bello sonido de la música del palacio de gobierno mientras leía en una banca de la Macroplaza, un asalto engañoso aprovechando mi inocencia, mi  disfrute al detenerme en la banqueta a escuchar las notas del piano en una casa de la calle quince de mayo, el intento de un desconocido para convencerme a subir a su auto y otras vivencias variadas.

Mi primer trabajo formal fue en la fábrica de Portefino, ubicada en la colonia Pio X.

Ese día, para evaluar donde ubicarme, la supervisora me probó por ratos en las máquinas eléctricas, en las planchas, en las mesas de marcado.

En las máquinas de coser pasé apuros cuando, una y otra vez, al oprimir el pedal sin poder regular la presión, los trozos de tela escapaban volando de mis manos mientras mis compañeras sonreían divertidas.  Me impresioné en las planchas industriales al observar de paso las cicatrices en los antebrazos de Martina, ahí deliberadamente me porté torpe para que no me asignaran.  Finalmente, la jefa de piso me ubicó en una mesa enorme. Mi función era marcar con greda y una regla la raya de la bolsa superior en la pieza izquierda del saco.

Poco tiempo bastó para que mis compañeras supieran que vivía en un cuarto de vecindad atrás de lo que hoy es el Museo de Historia y que, al salir de mi jornada de ocho horas, me iba a la facultad a estudiar de 6 a 10 de la noche.  Entonces empezaron a cobijarme grupalmente y de forma especial en mis tiempos de exámenes. En dichos días yo requería robarle minutos a la jornada para estudiar, así que acomodaba las pilas de cortes de manera que cubrieran la vista hacia mis manos, sacaba algún cuaderno con apuntes o algunas copias y las repasaba a hurtadillas.

Las compañeras al darse cuenta me dijeron: tú no te preocupes, tú estudia tranquila, concéntrate, que nosotras te vamos a decir cuando venga la supervisora.

En esa circunstancia, a veces a mitad de algún repaso escuchaba a una u otra de mis compañeras cantar desde su posición de trabajo: “ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo, la puerta de Alcalá…”.

Entonces yo, sin levantar la mirada, escondía los apuntes bajo las telas, tomaba la greda y trazaba la línea en el corte correspondiente mientras mi jefa se acercaba. Cuando se iba, yo buscaba los rostros y agradecía con una seña y una amplia sonrisa a mis protectoras que estaban pendientes.

Así ejecutábamos, como solemos hacerlo entre mujeres, el baile de la complicidad amorosa, el concierto de la comprensión femenina, la confirmación de los siempre juntas de las amigas convertidas en madres, hermanas o hijas temporales en el correr de las historias para ayudarnos a avanzar.

Una vez no escuché a mis compañeras, entonces mi supervisora y sus jefes me pescaron, palidecí y recogí mis apuntes, les entregué un informe que pedían. Ellos, aunque se portaron serios, omitieron algún regaño y se despidieron con cordialidad; pero una vez que se fueron, surgió el reclamo de mis compañeras: ¡pinche, Juanita!, todas estábamos en chinga cante y cante a coro que hasta nos voltearon a ver, ¡y tú ni en cuenta, te la bañaste! Y luego la carcajada colectiva y algunas bromas.

Hoy, en la tranquilidad de mi habitación, he llorado con infinita gratitud y he reído al evocarlo.

Qué importante reconocernos y apoyarnos en esta fraternidad cotidiana.

Juany Segura

Soy una persona sencilla en el vivir, compleja en el pensar, intensa en el sentir.
Agradecida con la inteligencia suprema del universo a quien llamo Dios, por lo que me dado y lo que no.
Disfruto irremediablemente el amor y la libertad. Máster en psicoterapia y en educación superior.