La pasión

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Eso sucedió hace 48 años y aún estamos aquí, los que nos llevaron por primera vez a los estadios ya fallecieron, mis hermanos y yo ahora somos los mayores y ya transmitimos a nuestros hijos, sobrinos y nietos esta pasión por asistir al Volcán. 

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¿Todo bien? Me preguntó mi amigo “el cartero” mientras me sirve la primera cerveza doble. Le contesto que todo excelente, que regreso después de unas largas vacaciones, que gracias a las diosas estoy sana, que no me pienso morir ahorita y que les voy a dar guerra por un rato más.

Eran las 5:10 pm y ya estaba en el Volcán. Bajo el tapabocas esbozaba una amplia sonrisa. Con cerveza en mano y teniendo de fondo la tribuna donde se lee: Incomparables, procedo a la selfie de rigor para subirla al WhatsApp familiar. Es una forma de decirles que ya llegué y que se reporten para ver cuántos lugares separo. Mientras tanto, empecé a extender sobre los asientos las banderolas de mis Tigres. Ahí están las que tienen 2, 3, 4, 5 estrellas; también sirven para tal efecto el cojín, la revista, el celular, las semillitas. Hecho esto, empecé a saludar a los que por lo regular nos vemos cada vez que hay juego. Ya nos conocemos. 

Y bueno, me gusta llegar temprano, aprovecho los minutos a solas para disfrutar este lugar, ver como se llena poco a poco, reconocer caras, comentar con el de al lado, percibir la buena “vibra” de los que estamos en esta sección, vamos, sentir la pasión. Esa que nos hace incomparables.

¿Cuánto años de sentarnos donde mismo? No lo recuerdo bien, tal vez 12, y es que la vista hacia la cancha es inmejorable, casi bajo el marcador. Y, ¿desde cuándo me gusta el futbol? Hagan de cuenta, como un engranaje que hace mucho que no funciona, así sentí mi cerebro. 

Mis primeros recuerdos son correteando una pelota al lado de mi hermano, con mis tíos burlándose de mi porque no les podía quitar el balón, con mi papá en un campo de futbol. De tal manera que cuando se hizo la convocatoria para formar el primer equipo femenil, pues ahí estaba yo integrando el glorioso equipo Independencia. Era el año 1970.  

En ese entonces Los Tigres estaban en segunda división, y nosotras éramos un montón de huerquetas rondando los 15 años que íbamos los jueves a echar porras y a jugar en el intermedio. Nos sentíamos importantes al pisar aquella cancha, se nos hacía interminable cuando había que correr de una portería a otra. Fuimos la primera porra femenil de este club y yo fui la presidenta. Así que oficialmente, soy tigre desde las 15 primaveras.

Eso sucedió hace 48 años y aún estamos aquí, los que nos llevaron por primera vez a los estadios ya fallecieron, mis hermanos y yo ahora somos los mayores y ya transmitimos a nuestros hijos, sobrinos y nietos esta pasión por asistir al Volcán. 

Llegaron mi sobrina y su esposo y me sacaron de esta ensoñación regalándome una cerveza doble. Estábamos en el chisme cuando los equipos salieron a calentar. La gente se emocionó, se empezó a vislumbrar la alineación, comenzamos con los comentarios de la táctica a seguir. Y es que estamos contentos, acabábamos de ganar el clásico. 

Palabras más, palabras menos, anunciaron por el altavoz: dice el árbitro que si se escuchan porras racistas puede llegar a detener el partido y hasta suspenderlo y todos nos vamos para nuestra casa. La respuesta fue inmediata; alguien, unas filas más arriba sueltó un ¡puto! Imposible no reírse ante la ocurrencia. 

Entonces le conté a mi sobrina cuando junto con mi cuñado y prima (ya fallecidos) nos levantábamos a dirigir un ¡eeeeh puto! colectivo cada vez que Jonathan Orozco (que se dice papá de los Tigres) y Corona (que despreció al equipo), despejaban en la portería que nos quedaba cerca. Ese grito era como la ola o las porras. Era algo que formaba parte del folclore de los aficionados.  Pero bueno, ya se prohibió, está bien porque los tiempos cambian y el respeto es de justicia.

Mira, le comenté a mi sobrina, el del micrófono ni siquiera pudo decir la frase “de contenido homofóbico”. Pero todos sabemos que se refiere a eso. En fin.

¡Empezó el partido! Todas las miradas en la cancha, queremos goles y aunque ya sabemos de memoria el planteamiento del Tuca, queremos que jueguen bonito y efectivo, que ganen. Hay una variante en la formación ¡qué bien!, las primeras llegadas, ¡gol! Abrazos, saludos con todos con la palma de la mano arriba, alegría. Se veía un cambio en la actitud del equipo. Se notaba que el triunfo en el clásico les ayudó a levantar la moral. Y ahí estábamos nosotros, su fiel afición, la que llena el estadio en cada juego para apoyarlos.  Otra doble por favor. Terminó el primer tiempo y ya teníamos dos goles a nuestro favor.

Entonces, vino el ritual de medio tiempo, el más rico, pero hay que correr para hacer fila: Torta de chorizo uruguayo con carne asada, guacamole, salsa, limón. Qué delicia. Dos meses y medio sin saborearla. Me sabe a gloria.

En el segundo tiempo nos regalaron dos goles más, uno de ellos de penalti. Lo ejecutó Gignac y entonces ocurrió la magia: El portero Jonathan Orozco felicitó al 10 felino cuando este le anotó el tercer gol del partido. Pocos, tenemos la fortuna de ver cuando dos rivales se reconocen, se saludan y se abrazan. Otra doble para festejar este gesto.

Ustedes han vivido de todo en este estadio, dice el esposo de mi sobrina. Entonces le hice una pequeña reseña, una pequeñísima.

Hemos estado en todas las secciones; allá enfrente Quique se desmayó cuando Lauca metió el gol que evitaba irnos a la segunda división. Más acá, cuando quedamos por primera vez campeones con Lostanau. Ahí cuando nos fuimos a primera “A” y gritamos entre lágrimas: chingue su madre quien no venga la próxima temporada. Aquí, después de casi 30 años vibramos el tercer campeonato. Y en estas mismas butacas, el quinto. 

Pero no solo en los triunfos, aquí hemos estado cuando el equipo estaba mal, muy mal. Cuando los directivos no hacían bien su chamba, cuando los jugadores eran unos chiflados y solo trotaban en la cancha o se hacían los lesionados. Cuando algunos entrenadores llegaban a la cancha cayéndose de borrachos. Aquí nos hemos puesto bolsas de papel en la cabeza y nos hemos quitado la camiseta y le hemos dado la espalda a la cancha en señal de protesta. Sin embargo, al siguiente juego regresábamos.

En este estadio, esta familia, mi familia, protestó cuando la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Llegaron los encargados del orden y nos quisieron quitar la pequeña manta. Yo llevaba bajo mi camiseta amarilla, otra blanca con la inscripción: nos faltan 43. Entonces, llegaron mujeres y hombres jóvenes a rodearnos y defendernos, personas que no conocíamos se solidarizaron y no permitieron el abuso. Los demás empezaron a gritar “culeros, culeros”. Por arte de magia todo cesó cuando hicieron su aparición los de protección civil. Los del orden se fueron y nosotros pudimos seguir disfrutando el partido. 

¿Y los 3 campeonatos que perdieron? ¡De eso no hablo! Le contesto tajante. 

Se terminó el partido, todo era alegría. El equipo jugó bien y golearon a un rival con el que por lo general batallamos. Satisfechos, nos levantamos para agarrar el rumbo a la salida. Entonces, como casi siempre, se me puso la piel chinita cuando retumba en las paredes del túnel el cántico que nos ha hecho famosos: 

Nos fuimos al descenso, perdimos 3 finales, la gente no lo entiende, SOMOS INCOMPARABLES, como la hinchada de TIGRES no hay otra, ¡no la van a igualar jamás!

Vicky Ponce

Psicóloga, amante de la naturaleza y los deportes, me dedico a contemplar la vida desde mi jubilación hace 18 años.  Activista de los derechos de la comunidad LGBTTTI, fui co-fundadora de la primera A. C. Lésbica en el estado. Disfruto rabiosamente a mi familia y soy taxista. Encantada de mi existencia.