La muerte bonita

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Aprendí que hay muchas formas de morir, pero hace un año yo me encontré cara a cara con la muerte bonita, esa muerte que pocos afortunados tienen, con las cuentas saldadas en ceros, en donde nadie debía nada.

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El 15 de marzo de 2018, desde que desperté le hice saber a mis amigos más cercanos y a mi hermana que tenía un mal presentimiento, que tenía la certeza de que algo malo ocurriría, no sabía qué era, pero tenía ese tipo de ansiedad que se siente solo cuando el ojo de un huracán se avecina.

Deje mi lugar de trabajo un poco antes de lo normal, sentía la necesidad de dormir profundamente, aun y cuando no es un hábito mío la siesta vespertina.

Lo hice hasta que me arrebató del sueño más profundo una llamada que anunciaba un infarto de mi padre. Desde ese momento aprendí a confiar más en mi intuición pues no era la primera vez que predecía algo.

Temblando, con la conciencia de que la vida y la muerte estaban en lucha, tomé un Uber y llegué desesperada al hospital. Cuando la mirada de mi madre y la mía se cruzaron me di cuenta de que el futuro no era alentador y que nada volvería a ser igual, tuvimos que encontrar la manera de decirle a mis hermanos que nuestro padre había sido resucitado de una muerte súbita… ¡sí! Mi papá estuvo muerto por más de cinco minutos y de ahí fue rescatado.

Me pregunté cómo es que alguien regresa del lugar que supongo es mucho mejor que el que habitamos ahora y fue hasta nueve días después, el 24 de marzo, cuando por última vez latió su corazón, que descifré que regresó nueve días a protegernos, y aunque sin un estado de conciencia, vino a abrazarnos con el alma y decirnos que era el momento de dar gracias a la vida y despedirnos.

¡Qué ironía! habiendo estudiado yo la mente humana, los procesos de duelo, las filosofías budistas de desapego; dedicándome a la administración del cambio y todo eso en ese preciso momento no valía nada, yo seguía sintiendo un dolor que me atravesaba desde el pecho hasta la espalda.

En medio de la Semana Santa se fue, y con su partida recibimos un homenaje a su alegría siempre radiante, a su bella humildad, a su pasión por la música, a su mirada tierna, a su empatía con los niños, y a todos los momentos que creo en la gente que compartió una parte del camino con él.

Siempre recuerdo esa celebración, más que como un velorio, como un jardín. Un jardín lleno de flores que se abrieron por las semillas que él sembró. Y como siempre me lo decía y lo he tatuado en mi corazón: “Lo que con amor se siembra, con amor florece.”

Semanas después en su casa encontré una lista que ni yo recordaba haber hecho con cosas que escribí a los veinte años como sueños por realizar antes de los treinta: terminar mi licenciatura, hacer una maestría, dar clases, viajar por el mundo, vivir sola y ser gerente. Pude ponerle palomita a todo ¿y ahora? De pronto me sentí un poco vacía de sueños, pero llena del pesado plomo del duelo.

Dicen que nunca debes tomar resoluciones importantes en proceso de una pérdida, pero ¡al diablo la ciencia! Con mucha valentía en ese momento tomé una decisión: tomé mis ahorros y la fuerza que me quedaba para renunciar a mi trabajo y me di un año sabático para tener la oportunidad de despedirme de mi padre, de volver a priorizar la energía y de hacer una nueva lista de sueños.

Empaqué mis cosas, subí a mi perro a la camioneta y viajamos kilómetros por toda la república; subí a caballo el Cerro del Quemado, me sumergí en el Santuario de las Luciérnagas, nadé en aguas termales de San Miguel, subí a San José del Pacífico y bajé a las costas de Oaxaca; durante todo el recorrido medité y me cuestioné nuevamente cosas que pensé que estaban resueltas.

Durante el viaje descubrí que, por más kilómetros que avanzara, la tristeza no se quedaba atrás. Aun con eso en ningún momento me sentí infeliz, porque me abrazaba el agradecimiento por la vida tan plena que compartí con él, por todo lo que hicimos juntos, por todo lo que platicamos, todos los conciertos que disfrutamos, todo lo que nos enseñamos y todos los mezcales que bebimos.

Descubrí que ¡la vida es tan frágil!, es solo un momento y no hay trabajo ni dinero que compre tu paz, que se vale sentirse vulnerable un día y poderosa al siguiente si siempre en esos polos te puedes encontrar a ti misma.

Aprendí que hay muchas formas de morir, pero hace un año yo me encontré cara a cara con la muerte bonita, esa muerte que pocos afortunados tienen, con las cuentas saldadas en ceros, en donde nadie debía nada. La muerte que duele, pero no te mata, porque encuentras la paz de haber dicho todo, de no haber guardado nada, de no tener ningún pendiente o sentimiento escondido.

Desde ese día he dejado de hacer planes a largo plazo, he aprendido a disfrutar más cada día, a ver el trabajo como un medio y no un fin, a valorar la muerte como un obsequio y, aunque ninguno sabemos cuándo partiremos, cuando ese día les llegue espero que tengan la muerte bonita.

Xael Zamorano Saavedra

Soy una mujer apasionada por la vida, la muerte, la naturaleza, el arte y las preguntas que nos ayudan a conocer mejor quienes somos, cómo pensamos, qué sentimos, de dónde venimos y a dónde vamos.

Feliz de ser Licenciada y Máster en Psicología. Agradecida por vivir de lo que me apasiona: transformación cultural y Executive coaching.