La libertad de no manejar

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Al mes y medio, con el dinero que recibí del seguro por la pérdida total de mi último coche, resolví otros asuntos personales así que no hubo uno nuevo. Pero en un abrir y cerrar de ojos, después de aproximadamente cuatro meses del incidente, noté que no extrañaba ni necesitaba tener coche para moverme en la ciudad.

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Cuando tuve la edad reglamentaria para manejar, recibí por parte de mis papás un coche para mí sola, un Máxima con interiores de piel, cinturón de seguridad automático, teléfono en el tapasol del conductor… el mejor regalo que hubiera podido recibir, pensé, y a partir de éste hubo un desfile de coches hasta octubre 2014, cuando me volteé en la carretera.
Al mes y medio, con el dinero que recibí del seguro por la pérdida total de mi último coche, resolví otros asuntos personales así que no hubo uno nuevo. Pero en un abrir y cerrar de ojos, después de aproximadamente cuatro meses del incidente, noté que no extrañaba ni necesitaba tener coche para moverme en la ciudad. Cuando tuve el dinero para comprarlo, decidí no hacerlo; había encontrado mi libertad, había encontrado formas alternativas de llegar a los lugares que necesitaba en medios de transporte que jamás me hubiera imaginado.
A partir de ahí creció una curiosidad en mí por los temas de ciudad y movilidad. Entender cómo funcionan las rutas de transporte público, dónde buscar la ruta adecuada, descubrir dónde son las paradas; entré a un mundo desconocido para mí con toda esta información incompleta ofrecida por quienes operan el transporte público y por parte del gobierno. Me sorprendió que la mejor manera de conocer todo eso era de boca en boca, porque al parecer esta información tan importante y valiosa no requiere ser pública.
Por otra parte empecé a caminar mucho. A cuestionarme entre otras cosas, porqué las banquetas están obstruidas, mal hechas, inexistentes; encontrar quién es el responsable de que estén construidas adecuadamente; encontrar razones del porqué nadie comparte el coche como lo hice gran parte de mi vida, para ir al colegio y clases, por qué todos los señalamientos en las calles son para los coches, las razones de haber perdido esa amabilidad del “paso por ti”, “vámonos juntos” y la lista es larga…
¿Los coches se volvieron más importantes que las personas?
Ahora vivo y experimento una ciudad cada día diferente, la veo con otros ojos… me encuentro a conocidos en la calle, comparto el coche con amigos y desconocidos, conozco gente en las paradas del transporte público, combino medios de transporte para desplazarme. No me doy cuenta si hay baches, me aprendo los nombres de las calles y le puedo seguir, aunque eso sí, mi bolsa pesa un poquito más porque traigo el paraguas para cuando te “agarra la lluvia”.
Este cambio de hábitos de movilidad me ha convertido en una persona que se involucra en lo que está pasando en su ciudad y que busca que sea accesible e incluyente. Me ha hecho hacer grandes amigos que tienen el mismo objetivo, he aprendido que la ciudad que soñamos es una corresponsabilidad que involucra a los ciudadanos con visión de la misma y a los servidores públicos en turno para hacerla posible.
Estoy por cumplir cuatro años sin manejar, sin coche como medio de transporte individual y les puedo decir que el tiempo es mío, de otra forma tu tiempo es del coche.
Mariangeles Martin

Arquitecta, ocupada en temas de ciudad. Me identifico mucho con la frase de Doing small thing in a big way, me cambió la vida dejar el coche como principal medio de transporte, soy plastic minimalist y peatona feliz.