La importancia de una palabra

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Era el tiempo de los secuestros exprés, que cuando decías que no tenías dinero, te llevaban a tu casa, hacían que les entregaras y firmaras los papeles del carro. Te golpeaban, amenazaban y si había niños presentes, también sufrían la violencia de la que hacían gala estas personas. De esto ya habíamos hablado mi hija y yo.

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El tiempo se detuvo y fue como si me viera fuera de mi cuerpo, me contemplaba desde arriba y sentí un golpe fuerte, macizo, no sé dónde, pero lo sentí.  Pensaba: esto no me está pasando a mí. Creo que me faltaba un poco la respiración. Como pude, la verdad no sé cómo, estacioné el carro y escuché con atención mientras mi cerebro me ordenaba no perder la calma, la cordura, dejar de temblar.

Me retumbaba en los oídos la voz que no alcancé a identificar bien pero que en realidad se parecía a la de mi hija que llorosa me gritaba: ¡Mamá, me subieron a un carro! 

Otra voz al fondo: ¡Dame el teléfono, dámelo, quítaselo!

Escúcheme bien, quiero que conserve la calma porque es más fácil negociar con alguien que está tranquila, ¿me escuchó?  Mire, sé que ustedes son de bajos recursos, pero lo que tenga, me lo tiene que dar y me lo va a depositar en un Oxxo o Super 7  si quiere que a su hija no le pase nada o si la quiere volver a ver. ¿Si me entiende? ¿Cuánto tiene? ¿Cuánto me va a depositar? ¡Respóndame!  Gritos.  ¡Mamá! ¡me están golpeando! Barullo al fondo, muebles que se mueven y más  gritos. Dígame cuanto tiene, ¡dígamelo! Respondo con un balbuceo: Señor, no tengo dinero. No se me ocurrió decir nada más y colgué.

Verifiqué el número desde el que me llamaron, se parecía al de mi hija y tal vez por los nervios, no recordaba si lo había registrado en mi celular o no. 

Era el tiempo de los secuestros exprés, que cuando decías que no tenías dinero, te llevaban a tu casa, hacían que les entregaras y firmaras los papeles del carro. Te golpeaban, amenazaban y si había niños presentes, también sufrían la violencia de la que hacían gala estas personas. De esto ya habíamos hablado mi hija y yo. Pensábamos que tal vez me podía pasar a mí por el taxi. De hecho, casi no trabajaba por esa razón, porque a algunos conocidos ya les había sucedido: los llevaban a su casa, recogían los papeles y luego los mataban después de endosar la cesión del taxi. 

Me faltaba el aire, no podía respirar bien y estaba temblando terriblemente. Busqué en mi celular el número y vi que no lo tenía registrado. Volvió a sonar mi teléfono y ¡eran ellos otra vez! No contesté, me temblaban las manos pero logré marcar al teléfono de mi hija y estaba apagado. Terror. Ya no podía respirar pero tenía que actuar, no me podía quedar así. Le marqué a mi vecina (una santa esa mujer), y le pregunté si alcanzaba a ver el carro de mi hija.  Me dijo que no. Sentí otro golpe en la nuca, pero comentó que alcanzaba a ver al niño. 

Señora, escúcheme con mucha atención por favor, llévese a mis nietos a su casa, parece que algo le pasó a mi hija, mientras investigo que ocurre apóyeme con eso. Dígale a la niña que quiero hablar con ella. La mujer cruzó la calle y le dio el teléfono a mi nieta: mijita, ¿dónde está tu mami? 

No sé, tita. ¿A dónde fue?, dime. No sé. En ese momento perdí la calma y grité: ¡Chingado, dime a dónde fue! Creo a que a la colonia de enfrente, fue a hacer una vuelta, eso me dijo tita, ¿qué pasa? Nada corazón, quédense con la vecina, al rato voy para allá.

Pensaba con mucho dolor que no me había tocado a mí, ¿por qué a ella? Yo era la del riesgo, ¿por qué? ¿Por qué así?

Con los niños bajo resguardo, rápidamente me fui a la mentada colonia y busqué por los lugares que más frecuentaba mi hija. No la encontré.  En mi desesperación, imaginaba mil escenas por las que pudiera estar pasando. Volvió a sonar el teléfono. Era el mismo número. Me estacioné, respiré profundamente y contesté: ¡Mamá! ¡me subieron a un carro!, ¡mamá! ¡por favor!  

Hija, no te preocupes dime dónde estás. No sé mamá… Está bien, cálmate. Dime la palabra clave. ¿Qué? La palabra clave, ya sabes, la que tenemos tú y yo. ¡No juegues, mamá! 

Para ese momento ya tenía la certeza de que esa mujer no era mi hija y colgué. Sentí  un gran alivio. Esa persona, la que más quiero, no estaba en peligro y lloré, ahora si a grito abierto, encerrada en mi carro.

Vicky Ponce

Psicóloga, amante de la naturaleza y los deportes, me dedico a contemplar la vida desde mi jubilación hace 18 años.  Activista de los derechos de la comunidad LGBTTTI, fui co-fundadora de la primera A. C. Lésbica en el estado. Disfruto rabiosamente a mi familia y soy taxista. Encantada de mi existencia.