La hamburguesa viral

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La comida es placentera y reconfortante. Pero también, a veces, engañosa.

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Son las 9 de la mañana de un día de agosto. Usualmente, las primeras horas del día, las dedico a navegar por las redes sociales. Inicio sesión en una de ellas, más por un tema de trabajo, que por gusto. Empiezo a ponerme al día. Aparecen fotos, videos tontos y una que otra noticia interesante. Dejo pasar lo que no me aporta nada y me concentro en lo que me gusta. Han pasado escasos minutos y de repente aparece un video de comida.

Lo veo con calma. Recorro toda la pantalla. Veo los detalles, la luz, la edición, la receta; veo todo. Es una hamburguesa de short rib (costilla cargada), con aderezo, cebolla caramelizada y terminada con salsa de queso. Ninguna novedad, pienso, una más del montón.

Pero lo que más llama mi atención son los segundos finales. Aparecen unas manos que retiran el hueso de la costilla. Sí, la hamburguesa tiene la carne de una costilla entera. Acto seguido, el comensal (al que no se le ve el rostro), trata de sujetarla con una mano y se le complica la maniobra. Finalmente lo logra, pero en el camino va dejando rastros de cebolla y salsa.

Cuando logra sujetarla parece imposible darle una mordida; la hamburguesa empieza a perder la forma, pero ¿qué importa?, lo importante es que se vea antojable. Eso genera likes y engagment, dirían los millenials.

Aquí termina el video. De bote pronto, podemos decir que es un video más de los que abundan en las redes sociales; que lucen provocadores, golosos y -aparentemente- deliciosos.

Pero, lejos de que se me antoje, me genera dudas: ¿cómo llegó a mi muro?, ¿cuál es la finalidad del video?, ¿no hay nada escondido?, ¿usted confía en ellos?

Sobra decir, estimados lectores, que este video llegó a los 3,5 mil comentarios, 2,8 mil veces compartido y generó 5 mil likes.

Algo está pasando. ¿Será que nos estamos dejando llevar por la golosidad, por lo rebosante de los platos, o acaso es el placer inmediato que genera un video de escasos minutos?

En los últimos seis años, hemos visto como la ciudad de Monterrey pasó a ser un escaparte culinario. A finales del 2011 y principios del 2012, por ejemplo, aparecieron los primeros Food Trucks, las cervecerías artesanales, los festivales de comida, las panaderías de autor…

Periódicos, revistas sociales y algunos medios nacionales daban cuenta de los primeros platos.

Inmediatamente, con el internet como herramienta principal y con las redes sociales como plataforma de publicación, aparecieron los foodies, los bloggers, los foodbloggers y los gastroinfluencers; esos sujetos que llevan su pasión por la comida a las letras, haciendo reviews y “criticas” en sus redes con parámetros éticos muy personales (y cuestionables).

Hoy, hay miles que dedican grandes esfuerzos en ser los primeros en sentarse en ese novedoso lugar, en probar el plato nuevo de la temporada o en dar a conocer la última obscenidad culinaria. Las cuelgan en sus redes, etiquetan al lugar, hacen intentos de “entrevistas”, o hacen videos comerciales de comida (como el de la hamburguesa que llegó a mi muro). Después se viralizan.

Es así como llegan a nosotros y se van apoderando de nuestros muros. Tal vez, somos nosotros mismos, ante la búsqueda de un desahogo por la rutina y el acelere diario, los que caemos en ellos. La comida es placentera y reconfortante. Pero también, a veces, engañosa.

Con tantita hambre que tengamos, o con el antojo guardado de la noche anterior, inmediatamente se activan nuestras papilas gustativas y somos propensos a caer en esas “recomendaciones” que andan por la red.

Nos manipulan muy fácil y caemos muy rápido.

Las redes sociales tienen un poder para influir en demasía. Está en nosotros darle la importancia y la relevancia; yo no me fio de lo viral, ni de las hamburguesas con queso derretido. ¿Y usted?

Salomón García Benítez

Me gradué de  una escuela de cocina; hice maestría (de 5 años) en un periódico, como reportero de comida. Ahora, emprendo caminos en las letras gastronómicas con primitivomx.com. Lo invito a leerlo. Me gusta comer y platicar de comida. Comer es cultura. ¡Oído!