La estructura del recuerdo

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No quiero que me vea. No así. En esta camilla, en este cuarto, en este espacio que huele a muerte resignada. No quiero que vea mi piel ya adormecida, apuñalada, sin vida. Lo que hicieron conmigo, lo que hicieron de mi. No quiero que ande con este recuerdo a todos partes.

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No hay luz donde estoy. Solo una brisa de sombra, el hilo de un aire del color de la bruma. Silencio absoluto.Cuerpo detenido. Inmóvil. No miro más que solo antiguos recuerdos que, amontonados, parecen golpearse en mi cabeza. Fragmentos. Solo eso. La reproducción de algo pasado que comienza a fluir en pedazos.

Una carretera a oscuras, un grito sofocado, una lágrima de angustia deslizándose sobre el rostro de mi madre. Lágrima que cae y se deshace en el regazo. Espacio de mis primeros años.Un rezo gravitando entre los cirios colocados frente a mí. Frente a mi frío cuerpo que hoy se desintegra. Siento el lento crujir de los huesos desbaratarse. La debilidad del esqueleto.

Un pasillo iluminado que parece interminable. El sonido de los pasos inconfundibles de mi padre rebotando entre sus paredes blancas. El mareo y sus ojos cristalinos derramando agua.Un suspiro de aire para poder continuar. Para poder seguir, para despacio caminar hacia mí. Un difícil encuentro. 

-Es por aquí, señor…

No quiero que me vea. No así. En esta camilla, en este cuarto, en este espacio que huele a muerte resignada. No quiero que vea mi piel ya adormecida, apuñalada, sin vida. Lo que hicieron conmigo, lo que hicieron de mi. No quiero que ande con este recuerdo a todas partes. Con esta imagen incrustada por siempre en la memoria. No quiero que se olvide de las tardes, del sol de la mañana, de mi mano, de mis primeros pasos. No quiero que me reconozca como el hijo muerto. Su hijo asesinado.

-Sí, sí es él. Lo dice tu voz. Esa voz que hoy parece disuelta en dolor.

Una sábana blanca flota encima de mí. Escuchó el camino de su lejanía. Su respiración agitada, el desvarío, la eterna despedida también es mía. No sé a dónde voy. ¿A dónde iré?

Afuera llueve, lo siento. Siento el sonido de los pequeños ríos que se forman a la orilla de las banquetas. Miro su rostro sobre el volante negro de su viejo automóvil. Mi padre agarrado con toda sus fuerzas, encerrado en la humedad y el ritmo de las gotas que chocan sin descanso contra el pavimento.El rosario de mi madre cuelga del retrovisor, se balancea como un péndulo. Respiras, agarras aire espeso y lloras. Lloras como nunca lo habías hecho. Enciendes el motor. Aceleras, ¿qué le dirás a Olivia, mi madre, cuando se encuentren? Cuando busques, al llegar a casa, al abrir la puerta, el abrazo del mutuo consuelo ¿Se mirarán a los ojos al llorar mi muerte? A mis hermanos, tus hijos aún vivos, ¿les dirás que su hermano fue asesinado de cinco puñaladas? ¿Que fui encontrado desangrado en la habitación de un hotel? 

Permanezco en silencio aunque por dentro murmure despacio el recuerdo. Voces e imágenes que quedito me hablan desde adentro comienzan como en un sueño a desvanecerse. Poco a poquito se desatan y se van. Quién sabe a dónde se van. 

Alejandro González

Licenciado en psicología. Director de preparatoria. Lector.