La desigualdad se sostiene en lo chiquito

Por |

Sin embargo, más allá de la batalla externa de leyes, calles y discursos, hay otra lucha. La lucha “chiquita” de cada mujer, de sobrevivencia psíquica entre los discursos enseñados sobre nuestros cuerpos.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

¿Será que casi siempre pensamos las transformaciones políticas como lo grande, lo externo y lo ruidoso? ¿Acaso tenemos una imagen de lo íntimo de las revoluciones?

Las transformaciones y lo político suelen ubicarse racionales, legales, en las calles, algo de afuera. Sin embargo, las cosas cotidianas que suceden en la familia, en los espacios del hogar y en las oficinas, se minimizan. También las cosas que suceden en soledad o en lo íntimo de una alcoba.

En este sentido, la lucha sobre el aborto me parece un ejemplo, pues además de ser constantemente minimizado por muchos movimientos sociales de izquierda, pone afuera aquellas prácticas que se suelen vivir en el silencio, en la intimidad.

El control sobre la sexualidad y nuestros cuerpos de mujeres, es eje del control general sobre la población y la vida. Y no lo digo solo desde mí; Foucault, Silvia Federici, Rita Segato y muchas otras han ido heredando parte de estas ideas. Sobre este tema parece que hay una energía importantísima, gestándose en las calles y redes sociales. Sin embargo, más allá de la batalla externa de leyes, calles y discursos, hay otra lucha.

La lucha “chiquita” de cada mujer, de sobrevivencia psíquica entre los discursos enseñados sobre nuestros cuerpos. Me parece que la culpa y los demonios rondantes relacionadas con el ejercicio de nuestra sexualidad, son parte de lo que sostiene los discursos antiaborto.  La oposición al aborto encuentra mucha fuerza en la subjetividad culpabilizante de nuestra vivencia de mujer.

Esto lo he visto y conversado en espacios de apapachos y conversaciones entre mujeres, donde juntas hemos re-conocido muchas cosas. En cada tema y reunión, las culpas, las miles de auto exigencias, los duros juicios a nosotras mismas, son el pan cotidiano de todas. Una de tantas reuniones hablábamos de lo que significa amarnos a nosotras mismas. Lo sorprendente fue que, aún en este tema, se colaba despacito pero contundente, la culpa: “debo cuidarme y comer bien”, “no hago ejercicio” “nunca me doy tiempo”, etc. Tan sutil, tan sofisticada esta forma de control. ¡Hasta pa´ cuidarnos y querernos nos exigimos y nos sentimos culpables constantemente!

Esta experiencia culpabilizante, viene de siglos de formas de control sobre nuestros tiempos, energías y capacidades, sin embargo, creo que lo más impactante suele ser cuando se muestra en forma de odio, mucho odio y de extrema violencia a aquellas mujeres que se salen de la regla.

El odio a “la bola de viejas culeras que matan bebes”, y todo el discurso antiaborto no parece ser una discusión sobre el inicio de la vida, que nunca toma en cuenta a los embriones descartados para la inseminación in vitro. En el fondo parece estar otra cosa: el deseo de castigo. Miles de ejemplos en las redes, entre ellos una ginecóloga pidiendo a sus colegas que hagan sufrir a cualquier mujer que aborte.

La vinculación entre el deseo de castigo y la culpa, parece ser la diada ganadora para el control externo e interno de nuestros cuerpos, cuya expresión se encuentra perfectamente representada en los debates recientes sobre el aborto.

Por esto, las luchas para construir otras subjetividades menos culpabilizantes y castigadoras son claves para la construcción de un mundo menos injusto, menos desigual. Una lucha re-importante, que tenemos que dar, es en la subjetividad de nosotras como mujeres. La detección de las culpas como formas terribles de auto sabotaje y de castigo. En una de las reuniones, una compañera decía que una estrategia era hacer justicia por propia mano, tocándose y… sintiendo mucho, pero mucho placer.

La desigualdad se sostiene en lo chiquito.

Daniela García

Soy una norteña asureñada.  Estudie psicología en una de las universidades más conservadoras de Monterrey y justo ahí encontré una semillita de lo que quedó de las izquierdas de sesenta y ochenta. Luego pude estudiar un Master de Psicología Social en Granada, España, para regresar a vivir a Oaxaca desde 2010 hasta ahora. He dado clases en varias universidades y me apasiona. Más tarde estudié una Maestría en Antropología Social. Actualmente trabajo en una organización de derechos humanos en el área psicosocial. Es todo una forma de abordar las violencias y el acompañamiento, donde lo colectivo es clave y se reconoce que los dolores personales tienen orígenes estructurales.