Justicia en una combi, ¿quién tiene derecho a la rabia?

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Entre la “lucha” por los derechos de las mujeres y la lucha -literal-contra un delincuente hay un abismo de diferencias. En primer lugar, el enojo de las mujeres es ilegítimo, la mayoría de las veces se dice que es exagerado, que está fuera de lugar, que es inapropiado, repentino y hasta maniaco.

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El viernes 31 de julio, un par de hombres intentaron asaltar una combi, pero en un desenlace casi heroico, cinco pasajeros terminaron golpeando a uno de los delincuentes. Todo el episodio me hizo reflexionar acerca de la rabia como un sentimiento legítimo. ¿Quién tiene derecho a sentir rabia?

Como ya sabemos, la golpiza quedó grabada y se hizo viral. Aparecieron memes, ilustraciones, chistes, ediciones musicalizadas, recreaciones y parodias, que fueron recibidas con cierto júbilo, y hasta gozo, por parte de los usuarios de las redes sociales que aplaudieron la hazaña.

Más allá de las expresiones de apoyo o de crítica hacia la madriza en sí, y de mi propia opinión al respecto, el común denominador de los comentarios parece ser el reconocimiento de la rabia o frustración de esos hombres que decidieron atrapar a uno de los ladrones. Se entiende que están hartos y enojados de ser víctimas de la violencia. Es más, algunos internautas pudieron no estar de acuerdo con las acciones posteriores de los pasajeros, pero aun así entienden su enojo. No quedan dudas de que la delincuencia enoja y la rabia de los hombres de la combi es perfectamente válida y entendible, a nadie le gusta ser asaltado.

Por otro lado, la reacción de gran parte de las personas que vieron y compartieron el video y sus derivados fue de satisfacción, casi de celebración de un acto de justicia caballeresca. Algunos hicieron notar inclusive que los justicieros actuaron con benevolencia: pudiendo haber usado armas o terminar asesinando al ladrón, no lo hicieron.

¿Qué significó ese acto de justicia por propia mano? ¿Qué resultó de la madriza a un delincuente? Los hombres no golpeaban porque quisieran acabar con la delincuencia, a menos de que queramos ver algún simbolismo; más bien, me parece que los pasajeros golpeaban a un hombre en particular porque querían desahogarse de su legítimo enojo. Fue una demostración de la rabia de cinco hombres, que tuvieron la oportunidad de voltear las cartas y dejar de ser víctimas por un satisfactorio instante. Luego, tanto el enojo como la golpiza, fueron validados socialmente y el video pasó a ser una catarsis social.

Para ponerlo en perspectiva es necesaria una comparación y haré la que siempre resulta incómoda: con perspectiva de género. Las mujeres, además de vivir la delincuencia cotidiana, la de todos los mexicanos, también nos enfrentamos a múltiples formas de violencia de género. Somos expertas en navegar por un mundo adverso, no hace falta ser feminista para saber lidiar con las violencias machistas; no vivimos enojadas, nos adaptamos, pero en ocasiones la rabia toma forma y se manifiesta y, es precisamente ahí, donde notamos que las mujeres no gozamos del mismo derecho a sentir rabia, ni mucho menos, encontramos la misma recepción gozosa y festiva que recibió el video de la combi.

Entre la “lucha” por los derechos de las mujeres y la lucha -literal-contra un delincuente hay un abismo de diferencias. En primer lugar, el enojo de las mujeres es ilegítimo, la mayoría de las veces se dice que es exagerado, que está fuera de lugar, que es inapropiado, repentino y hasta maniaco. La sociedad parece no descifrarlo, no se entiende por qué podría estar enojada una mujer en México.

Las manifestaciones de la rabia femenina también son diametralmente distintas a la estrategia de ponerle el pie al asaltante y molerlo a patadas. Como siempre, las mujeres tenemos que buscar formas más sofisticadas de lidiar con nuestros problemas y utilizar argumentos más contundentes; los derechos se exigen desde los hogares, las universidades, las instituciones, y en algunas ocasiones, en las calles. Las protestas como las del 8M, sin embargo, no se dirigen contra un solo hombre, no hay patadas desquiciadas contra el tío violador, el jefe mano larga o el asesino de nuestras amigas; no, la rabia es contra el sistema. Aun así, ni el enojo es válido, ni la manera de expresarlo es aceptable.

De una simple madriza me queda concluir lo que ya sabíamos: los hombres pueden desahogarse abiertamente, pueden golpear, gritar, enojarse y la sociedad los entiende, porque son hombres y porque sí, (a veces) tienen una razón válida para estar molestos. El episodio de la combi fue eso, una golpiza, así sin más, sin discurso, sin propuestas, sin demanda de seguridad y justicia, fue un desahogo masculino y una catarsis social. La delincuencia sigue su curso, aunque sea con un peón menos.

Está de más decir que el combate a cualquier problema social no se realiza soltando patadas, por más satisfactorias que estas sean. Un problema complejo como la delincuencia tiene múltiples causas y efectos que deben ser abordados desde su entendimiento pleno, proponiendo acciones y políticas públicas dirigidas al entramado en su conjunto; esta labor no es solo del Estado, sino de toda la sociedad, especialmente de aquella que siente la rabia en carne propia.

Si los hombres tienen algo por lo cual “luchar” que se organicen, en este sentido, pueden aprender de nosotras. Menos patadas y más acción.

Carolina Rendón Okolova

Soy Doctorante en Ciencias Sociales por el Tecnológico de Monterrey y bailarina de corazón. Soy una mujer libre, inevitablemente feminista y adicta al café.