Hoy paro

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A veces cuando me quedaba sola en casa y veía por la ventana que un hombre tocaba el timbre, corría a esconderme debajo de la mesa y quedaba paralizada. Pero ya me cansé de ocultarme.

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Cuando era niña me preguntaba cómo sería salir a la calle. Pero no me refiero a esas vueltas con mi mamá yendo a la frutería en la noche después de su trabajo o aquellas veces donde me dejaban en casa de una amiga de la escuela para después recogerme.

Quería saber cómo era eso de pedir permiso para jugar con otros niños de la cuadra a la pelota, en una portería hecha de latas o botellas de Coca Cola. Me imaginaba como sería eso de pelearme porque Juanito otra vez me puso a contar en las escondidas.

Recuerdo que también quería una bicicleta. Llegué a soñar con la adrenalina de pedalear
hasta chocar con un poste y rasparme las rodillas en el asfalto, para regresar llorando con
mi mamá a casa después de un largo paseo. Pero había días donde solo me quedaba
llorando. No entendía por qué salir a la banqueta era un deporte de alto riesgo que estaba
prohibido.

Mi único intento por escapar fue en una noche de tormenta. Construí un barquito de papel y puse una muñequita Polly Pocket que me representaba. La corriente del charco
arrastró mi barquito y a mí muy lejos de casa.


Al entrar a la pubertad fue aún más difícil. Quería sentirme libre y caminar por donde me
diera la gana. Envidiaba mucho a una de mis amigas que podía dar unos cuantos pasos para llegar a su casa después de tomar las clases de guitarra a las que íbamos juntas. Aunque la verdad solo asistía porque me gustaba el maestro, un típico adolescente rockero de pelo largo.

Con el tiempo me volví un poco más rebelde. Le exigía a mi mamá que me dejara irme sola
a cualquier lado y como tenía 12 años obviamente se negaba al instante. Esto me frustraba muchísimo y mi berrinche era encerrarme en mi cuarto a escuchar canciones de bandas emo.

Luego entendí a qué se refería mi mamá con que ser mujer no es tan fácil como debería.

Una vez me dejó ir a la plaza porque iba a encontrarme con una amiga. Me llevó en el auto y me dijo que me dejaba quedarme sin supervisión bajo la condición de que apareciera mi otra amiga. Entonces comencé a dar vueltas por la plaza, hasta que mi mamá bajó del auto, me hizo señas de que regresara y obedecí a regañadientes.

¿Podrías calmarte? ¡Nunca me dejas hacer nada por mí misma!

¡Cállate ni sabes a lo que te expusiste!

¿Pues qué tienes o qué?

No me hables así ¿ves a ese pelado de allá sentado?

Sí, ¿qué tiene ese señor?

Bueno, para que ya te vayas haciendo a la idea, ese señor desde que te bajaste no te quitaba la mirada de encima y se levantó de su banca para seguirte. Ya mero te agarra. De buenas que yo estaba aquí contigo.


Y por este entre otros tantos eventos, me hice a la idea de vivir con miedo en las calles. A
veces cuando me quedaba sola en casa y veía por la ventana que un hombre tocaba el
timbre, corría a esconderme debajo de la mesa y quedaba paralizada. Pero ya me cansé de ocultarme.

En este 9M, hoy paro la ansiedad del refugio en un rincón de mi cuarto y reclamo mi derecho a andar libremente en el espacio público.

Hoy paro la incertidumbre de saber si regresaré a casa a salvo y camino acompañada de amigas que también han vivido violencia.

Hoy paro el silencio de lo que soñé por años.

Hoy paro el temor de ser mujer.