Hasta aquí llegué

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Media hora después las piernas me temblaban, los descansos largos se hacían más necesarios, el agua empezaba a escasear. Una curva más y la antena se asomó majestuosa ¡nunca la había visto tan cerca! Me emocioné y el cansancio parecía haberse esfumado, ya debo estar muy cerca. Seguí caminando durante otros 15 minutos, parecía que la cumbre corría de mí, tenía los muslos acalambrados, ya no quería subir, estaba cansado y desesperado, me tiré de nuevo en otra sombra a refunfuñar y lidiar con mis demonios.

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La única manera de prepararte físicamente para ir a la montaña es yendo a la montaña. Esa fue la enseñanza general del curso al que asistí sobre Fisiología en Alta Montaña. Esto no significa, claro, que uno se trepe como burro sin mecate al cerro, hay una enorme lista de detalles que considerar previamente.

Miércoles 18 de octubre de 2017, mi reloj biológico me despertó temprano; apenas pasaban las 7:00 A.M. Subí a la terraza a jugar un momento con mis perros mientras tomaba mi café, era una mañana fresca de otoño. Me quedé viendo al cerro de la Silla, adornado con unas nubes poco amenazantes, era una linda postal. Aún estoy a tiempo, pensé, ¡vamos a subir al cerro! 

Tenía no sé cuánto tiempo sin hacer actividad física en forma, tres meses, quizá más, así que pensé que me podría funcionar como motor de arranque para volver al ejercicio. Me vestí acorde, me puse mis botas Caribu, tomé mi mochila, enfundé un par de manzanas, 3 barras de fruta y una botella de agua de un litro, -en el camino compro un suero- me dije, y me lancé rumbo al cerro. La idea original era solo llegar al teleférico, cansarme y sudar un poco, nada complejo. La única cita que tenía ese día era a las 3:00 P.M. así que había oportunidad.

Mientras subía poco a poco se fue despejando el cielo, me quité la sudadera, el sol comenzó a pegar. Una hora después ya estaba sentado comiéndome una manzana, viendo la ciudad desde la placa del teleférico. -Todavía traigo pila, subo un poco más a ver hasta donde llego- pensé, me comí una barrita y continué el ascenso. Pasé el Cristo y seguí caminando, de esa parte en adelante el paisaje se pone más lindo, los cambios en la altura se notan, me volví a poner el suéter, el aire pegaba más frío, en ese punto sentía un cansancio leve. 

De la base al teleférico me encontré con varios senderistas, el clásico saludo de aliento y la sonrisa que nace genuina de pensar “no soy el único que se le antojó subir a esta hora” pero después del Cristo el camino se volvió solitario, apagué la música y me entregué al silencio, es una sensación rara, poco silencio como ese puedes encontrar en esta ciudad, solo se escuchaba el sonido del viento cuando sopla y de vez en vez el resonar de un trailer a la distancia, porque sí, hasta allá arriba se escucha el ruido de los camiones.

Una hora más tarde, entre árboles y sombra me senté a descansar, era el primer descanso largo que hacía desde el teleférico y el camino se ponía cada vez más pesado, debería regresarme ya, pensé, mientras me comía otra barra de fruta y les daba un trago a los electrolitos. De pronto veo a un señor bajando, traía pantalón de mezclilla y un par de bolsas del Oxxo, la imagen me desencajó un poco, no tenía look deportivo. ¡A partir de aquí no vale rajarse eh! me gritó, le pregunté si me faltaba mucho para la antena y con cara de pesadumbre me dijo que sí, pero tu dale ya estás aquí, seguí su consejo y continué. 

Media hora después las piernas me temblaban, los descansos largos se hacían más necesarios, el agua empezaba a escasear. Una curva más y la antena se asomó majestuosa ¡nunca la había visto tan cerca! Me emocioné y el cansancio parecía haberse esfumado, ya debo estar muy cerca. Seguí caminando durante otros 15 minutos, parecía que la cumbre corría de mí, tenía los muslos acalambrados, ya no quería subir, estaba cansado y desesperado, me tiré de nuevo en otra sombra a refunfuñar y lidiar con mis demonios. Vi otro senderista bajar, para ese punto no tenía ganas de saludarlo, pero me sonrió y me dijo ¡ánimo ya llegaste! Incrédulo seguí caminando casi a gatas, una vueltecita más, una subida tendida y ¡por fin!, la última cuesta hasta la antena. Al llegar me tiré sobre una piedra, no estaba muy contento de que mi subida se acabara ahí frente a una malla ciclónica y un intento de portón. Un momento después llegó un tipo corriendo, empapado en sudor, me saludó y se sentó al lado mio. ¿Esto es todo? Le pregunté un tanto desilusionado. Para mí sí, yo hasta aquí llego, pero puedes rodear la cerca, allá a la vuelta es donde la gente se toma la foto. 

Rodeé la malla ciclónica y entonces sí me sentí en la cumbre. El paisaje me impresionó, estaba viendo la cadena montañosa ¡desde arriba! Me senté en un huequito entre dos piedras a comer mi última barra de fruta y la otra manzana. Estaba maravillado, no podía creer que estaba ahí, tomé algunas fotos del paisaje y del coatí que se acercó a hurgar en mi mochila, le regalé el corazón de mi manzana y guardé mi celular. De pronto un águila se posó frente a mí, estaba planeando en una corriente de aire, la veía tan cerca que sentía que casi podía tocarla ¡Wow! tardé mucho en sacar mi celular para tomar una foto, el águila dio un giro y la perdí de vista.

Todo valió la pena, pensaba mientras emprendía la vuelta, el regreso debe ser más sencillo, es de bajadita, en un par de horas más estaré comiendo en casa. 

A los 20 minutos la fatiga se hizo presente, las rodillas comenzaron a molestar, los chamorros me temblaban, sentía que los muslos se me quemaban por dentro. Me sentaba cada 5 minutos, ya no tenía agua, sólo me quedaba media botella de electrolitos y dos tercios de cerro por bajar, el sol comenzaba a pegar más duro. Cuando llega la fatiga el cuerpo deja de responder como lo hace normalmente, entras como en un estado de ahorro de energía donde te sientes un zombie, no piensas claramente, todo es fastidioso. No había espacio en mi cabeza para disfrutar el paisaje, todo eran regaños, reclamos a mí mismo: “Para qué subía, debí haberme regresado antes, dejé mucho tiempo sin ejercitarme, falta mucho para llegar, tengo hambre…” y no sé qué sarta de más cosas me repetía.

Al estar en el teleférico de nuevo, una sensación de mediano alivio se apoderó de mí: ya estoy a la mitad del camino. Me senté en una de las pocas sombras que había a esa hora ¡pleno mediodía! y me quité las botas, tenía los pies hinchados, le di el último trago a la botella de electrolitos y revisé mi celular, me pedían posponer la cita de las 3:00 a las 3:30 P.M., me cayó como anillo al dedo. Se me acercaron un par de ardillas negras, quizá esperaban que les regalara algo de comer, yo tenía ganas de comérmelas a ellas. Se me quedaron viendo desde lejos; la fatiga hace que tu mente piense un montón de tonterías, yo sentía que eran Chip & Dale burlándose de mí. Por un momento aluciné a María Julia la Fuente enunciando el titular de telediario: Elementos de protección civil rescatan a joven desmayado en el Cerro de la Silla. Me incorporé de la vergüenza, me ajusté las botas y continué el descenso. Llegué a la base del cerro a las 2:14 P.M., 6 horas después de haber comenzado, con las piernas destrozadas y el tiempo justo para bañarme, comer algo y llegar a mi cita.

Dentro de las recomendaciones que nos hicieron en el curso hay una que no había considerado antes: ser conscientes de cuándo regresar. Claro, la planeación incluye un fin determinado y descansos antes de llegar a la cumbre como destino. Pero ¿Qué pasa cuando las circunstancias no nos permiten continuar? A veces creemos que la motivación inicial, la determinación o la disciplina deben bastar para subir, que uno siempre debe terminar lo que empieza, porque si no entonces se ha fracasado (¡qué miedo!). Ser conscientes de cuándo ponerle fin al viaje, decir hasta aquí llegué, requiere de mucho valor y compromiso personal. Reconocer que nuestras fortalezas y habilidades no son suficientes (al menos en ese momento), interrumpir el viaje en un acto egoísta para no ponernos en riesgo a nosotros mismos, o a alguien más.

No hacer cumbre no quita lo que se disfrutó y aprendió en el camino. El viaje termina cuando se vuelve al origen aún a pesar de no haber llegado al destino, después de todo así es como se cierran los ciclos ¿no?

David Gerardo Guerra Náñez

De gustos sencillos particularmente de los viajes por carretera, la escalada deportiva, el senderismo y las carreras de montaña. Amante del café por la mañana, la cerveza por la noche (no siempre en ese orden) y la música en (casi) todos sus géneros

Licenciado en Psicología con posgrado en Clínica Psicoanalítica, nacido en Monterrey Nuevo León "La ciudad de las Montañas".