Guillermo, el invisible

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Ahí estaba él: cada día sentado a la puerta de la iglesia, invisible, incoloro, esperando que pasara algo que nunca pasó, ser visto.

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Sí, en Monterrey puedes ser invisible, aunque tal vez no sea tu elección serlo. Incluso puedes estar en situación de vulnerabilidad y suponer que serás sumamente visible y no, serás completamente invisible a los ojos de los demás, nadie te observará ni escuchará, pasarán a escasos metros de ti como si no existieras.

Ahí estaba él: cada día sentado a la puerta de la iglesia, invisible, incoloro, esperando que pasara algo que nunca pasó, ser visto. Guillermo, de Honduras, cada día se sentaba a las afueras de una iglesia católica del sur de Monterrey esperando una dádiva, una palabra de aliento o una comida fresca y un vaso de agua fría. 

Como cada tarde iba a correr al parque adyacente y lo observaba, un día me animé a platicar con él después de ejercitarme y me narró su situación: venía huyendo de Honduras y buscaba irse a Estados Unidos, lo poco que pude hacer por él fue darle unas monedas y aconsejarlo sobre su situación. Y al acercarme y sentarme a su lado me volví también invisible; sería por mi aspecto sucio y maloliente después de correr una tarde en pleno verano y parecerme a él, o tal vez porque la sociedad de Monterrey invisibiliza a todos aquellos que le parecen diferentes o fuera de su normalidad. Monterrey no quiere ver a sus migrantes, a sus homosexuales y a sus indígenas, que al estar aquí ya son de esta ciudad aunque estén de paso. Encuestas oficiales indican que somos una sociedad que discrimina o rechaza a los sectores antes mencionados.

Monterrey, la gran ciudad que cada día se llena de edificios de departamentos y desarrollos urbanos que le dan ese aire cosmopolita y de primer mundo, con grandes arenas para conciertos y centros comerciales, con espacios de progreso urbano y de movilidad; que cada vez ve más hacia arriba y menos hacia los lados y mucho menos hacia abajo.  Entendemos de plusvalías, de patrimonio, de restaurantes de primer nivel; pero no entendemos y nos da pereza hablar o comprender de derechos humanos y grupos en situación de vulnerabilidad. Y no se diga en cuanto a religión, porque de manera dogmática asistimos a misa como un ritual diario sin sentido, solo para ver y ser vistos por los que son como nosotros y no a los diferentes.

Como una procesión ordenada: llegamos, saludamos, rezamos y hacemos todo el protocolo, y nos vamos satisfechos de haber cumplido con las costumbres religiosas que nos fueron heredadas.

Pareciera que nacimos con ese patrón cultural; Guillermo fue invisible los días que estuvo afuera de esa iglesia para los asistentes a misa, y de paso yo también lo fui.

Al correr de los días seguía yendo a ejercitarme y lo observaba; la mecánica era similar, tenía un efecto imperceptible él y los que se le acercaban… solo yo lo hacía. Nunca vi empatía o afecto de algunos vecinos del sector. Me comentó que a veces, solo a veces, le ofrecían alimentos en la iglesia y que buscaría seguir su camino a la frontera. 

En el transcurso diario ya no supe más de él. Solo comprobé que, como sociedad, necesitamos mostrar empatía y afecto por aquellos seres humanos en situación de vulnerabilidad y comprender que el desarrollo como ciudad primermundista conlleva una ruta de respeto a los derechos humanos de todos. El gobierno, tanto estatal como municipal, deben generar políticas públicas que promuevan la no discriminación y una cultura de respeto; aunque eso signifique un vaso de agua, por lo pronto estaría bien.

Sigo corriendo casi a diario, ya no lo veo; tal vez porque incluso para mí ya es invisible.

Sergio Cavazos

Lic. en Ciencias Políticas con maestría, diplomado en derechos humanos.

Quiero un país donde nadie muera por ser mujer, gay, o migrante, quiero derechos para todos, quiero una ciudad más humana y menos fría, que no cobren mucho por los estacionamientos públicos y privados. Estoy en un curso de escritura para escribir con ácido.