Guardarnos ¿de quién? ¿de qué?

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El silencio y la quietud asustan, lo sé, cuando no hemos hecho otra cosa que movernos aceleradamente a un compás que nos ha sido impuesto.

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Ya el solo hecho de preguntárnoslo es una primera batalla ganada. Vaya que ha causado revuelo el tema, vaya que ha puesto leña a las ya encendidas conversaciones, otra vez el ruido, otra vez la descalificación, la defensa, la mofa, la defensa, la manipulación, la defensa y así, pero a ver, vámonos por partes…

¿Para qué guardarnos en un país que no nos ve?

Una chica cuestiona qué va a hacer un día sin su trabajo que tanto le gusta, si ella se procura los espacios para ella misma, si ella defiende con celo los días en que no está para nadie. Otra amiga llama a que sea otro día a gastar en el hacer: juntémonos a platicar sobre el tema, a reflexionar, a orar. Escucho otra voz que cuestiona la eficacia: ¿pero un día, qué va a representar solo un día?

Ninguna de ellas descalifica abiertamente el motivo que aglutina a cada vez a más mujeres, pero la duda les impide adoptar sororamente un compromiso. Hemos perdido o quizás nunca hemos experimentado la gracia de parar; de soltar los remos que asumimos como parte de nuestro cuerpo y simplemente abandonarnos al movimiento ondular de las olas.

El silencio y la quietud asustan, lo sé, cuando no hemos hecho otra cosa que movernos aceleradamente a un compás que nos ha sido impuesto: hay que ir y venir, hay que traer y llevar, hay que resolver, hay que hablar, hay que educar, hay que reír de un chiste que no nos da risa, hay que complacer, hay que rezar, hay que curar, hay que crear para ser.

¿Guardarnos de quién?

Pero si mi marido me apoya, si mi padre fue un santo, si yo puede hacer lo que quiera, si soy una mujer privilegiada, si creo en la importancia de los valores, si Dios me lleva de la mano, si yo no comparto y no quiero alimentar el discurso de odio hacia los hombres, si yo creo que un día sin mujeres es lo peor que le puede pasar a este ya de por sí podrido país, a este agotado mundo.

Tampoco ellas descalifican abiertamente el motivo que aglutina a cada vez más mujeres, pero la duda o el miedo también les impide adoptar sororamente un compromiso. El poder de las creencias radica en su capacidad de penetrar silenciosa e inexorablemente aquello que termina poseyendo, como hacen la humedad y la polilla.

 ¿Cuáles de esas creencias son verdaderamente mías y cuáles son patos que me tragué con todo y plumas? Aquellos comportamientos que vi en las mujeres y los hombres que me criaron y me han rodeado, aquellos valores que alguna vez escuché, aquellas reglas que alguna vez deduje y adopté, aquel ropaje que alguna vez me sirvió y hoy ya no me queda.

Si la palabra “patriarcado” suena incomprensible y ajena, entonces no le digamos patriarcado, digámosle estructura para mantener en lo público y lo privado los privilegios y el poder. Es cuestión de ver más crítica y detenidamente cómo no falta a nuestro alrededor un macho que se impone para hacer valer su derecho a mandar, a exigir, a callar; para llamar la atención de sus pares, para decir “dalai” en lugar de un más abierto “cállate, pendeja” y con eso desacreditar un argumento que no sabe contestar.

Son tan, pero tan obvios que aprovechan lo mismo un púlpito, que un curul, una mañanera, un chiste, un meme, un tuit, un partido, una sala de consejo que presiden o un programa de opinión -en donde siempre habrá más varones sentados-, una campaña de una marca que súbitamente encuentra la forma para “refrescar” su tono y disfrazarse con piel de empática oveja, para anular,  deslavar o colgarse de un movimiento y decir que ellos no son como otros varones que sí son violentos, que sí maltratan, que sí utilizan, que sí matan.

La cuestión es que la humedad tarde o temprano hace mancha y la polilla agujero y se acusan a sí mismas y desnudan la debilidad que cobijan.

¿Guardarnos de qué?

Si llegaste hasta aquí, ya podrás responderte si vale o no la pena guardar el luto un día por las niñas y mujeres que ya no tendrán la oportunidad de elegir qué hacer ese día. Expresar un claro “hasta aquí”, gritar “ayúdame”, advertir “así no”… y comenzar el largo viaje de encontrar nuevas maneras de relacionarnos, de acordar, de conversar, de validar a tantas mujeres que al reflexionar más hondo, al imaginar nuevos caminos y, como hacemos las mujeres cuando abrazamos un sueño, ya nos apeamos con azadones, palas, tijeras y carretillas y ya comenzamos a barbechar y preparar la tierra, con la sabiduría de nuestras nuestras ancestras, andando, parando y volviendo a andar, los estamos dejando atrás.

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.