Feliz cumpleaños, Itzel

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Itzel nació el 17 de abril del 2013. Le calcularon fecha de nacimiento un día antes, el 16 de abril. Tocó a la puerta puntualmente el día calculado, por ahí de las dos y media de la madrugada. Se me rompió la fuente, pero no como en las películas de Hollywood, no hubo chorros de líquido amniótico fluyendo a borbotones; al principio, al menos. En penumbras me levanté de la cama, me cambié y me volví acostar. Supongo que ahora siguen las contracciones, pensé. Pero no, el resto de la madrugada transcurrió tranquilamente. Por la emoción ya no pude conciliar bien el sueño y solo esperé a que clareara para ir al hospital. Alrededor de las seis de la mañana me metí a bañar y me arreglé. Quise lavar algunos platos y sacar la basura, pero mi marido ya nervioso nos apresuró al hospital. No hay por qué apresurarse si todo ha estado bien durante el embarazo, pensé. El cuerpo se toma su tiempo, los niños se toman su tiempo.

Llegamos al hospital y el líquido amniótico terminó de salir y ¡cuánto líquido! ¡un desagüe!  Menos mal que la partera me había dado una toalla femenina gigantesca después de la revisión. La misma toalla que te dan para los días posteriores al parto, con todo y su calzón de red a juego, ¡bien sexy! 

Me hicieron un registro para medir contracciones y la frecuencia cardiaca de Itzel. Me hicieron un chequeo vaginal. Resultado: 0 contracciones, frecuencia cardiaca normal, 1 centímetro de dilatación. Ya no me dejaron regresar a casa pues seguía sin tener contracciones y según los doctores el riesgo de contraer una infección una vez que se rompe la fuente es alto. Bueno, nos quedamos.

El día fue más bien tranquilo, me instalé en mi cuarto y caminé por los jardines del hospital para animar a Itzel a salir. El día estaba soleado y frío, las hojas de los árboles recién empezando a crecer. Entrada la tarde me revisaron y seguía igual que como llegué: con un centímetro de dilatación. Señora, sí esta noche no tiene contracciones, el día de mañana la tendremos que inducir. Ay no, pensé. La noche la pasé muy mal, como cuando uno come algo que le cae mal y el estómago se queja, se retuerce. ¡Eran contracciones! Durante la noche había conseguido dilatar otros cuatro centímetros. Muy bien, me dijo la partera, sí sigue así durante el día no habrá necesidad de inducción. Si no, pues ya hablaremos. Durante el día estuvimos distraídos, tomando fotos, se me olvidó comer. Futuras mamás: comer algo y tomar agua en la labor de parto es importantísimo. Hay que tener buenos niveles de energía para pujar.

De día las contracciones no quisieron llegar. Señora, ya lleva más de 24 horas sin tapón, sin líquido amniótico y sin contracciones regulares, la vamos a inducir. Nos vemos en la sala de partos. Empezaron con un lavativa, ¡madre mía! No me lo esperaba, pero no me molestó, al contrario, me gustó (creo que un par de lavativas al año deberían estar incluidas en el seguro médico, ¡nada mejor que unos intestinos limpios!). Mientras tanto escuchaba los gritos de las parturientas de al lado. Unos gritos como de Tarzán, otros como gemidos sexuales. Yo no soy muy escandalosa cuando se trata de dolores, me retraigo, cierro los ojos y me entrego al dolor. 

Me picotearon la vena y lentamente comenzaron a administrarme la oxitocina. Incrementaron la velocidad cuando las contracciones no llegaban. Algo raro sucedía, pues en cada contracción la frecuencia cardiaca de Itzel disminuía. El bebé está estresado, decían las parteras, esto no se ve bien. En algún punto las contracciones se volvieron insoportables. Entre contracción y contracción mi cuerpo bloqueaba el dolor y caía en una especie de sueño, pero Ignacio me regresaba y me avisaba de la siguiente que venía pues la veía anunciada en el monitor: mi amor, ahí viene otra y apretaba más fuerte mi mano.

La epidural no me hizo mucho, la superó con creces la oxitocina. Por fin llegué hasta 10 centímetros Ahora sí, que comience la pujadera. ¡Uffff!, ¡cómo sudé y cómo dolió! En ese momento quise saltarme a la cesárea, pero no convencí a nadie, lo mío no era emergencia. Comencé a pujar duro. Ya no tenía fuerzas, no había comido, no me había hidratado bien durante el día.

Pujé, pujé y pujé y de pronto ví a una partera subirse a la cama y hacerme una de esas llaves de lucha libre en la panza para que Itzel saliera más rápido. ¡Santo Dios! ¡Vieja salvaje!

Después de tres o cuatro llaves al estilo triple A, por fin vi salir la cabecita de Itzel con 2 vueltas de cordón umbilical enredado al cuello. Por eso en cada contracción bajaba su frecuencia cardiaca. La partera inmediatamente cortó el cordón enredado al cuello y me la pasó apenas envuelta en una sábana. Así, oliendo al hierro de la sangre, todavía de color azul por el cordón que la apretaba, así sin más, recién salida del horno.

Después de 42 horas de labor de parto, tuve a mi bebé en brazos, se pegó a mi pecho y me miró fijamente a los ojos sin parpadear, como diciendo: tú eres ese voz que oía… así que tú eres mi mamá. Si, yo soy tu mamá.

Todos los 17 de abril me gusta recordar el parto de Itzel. Me gusta contarle la historia a ella también. Este año no se la conté, pero sí la recordé. Feliz cumpleaños, Itzel. ¡Me encantó tenerte nueve meses en la barriga…! ¡y parirte también!

Mónica Cantú

Nací en Octubre. Me encantan los idiomas, la pintura, la música y el baile. Vivo desde hace diez años en Alemania. Disfruto mucho el silencio acompañado de un buen café.