Fantasmagorías léxico-políticas

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Pienso en términos como “democracia”, “pueblo”, “soberanía”, etcétera, palabras del léxico común político. Cuando nacemos somos arrojados – para utilizar la expresión de Sartre – en el mundo, con una realidad concreta, con un lenguaje, con una forma específica de representar las cosas, una forma de normalizar a los otros. Pero me pregunto, ¿qué pasaría si realmente ese lenguaje – el lenguaje político que hemos heredado – no encierra más que fantasmagorías? ¿Es posible considerar que las palabras no coinciden con las cosas, con los fenómenos?

Cuando decimos democracia, ¿a qué nos estamos refiriendo? ¿al sistema político, de supuesta representación, que nos hace tachar boletas cada tres o cada seis años? ¿Será posible, como dijo Saramago, cuestionar la noción misma de “sacrosanta democracia”? Son muchas preguntas, hay que hacérselas, aunque no se les encuentre solución.

Hay que pensar que, detrás de muchas nociones políticas, libertarias, progresistas incluso, no hay más que espectros, ilusiones, siluetas proyectadas – como en la alegoría de la caverna de Platón – por esas mismas palabras. Por discursos bien conscientes de su propia performatividad. Escribe Jünger:

Cabe suponer que nuestro votante ha sabido resistir, gracias a su capacidad de discernimiento, a la propaganda […] No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con una modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar a unas elecciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al “no” (Ernst Jünger, La emboscadura).

Will of the people dicen los gringos, voluntad del pueblo, sí, pero ¿qué pueblo? Voy con más preguntas. ¿Podemos, sensatamente, hablar de “un” pueblo, como al que se refiere a menudo el Presidente? No puede darse respuesta afirmativa a esta cuestión sin caer, inevitablemente, en la sinrazón. No nos es posible hablar de un sujeto colectivo, uniforme, que expresa su “democrática” voluntad en las urnas de vez en cuando. ¿Se podrá decir, quizá, que con pueblo nos referimos a las mayorías? Si intercambiamos el término “pueblo” por “mayorías”, ¿habrá democracia, expresión última de la voluntad de los individuos, en un país con mayorías sistemáticamente empobrecidas que no tienen oportunidad de estudiar, menos pensar en política, y venden su voto al mejor postor o al que pagó más tiempo publicitario en el canal de las estrellas, donde muchos somos manipulados ya no por publicistas, sino por algoritmos y reflejos narcisistas en las redes sociales? ¿Se reduce a las “mayorías” la toma de decisiones que afectan directamente mi individualidad? Ni siquiera es así, es irrelevante qué o quién es votado, porque en las urnas ceden – cedemos – la voz y la acción política cuando tomamos la democracia como mero ejercicio electoral. ¿Puede hablarse de masas dónde ni siquiera las ideologías son vigentes, y creemos informaciones fugaces, inconexas, que caducan muy pronto?

“¡A abolir la democracia! ¡Abajo el pueblo!” Nadie quiere decir eso, habría que ser un monstruo como señala Jünger, ¿no? Lo que yo quiero decir es que, aquello que llamamos democracia, aquello que llamamos pueblo, puede no coincidir con todo ese noble humanismo que pretenden encerrar esas palabras. Quizá, solo quizá, tengamos que llamar las cosas de otra manera y así se revelen como son.

Maximiliano García

Es licenciado en Filosofía y Humanidades. Escritor aficionado y poeta amateur. Sus intereses varían desde la filosofía política hasta el arte y el estudio histórico de las religiones