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Expatriada en una pandemia

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Las ventanas de ciertas casas que dan a la calle ahora no solamente son un lugar para poner una planta para que le dé el sol. Se han convertido en escaparates para presentar a los bebés que nacieron en medio de la emergencia global del Covid-19.

Voy en mí bici y noto a mi izquierda este encuentro tan único, sin duda algo que nunca había visto y no sé si vuelva a ver, una escena que fuera de tiempos de pandemia hubiera parecido chistosa y hasta ridícula.

Mientras voy reduciendo la velocidad, veo a una pareja y su bebé sentados en frente de su ventana viendo hacia afuera, cada uno sentado en su silla. La mamá sujeta al bebé en sus brazos, colocándolo de frente para que los visitantes de afuera puedan admirarlo.

Hay una pareja afuera de la casa que también está sentada, cada uno en su silla que llevaron hasta allí o que tal vez que les pasaron desde adentro de la casa. Tienen que levantar mucho la voz para ser escuchados del otro lado. La escena se asemeja a la de un hospital, como si el bebé nunca hubiera salido de éste, aun protegido detrás de un cristal. 

He vivido fuera de México por más de tres años, en Holanda. A pesar de que las video llamadas han estado disponibles desde que me expatrié, parece ser que, desde que empezaron las medidas por Covid-19, por fin he empezado a usarlas.

A las nueve de la noche en Holanda y a las dos de la tarde en Monterrey me conecto para platicar con tres amigas y nos contamos cómo han cambiado nuestros planes desde que dejamos de salir de nuestras casas. Ellas solían verse cada dos semanas más o menos, y esto las separó. Como estaban acostumbradas a verse, ahora hemos hecho video llamadas dos veces desde que empezó la cuarentena, y en el total de mi tiempo viviendo en Holanda, tal vez dos o tres (aunque siempre nos escribimos por WhatsApp). La diferencia de 7 horas siempre complica poder platicar y no es tan fácil como llamarles por celular. Siempre hay que planear con anticipación el día y la hora que se nos acomode a las cuatro.

He observado, desde la distancia, a mis amigas más cercanas casarse. He mandado arreglos de flores que busco en páginas de tiendas en Monterrey, viendo catálogos virtuales, deslizando la pantalla de mi celular con mi dedo, averiguando sus nuevas direcciones y haciendo clic en enviar. Enviar. Enviar. Enviar. Envío estos detalles para decirles que están en mi mente y tal vez también para que no me olviden.

Otras amistades han tenido hijos que he conocido en fotos y video llamadas mientras pienso que estas sesiones virtuales en realidad no sirven para que me recuerden y que me reconozcan la próxima vez que nos veamos físicamente. A mis papás procuro mandarles algún regalo en sus cumpleaños o en navidad y los frecuento hasta para pedirles recetas.

Poco tiempo antes de irme de Monterrey a estudiar mi maestría a Holanda, dejé dos plantitas en la casa de mis papás: un crespón y una anacahuita (mi árbol regional favorito). A veces, cuando platico con ellos por video llamada, nos enseñamos nuestras plantitas en la cámara. Yo les muestro alguna nueva integrante de mi colección y ellos las suyas. El crespón ha crecido como loco, abarcando orgánicamente el espacio a su alrededor. Cuando lo dejé en casa de mis papás no sabía que tendría flores rosa fiusha pero la primavera llegó y lo descubrimos. La anacahuita ya rebasó a mis papás en altura y ahora es un árbol mediano, delgado y bien derechito. Ver cómo han crecido mis árboles en Monterrey se convirtió en una medida para medir el tiempo, diferente a ir contando los años.

Ver mi pelo crecer es otra medida con la que cuento el tiempo. Al ver fotos mías, observo el largo o corto de mi pelo dándome una indicación del momento en mi historia fuera de Monterrey ¿En serio ha pasado tanto tiempo? No me canso de preguntarme.

A pesar de que muchas personas en Monterrey viven en la misma ciudad, ellas, así como yo, ahora también están lejos la una de la otra a causa de la emergencia global. Ahora todos nos cantamos las mañanitas a distancia y hablamos con la abuelita por teléfono, enviamos regalos, detalles y tarjetas a domicilio. Ahora todas soy yo, pensando en un detalle para decir lo que siento a kilómetros de distancia.

Me voy alejando en mí bici hasta que ya no logro ver a las parejas y el bebé en la ventana, y me doy cuenta de que los espacios donde convivimos ya cambiaron: hemos aprendido a exprimir, extender y explotar cualquier oportunidad de contacto social. En tiempos de Covid-19 ahora no solo yo veo a los bebés recién nacidos en un cristal, ahora las demás personas también los ven desde la ventana de la casa de los nuevos papás, en publicaciones de Facebook o un Instagram Story. Durante mi vida en Holanda, yo también he tenido que aprender a sacarle lo máximo a las formas en que mantengo contacto con mí otro hogar, para que no me olviden y para no olvidarlos.

Soy una expatriada en tiempos de Covid-19. Vivir fuera de mi país me ha dado pequeñas dosis de resiliencia hasta el día de hoy, lo cual me ha servido para adaptarme: yo ya estaba no viendo a mi familia y amistades. Mi experiencia de expatriada ahora la comparto con todos y todas, tristemente ya me comprenden, en estas condiciones nos entendemos mejor.

Elisa Ontáñez
Me gustan las ciudades, leer y tomarle fotos a lo mundano. Soy diseñadora y me enfoco en espacios más incluyentes y temas de género. Soy feminista @eotanez