Esperando a Hanna

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Nos llaman a examen estos nubarrones oscuros. Estas ráfagas intermitentes, escalofriantes. Pero no queremos ni levantar la cabeza. Sabemos que, como ciudad, estamos peor que hace diez años.

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Domingo 26 de julio. Son las 7:54 de la mañana. Estamos a la expectativa de una tormenta muy potente, Hanna, aunque para mí será la tormenta Pulido –ayer cumplió mi amigo 40 años-. En el ambiente, desde ayer, se percibe un azorrillamiento colectivo. Regresan a nuestra mente escenas traumáticas del azote del Alex sobre de nosotros.

La ciudad a prueba. Una vez más.

Hace diez años la tormenta tropical golpeó duro nuestro autoconcepto regio. Nos volvimos de lodo. La ciudad quedó desconectada. Por aquí y por allá, torres de autos, masas vivientes de lodo, animales, alambres, basura. Cientos de miles se quedaron sin agua, sin electricidad, sin gas. El río corrió, desnudo y loco, por todo lo largo de nuestra urbe. Parecía gritar a su paso ¡Vendetta!

Y hoy, estamos a horas de que la naturaleza vuelva a evaluar a nuestra ciudad, que no son los concretos, sino las relaciones, los valores y creencias que la diseñan, la construyen y aquí toman cuerpo. Nos llaman a examen estos nubarrones oscuros. Estas ráfagas intermitentes, escalofriantes. Pero no queremos ni levantar la cabeza. Sabemos que, como ciudad, estamos peor que hace diez años.

Hanna viene a verificar nuestra resiliencia. La resiliencia es una capacidad de adaptación y poco tiene que ver con el echaleganismo, o con el espíritu emprendedor, en realidad, el factor clave es el equilibrio ecosistémico. Que el cuerpo urbano funcione bien. Que nuestro metabolismo nos permita tomar y liberar energía, oxigenarnos, hidratarnos; que no tengamos tapadas las arterias –que son los ríos, no las calles-. Entre otros. Ese nivel de bienestar permitiría adaptaciones a nuevas normalidades por venir.

Lo único que hemos “hecho” bien y, por cierto, ni tanto, es que dejamos al olvido al Río Santa Catarina y por ello éste se reforestó. El acuerdo histórico después del Alex fue ese: “nada sobre el río, nunca más”. Conagua dio un golpe en la mesa y ordenó que se derogara o cancelara cualquier contrato o decreto que permitiera la instalación de infraestructura sobre el río.

De hecho, el antiguo decreto que lo convertía en área natural estatal protegida quedó en el limbo. Esto, sumado a la negligencia que ha distinguido a nuestros gobiernos estatales de no coordinar esfuerzos para darle un manejo ambiental al ecosistema río, nos hizo llegar al examen de hoy en estas circunstancias.

Preparémonos, porque aquella decisión histórica de respetarlo como río se ha violado y, con ello, otra vez regresan las narrativas que lo representan como “terreno”. Hasta ayer, digamos, se construía casi a las puertas de la Huasteca no un golfito, ni una pista de go carts, ni canchas de fut, no; se levantaba una carretera elevada sobre su lecho, el viaducto.

Y no es que la sociedad olvidó. No somos nosotros los que aprobamos este estúpido proyecto. Qué va, ni siquiera las autoridades lo diseñaron, ni está en algún plan metropolitano, no; ellas solo negociaron dar el sí. Es un “regalito” financiado por ROADIS, un fondo canadiense de inversión, que nadie pidió, pero que el gobierno federal agradeció, igual que el estatal y los municipales, aunque con ello se nos coloque en la posición de rehenes al estilo de la delincuencia organizada. Ya sabemos que no hay regalo gratis, y es que, lea esta obscenidad: en realidad se trata de una contraprestación.

Ajá, es un toma y daca. La Concesionaria Autopista Monterrey Saltillo (CAMS) quiere que le amplíen su concesión de la autopista Monterrey-Saltillo, la autopista de la muerte, en una suerte de agradecimiento nos construye otra autopista sobre nuestro río.

A la concesionaria se le ha calificado bien solo porque crece su número de usuarios, pero en cuanto a su peligrosidad, está más que probado que hay más hechos viales, heridos y muertos en la autopista que en la libre. Así, nuestro río es entregado a la empresa que ha sido incapaz de cuidar las vidas de las personas que transitan por su concesión. CAMS se encoge de hombros y se ocupa de garantizarse más años cobrándonos por transitar una autopista cuya única diferencia con la libre es su grado de peligrosidad por la velocidad que permite su trazo. Trazo que, por cierto, se aprobó en SEMARNAT bajo presiones que aún no se hacen públicas.

Espero que la tormenta Hanna caiga sobre las columnas que ya tienen levantadas del viaducto, que se lleve el alud que usa la Constructora Garza Ponce como estacionamiento, baño y lonchería, de banco de tierra y hoyo de basura, para que quede otra vez nuestra arteria más preciada libre. Hanna, -Oh,Pulido-, llévate el viaducto. El río es río.

Soy de esas personas que descansan viendo plantas crecer e insectos acurrucarse entre las hojas. Escribo columna de opinión, ensayo, bitácoras, cuentos. Dirijo Vertebrales.