Ellas somos todas

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Las personas privadas de libertad en centros penitenciarios viven en pésimas condiciones de vida que distan mucho de la reinserción planteada en la Ley Nacional de Ejecución Penal. En las mujeres, además, se suma la violencia sexual presente en las detenciones, traslados y centros de reclusión. 

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Eran veintiocho, tres de ellas embarazadas. Las desnudaron, las golpearon, las pusieron en cuclillas; gritos, amenazas, tocamientos, violación. Fue en uno de los traslados de personas privadas de la libertad en centros penitenciarios a otros estados, dado en medio de abusos y arbitrariedades. 

Nosotras entrevistamos a las mujeres que se llevaron a un Centro Federal. Para verlas atravesamos infinidad de puntos de revisión, escáneres, dimos huellas, pruebas rápidas sobre drogas, atravesamos túneles, rejas, alambres, calles grises, edificios y pesadas compuertas grises, miradas grises. Las descripciones del traslado fueron terribles. A Ceci le arrebataron a su hija de ocho meses antes de llevársela. A Rosa le hicieron firmar una hoja donde decía que no había sido torturada. A Dora le tomaron fotos en la entrepierna. Miriam, embarazada, iba desechando sangre. Deben “brindar el máximo de protección a las reclusas contra todo tipo de violencia (…) de abuso y acoso sexual”, rezan las Reglas de Naciones Unidas para el tratamiento de reclusas (2010). 

Las personas privadas de libertad en centros penitenciarios viven en pésimas condiciones de vida que distan mucho de la reinserción planteada en la Ley Nacional de Ejecución Penal. A esto se añade el estigma social, donde las personas reclusas parecieran no existir, o bien son vistas como escoria. En las mujeres, además, se suma la violencia sexual presente en las detenciones, traslados y centros de reclusión. 

Hay que recordar lo elemental: las personas, hayan cometido o no un delito, tienen derechos. Pero, además hay que añadir que un alto porcentaje de personas encarceladas ni siquiera tienen sentencia. Datos oficiales de 2018 señalan que hay 938 mujeres privadas de la libertad en centros federales, y solo el 35 por ciento han sido sentenciadas, mientras que a un 65 por ciento, aún no se les comprueba delito.

Aquella vez, luego de entrevistar a quienes recientemente habían sido trasladadas, pedimos ver a otras de Nuevo León para saber cómo estaban y ofrecerles enviar cartas a sus familias. Una de ellas, Erika, miraba con enojo sin decir palabra. Cuando les di hojas, con la cabeza dijo no. Minutos después se acercó: no sé escribir. Su mirada cambió. Me contó de su detención, de su pareja; luego, hablando de su niñez comenzó a llorar: no sabe quién es su mamá, la regalaron siendo niñita, la golpearon por años, abusaron, se drogó, tiene hijos, a veces les grita, se arrepiente de cosas, no se siente querida por quien la crio… ¿Somos la sociedad parte de esto? ¿El Estado puede ser tan omiso y violento? ¡Cuántas niñas arrojadas a la nada, cuánto abuso, pobreza, poco acceso a educación, involucramiento o fabricación de delitos, discriminación! La historia de muchas.

El Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer emitió Observaciones a México en 2018. Uno de los apartados habla sobre las reclusas, pero resulta tan somero que evidencia que el Estado no presta atención, Naciones Unidas no dimensiona el problema, y las organizaciones no hemos podido denunciar, atender y/o transmitir lo que ocurre. 

Cuando terminó esa primera visita me fui a Tlaxcala con el corazón nebuloso. Me recibieron en casa de las dominicas. Apenas nos sentamos a la mesa y no pude parar de llorar; mis amigas me abrazaron…  ¿Y ellas? Ellas las de todo el país, acusadas de delitos estatales o federales, las que nadie quiere ver, quienes vivieron infancias terribles y viven pesadillas en las cárceles, las juzgadas por la sociedad, las que están lejos de sus familias ¿Quién las protege? ¿Cómo las defendemos? ¿Cómo las abrazamos? La cosificación, discriminación y violencia hacia las mujeres en nuestro entorno se potencia gravemente en el cautiverio. No apartemos la mirada: en ellas nos reflejamos todas las mujeres y toda la sociedad. Ellas somos todas

Liz Sánchez

Con el sur como norte, camino. Disfruto la sierra y el mar; la salsa y los postres; la música, el viento y la poesía. El corazón se alimenta de lo amable. He colaborado y latido en la defensa de derechos humanos en Oaxaca, Tlaxcala y Nuevo León. Soy integrante de CADHAC.