El Tolerante

Por |

Compartir esta nota:
Facebook
Twitter
WhatsApp
Email

Soy extremadamente tolerante. Mi formación católica me había dejado muy claro que el aborto era un crimen, una salida fácil para las parejas que se habían dejado llevar por el pecado de la lujuria. Fue un maestro, precisamente hermano Marista (El Caballo, le decíamos), el que me inculcó la idea de escuchar y aprender de quienes piensan diferente a mí. Por eso empecé a leer a Rosaura Barahona, años después a Ximena Peredo y a diferentes autores que manejan un punto de vista diferente al mío. Eso me hizo ser extremadamente tolerante. 

Escribo esto en el aeropuerto de Chihuahua. Viajo a Monterrey. Me vine a la Sala VIP, precisamente para poder sentarme sin ser interrumpido. Pero a mi lado se ponen a platicar dos señoras, como de 30 años. Al parecer ellas esperan el vuelo a Dallas, pero su plática me distrae. No pongo atención a lo que dicen, ni me importa, pero me molesta. De cada diez palabras, 5 son en inglés. ¿Qué se creen? ¿superiores? ni siquiera hablan bien. En verdad, qué molesto es escucharlas. 

Vuelvo a lo mío, decía que soy extremadamente tolerante. Tengo muchos amigos que le van a Tigres. A pesar de ser Rayado, me alegra que sean los campeones. Prefiero a ellos que a los mugrosos americanistas. Esos son gente muy naca, creída, como buenos chilangos piensan que toda gira en torno a ellos. Me da mucho gusto que los regios los bajen de su nube. Son bien sangrones, caen mal. Lo único bueno de cuando juega el América, es que los robos y cristalazos disminuyen, porque los rateros dejan de chambear para apoyarlos.

Pero bueno, me estoy desviando del tema. Soy extremadamente tolerante. Pero para documentar este artículo, ¿qué mejor idea que ir a “revisar” los muros de mis amigos “orgullosamente católicos”? Ellos aseguran que la Iglesia fue fundada en el Amor, pero no pueden soportar ver a dos hombres amarse. De hecho, para ellos el amor es un pecado en muchas formas. Yo no sé cómo pueden tolerar su propia intolerancia. 

Afortunadamente, soy extremadamente tolerante y tengo amigos muy diversos.  Aunque es difícil. ¿Cómo ser tolerante cuando los vecinos de Riveras del Río se les ocurre talar un árbol para espantar a las garzas? En el periódico entrevistaron a un viejito que dijo que “son una especie dañina, huelen feo”. ¡No puede ser! Tenía que ser en Guadalupe, Nuevo León. Con razón los gobierna el PRI. Gente ignorante, gente inculta. 

Ya me subí al avión. Pasamos los 10 mil pies y puedo abrir la mesita y seguir escribiendo. Pero ahora hay algo que me perturba: el tipo sentado en el pasillo de mi hilera. Las azafatas le tuvieron que decir tres veces que dejara de hablar por teléfono, mientras que él, más fuerte, presumía a “su compa” en el celular que iba a Monterrey por una “troca” que le confió “el Patrón”. Ahora acaba de pedir ¡un “Buchanas”!. ¡Se dice BU-CÁ-NAS!   y son las 7 de la mañana, ¡maldito buchón!

Ya aterrizamos. Quiero bajar del avión, pero adelante hay un anciano. Ya valió. Creo que voy a tardar media hora en llegar por mi maleta. ¡Qué ganas de sugerir a la aerolínea que baje a los lentos al final!

Se me acabó el espacio. Ya ni pude hablar del diputado que se indigna con las Drag Queen, ni de la nueva homofobia y arrepentimiento de Mauricio Clark. No importa, llegué a la conclusión de que, si quiero que este escrito realmente trascienda contra la intolerancia, debo empezar con lo más difícil: la mía propia.  

Y eso que ni siquiera he llegado a mi carro a manejar… 

Carlos González

Soy alguien que escribe mejor de lo que habla y escucha mejor de lo que escribe. Respeto y cuido mi entorno, le soy agradecido a la naturaleza. Soy tan optimista que pienso que nuestro México tiene arreglo, aunque también considero que las fronteras sobran. Me encantan los perros, porque creo que son el modelo del humano ideal. Amo la música.