El tiempo de los nogales

Por |

La vida de la tierra se ve afectada por la interminable danza de las estaciones, por los tiempos distintos del invierno y el verano, por el florecimiento temprano o tardío de los naranjos.  Esa forma del tiempo se perdió en la ciudad. Nosotros nos movemos en un tiempo muy distinto, cuyo ritmo es marcado por los relojes digitales de los rascacielos, por el deadline y por el plazo del crédito.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

En Montemorelos se tiene la siguiente costumbre: el que siembra árboles y no tiene tierra para hacerlo, renta la tierra y, quien tiene la tierra y no la siembra, la renta. 

La mayoría de las tierras de allá eran huertas de naranjos, pero desde hace algunos años, debido al precio por los suelos de la tonelada de naranja, éstas se han convertido en viveros. Se sacaron los naranjos viejos para sembrar plantas que puedan venderse al mayoreo. Sobre todo, se planta nogal que, después de ser injertado a los dos o tres años, se vende en Chihuahua por miles.

Resulta que mi familia tiene la tierra, pero no la cultiva, por lo que tenemos algo así como una sociedad con algunos “viveristas” que, a cambio de usar la propiedad para sembrar, nos dan el 20 por ciento de los nogales vendidos en especie o dinero.

Para no hacer más largo esto: los nogales suelen sacarse y venderse entre noviembre y enero. Con eso en mente, acercándose dichos meses, fui hace unos días a Montemorelos a hacer las cuentas: ¿Ya van a empezar a sacar los arbolitos? ¿Sí tienen cliente? ¿Cómo, no vas a sacar este año? ¡¿Hasta el próximo?!

Así es, no se va a vender nogal este año. Me dicen: el injerto todavía está chiquito.

Chin… no va a haber ese “extrita” este diciembre. Tan bien que me cae por esas fechas festivas. Méndigos árboles, méndigos viveristas…

Entonces recordé un libro que leí hace poco: Loa a la tierra. En él su autor, mientras hace toda una filosofía del jardín, explica algo que, nosotros, como creaturas de la ciudad, del pavimento y del acero hemos olvidado: la intrínseca relación entre la vida y el tiempo. Y entendamos aquí al tiempo no de una manera abstracta o como categoría trascendental, sino de una manera agreste, pagana, orgánica.

La vida de la tierra se ve afectada por la interminable danza de las estaciones, por los tiempos distintos del invierno y el verano, por el florecimiento temprano o tardío de los naranjos. 

Esa forma del tiempo se perdió en la ciudad. Nosotros nos movemos en un tiempo muy distinto, cuyo ritmo es marcado por los relojes digitales de los rascacielos, por el deadline y por el plazo del crédito.

Con eso en mente ya no me desespero al ver crecer lentamente los nogales. Sé que no se venderán este año, los injertos todavía no alcanzan el metro de altura. No habrá el 20 por ciento de comisión para mí en diciembre. Pero ahora sé que aquí mi forma de medir el tiempo no importa. Mi interés económico y mis apuros no afectan los ciclos de la tierra por más necio que yo sea. Aquí el tiempo lo miden los nogales, no yo.

Maximiliano García

Es licenciado en Filosofía y Humanidades. Escritor aficionado y poeta amateur. Sus intereses varían desde la filosofía política hasta el arte y el estudio histórico de las religiones