El niño Gabriel

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El carruaje era enorme. Era remolcado por un camión de carga y vagaba de tianguis en tianguis por los alrededores de la Ciudad de México. A mi colonia llegaba todos los lunes sin falta. Tenía pintada escenas del fenomenal espectáculo donde se podía leer en grandes letras “El Niño Armadillo” junto a unos astronautas en la Luna y un armadillo con cabeza de niño sobre la superficie lunar.

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Se llamará Gabriel. Nunca supe su nombre verdadero. Tampoco nunca me atreví a platicar con él. Siempre lo vi de lejos. En sus descansos. Todos los lunes sin falta, sentado en los estribos de su casa camión, comiéndose su merecida torta de frijoles después de la media jornada de trabajo. 

Gabriel comía como comen los niños. Sin preocupaciones. Sin ver que se embarraba la cara en cada mordida. Yo lo miraba por momentos a lo lejos mientras ayudaba a mi madre a ensamblar el puesto de tarimas, sobre un par de burros de fierro, en el tianguis de los lunes. Él no miraba a nadie. Estaba siempre en otro mundo. Quizá en la luna. De donde dicen que venía. 

Gabriel tendría ocho años, como yo, y no tenía amigos. ¿Quién a los ocho años hubiera querido ser su amigo? Comía solo. Soñaba solo. Soñaba despierto. Soñaba que efectivamente venía de la luna, y que regresaba a ella. Imaginaba que allí estaba su verdadera familia. Imaginaba a su mamá blanca y bella como la cara misma de la luna. A su papá lo imaginaba alto y resplandeciente como el sol mismo. Imaginaba que él le otorgaba poderes, y que muy pronto, de sus manos saldrían rayos luminosos que romperían su cautiverio, aniquilaría a esos impostores que lo llamaban hijo, y saldría volando hacia el cielo en busca de sus verdaderos padres… ¡A escena!

Entonces Gabriel dejaba de soñar. Sabía que tenía que dejar la torta para el siguiente receso. Sabía que tenía que bajar de esa escalinata, compañera de sus sueños perdidos y que en donde, por momentos, se dejaba ver a la luz del sol y lo podíamos ver como niño. 

Él sabía de memoria lo que debía decir y hacer. Tenía que bajar de la escalinata. Darle la vuelta al camión, y sin que nadie lo viera, introducirse por debajo del mismo en una pequeña abertura donde desaparecía. 

Al interior del carruaje ocurría la mágica transformación, el megáfono anunciaba por los aires el anhelado momento: ¡el niño armadillo aparecería pronto!

—¡Vengan! ¡pasen! ¡compren sus boletos! ¡vengan a verlo! ¡no podrán creerlo! ¡pasen, pasen, ya va a comenzar!

Entonces, al interior del carruaje, Gabriel dejaba de ser niño. Se convertía en objeto de las burlas y risas de todos los presentes que habían pagado unos centavos para poder verlo. Él estaba en una especie de pecera enorme, tapizada en su interior con terciopelo negro. Tenía cuerpo de armadillo y cabeza de niño. Su cabeza grácil solo se levantaba un poco para contestar las preguntas de su interlocutor, que le alcanzaba el micrófono para que pudiera ser escuchado por todos los presentes. 

El carruaje era enorme. Era remolcado por un camión de carga y vagaba de tianguis en tianguis por los alrededores de la Ciudad de México. A mi colonia llegaba todos los lunes sin falta. Tenía pintada escenas del fenomenal espectáculo donde se podía leer en grandes letras “El Niño Armadillo” junto a unos astronautas en la Luna y un armadillo con cabeza de niño sobre la superficie lunar.

— ¿Cuántos años tienes?

— Ocho. 

— ¿De dónde vienes?

— Vengo de la Luna. 

— ¿Cómo llegaste aquí?

— Unos astronautas me encontraron en la luna y me trajeron a la Tierra.

— ¿Y por qué estas así?

— Por una maldición de mis padres…

No recuerdo más partes del infame diálogo. Lo único cierto del niño Gabriel es que tenía ocho años. No tenía amigos. No sabía leer porque nunca fue a la escuela. Y su única verdadera maldición, fueron los padres crueles que la vida le dio. ¿Qué habrá sido del niño Gabriel? ¿Vivirá? ¿En qué se habrá convertido finalmente?

Gustavo Luna

Mi nombre es Gustavo Luna, Estudié Ingeniería  Electrónica con Especialidad en Computación, en la UAM-I en la Ciudad de México. Tengo dos niños,  de 10 y 8 años, y me dedico completamente a ellos. Actualmente trabajo en un proyecto en mi comunidad de Educación en  Igualdad de Género, Integración Social y Cultura, llamado “Casa Wikibuda” dirigido a niños y niñas desde los 4 años en adelante.