,

El mejor lugar del mundo 

Por |

Todo niño es, en potencia, un gran lector.

Compartir esta nota:
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

El gusto por la lectura suele asociarse a otros placeres: lo mullido del sillón, los brazos de mamá, la suavidad de las sábanas o simplemente, el silencio. Son ideales plataformas de despegue. Los motores se encienden, la pista se ilumina, viene el banderazo. Movemos hacia atrás la palanca de aceleración, la vibración y el sonido aumentan al tomar velocidad… y despegamos. 

Todo niño es, en potencia, un gran lector. En el caso de Santiago, el gusto se inoculó desde muy temprano. Todavía no sabía leer y ya amaba los libros. Se dejaba abrazar, repegándose a mi pecho, acomodando su cabeza en el hueco que sabía que era suyo. Era la hora del cuento. 

Al principio pasaba que nos quedábamos mucho tiempo con una sola lectura. Hubo un cuento que, a fuerza de tanto leérselo, memorizó. Cada página sus deditos se movían por las lineas del texto, como leyéndolo, repitiendo los diálogos, imitando las voces de los personajes y del narrador. Los Tres Cabritos Bruscos, una de tantas versiones del clásico de Barrie Wade, del que atesoro una grabación que justo en estos días encontré, para remontarme a esas noches y a ese vívido recuerdo de encontrarnos arropados con libros. 

El placer se extendía a la búsqueda de los libros, procurando que tuvieran ilustraciones interesantes y tramas inteligentes, a esa edad en la que casi todo resulta interesante si se acompaña de preguntas: ¿De qué te imaginas que se va a tratar? Era el ritual de los libros nuevos. Y él miraba la portada en silencio, para luego hacer una pequeña o gran suposición. Sus manos pequeñitas, ya querían voltear la página, pero yo las detenía con delicadeza, alimentando la brasa: espera, mira acá, ¿qué trae en la mano? ¿en dónde están? ¿qué habrá en el bosque? 

Entre las lecturas primigenias, hubo una, sin textos, pura ilustración: Trucas, de Juan Gedovius, un simpático monstruo, ojeroso, flaco y peludo. Le tengo cariño porque nos inventamos el reto de leerlo de principio a fin, de atrás hacia adelante, del centro a los extremos, sacando cada vez, nuevas tramas: una noche era una criatura que emergía de los pelos de un pincel y se revelaba, porque no quería ser instrumento, sino un gran pintor. En la siguiente lectura se convertía en una criatura primitiva que sudaba tinta y comenzaba a experimentar en una apetitosa pared blanca de su caverna. Otra noche, presa de un delirio, Trucas confundía con un lápiz, la cola de un infernal dragón que lo chamuscaba y le llenaba las manos de carbón. Era emocionante encontrar cada vez algo distinto, en las mismas páginas. 

Luego las historias fueron volviéndose platillos más exquisitos, con sabores más complejos, como la de un general que con su obediente ejército había conquistado “por su propio bien” todos los países, excepto uno, pequeño y lejano, al que partieron con el mismo cometido: someterlo. Al llegar encontraron sorprendidos que el pequeño país no opuso resistencia, carecían de ejército. Fueron recibidos con una alegre bienvenida, al punto que los soldados del general, lo único que pudieron matar fue el tiempo, jugando sus juegos, comiendo sus guisos, escuchando sus cuentos y bailando sus canciones. Y sí, con Los Conquistadores de David McKee, también fuimos conquistados.

Tendría 8 o 9 años cuando leímos su primera tragedia. Era El Príncipe de los Enredos, de Roberto Aliaga y Roger Olmos. Es el relato de un cuervo que llega a un campo en el que se erige un enorme y viejo encino. ¿Quién manda aquí?, cuestiona al tronco, pero ahí no manda nadie, cada quien sabe y hace lo suyo. Y el cuervo riega intrigas: a las hojas les habla de lo injusto de estar expuestas al viento y a las raíces de su inmerecida tarea en la oscuridad. Al poco tiempo las hojas se caen y las raíces salen de la tierra. El tronco llora, todo se seca. Cuando concluimos la historia se hizo un silencio. Santiago se soltó a llorar y su reacción me sorprendió, sentí culpa: ¿por qué elegí una historia tan sombría? Conseguí consolarlo cuando le propuse imaginar un final distinto y entonces, volvió la esperanza.

En otra ocasión, supe que Juan Villoro estaría en la ciudad dando una charla y se lo dije emocionada. Esa tarde llegamos al recinto antes de que iniciara su conferencia. Villoro estaba al borde del escenario, grande, generoso y efusivo como es,  conversando con algunos de los organizadores. Cuando nos vio entrar y se percató de que Santiago traía El Libro Salvaje en las manos se disculpó, cruzó la sala y vino con una amplia sonrisa a saludarnos, se sentó para estar a su altura y conversaron. Fue un gran momento: un gran autor y un gran lector, reencontrándose. 

En el colegio, desde que inició el preescolar hubo oportunidad de apuntarme en el Club de Lectura y destinar quince entrañables minutos, una vez por semana, para leerl a los niños, y como otras mamás, participé hasta sexto de primaria. Escoger el cuento adecuado a cada etapa, ligarlo a veces al proyecto que tenía atrapado el interés del grupo, ir a explorar la biblioteca, proponer y descubrir editoriales y hacer lindas amistades, fueron grandes satisfacciones, pero no se equiparaban con una: encontrar los ojos brillantes y orgullosos de Santiago en la primera fila. Eran ojos que gritaban “es mi mamá” a chicos que ya por esas fechas, identificaban perfecto a las mamás y los papás lectores. 

El libro con que concluimos esa etapa fue una bella edición de Steven Spielberg del clásico de Hans Christian Andersen, El Traje del Emperador. Para sortear el desafío de atrapar la atención de treinta pubertos decidí arriesgarme: les pedí acompañarme en mi caracterización vocal de la polilla. Para cada capítulo, sobraban voluntarios para leer los diálogos del primer ministro, los tramposos tejedores, la rueca, el ayuda de cámara, la emperatriz y otros conforme aparecían en la historia. Nos tomó varias semanas de hilarante diversión. El día que lo concluimos sabía que era también el cierre de un ciclo. Salí conmovida, desbordada de agradecimiento.

Ese sentimiento permanece, junto con esta atesorada grabación, y es extensivo a tantos autores leídos, porque escribir bien para niños y jóvenes es todo, menos fácil. Quien escribe ha de honrar las inteligencias que le acompañarán en el viaje, mirar como ellos, entender y cuestionar el tiempo en el que viven y la huella que dejarán en su memoria. Esos autores e ilustradores son cocreadores de días y noches invaluables, conversaciones irrepetibles, producto de corazones conectados y cerebros audaces.

EPÍLOGO

Santiago desarrolló resistencia al obstinado virus del lector. Los videojuegos, YouTube, Netflix y los chats de adolescentes coexisten con su gran amor. Su pensar hondo, es eso, suyo: elige libremente sobre qué leer; relee varias veces y abandona lecturas cuando no lo inspiran las tramas; celebra las sorpresas y acepta a veces alguna tímida sugerencia.

En lo que a mi respecta, lo miro orgullosa y de forma esporádica siento como hoy, un golpe de nostalgia por aquellas mañanas de lectura en su salón y aquellas noches en las que Santiago encontraba el hueco entre mis brazos, esos que solían ser el mejor lugar del mundo, y me preguntaba: ahora, ¿qué vamos a leer?

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.