El amorío de la Luna y el Sol

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Hace tiempo estaba en la quinta de un amigo, en la noche decidimos hacer una hoguera y mientras los niños asaban bombones, los adultos comentábamos lo hermosas que se veían las estrellas lejos de la ciudad. Mi amigo comentó: “En una noche sin luna se ven mejor, aquí me la paso los fines de semana, en las noches salgo con un tequila a ver a la Osa Mayor, la Osa Menor, la constelación de Orión, la ruta de los esclavos,…”, ¿la ruta de los esclavos? pregunté yo. “Sí, son las luces del avión de Aeroméxico que sale a las nueve de la noche de la Ciudad de México con los ejecutivos de las empresas regias que regresan los viernes a Monterrey y que pasan por aquí entre las 9:50 y las 10:05 de la noche” y se echó a reír, yo también me reí, aunque confieso que fue una risa disimulada por un golpe de realidad.

Viajo continuamente de Monterrey a Ciudad de México, y los regresos de los viernes en la noche son los más pesados. Generalmente, vengo cansado de una semana de mucho trabajo al cual hay que sumarle el tráfico de viernes por la tarde en la gran Tenochtitlán,  más los filtros y tiempos de espera en los aeropuertos. Desde que me subo al Uber para irme al aeropuerto lo único que deseo es sentarme en mi asiento (12F de preferencia, ventana en salida de emergencia, y por lo tanto, con más espacio para recostarme sobre mi lado derecho), y cerrar los ojos para dormitar un rato antes de llegar a Monterrey.  Así parecía ese viernes, el primer viernes después de haber ido a la quinta de mi amigo y en el que ahora tomaba consciencia de que era un esclavo más que abordaba la nave de acero como parte de una rutina del sistema. Oficialmente era parte de la constelación de la ruta de los esclavos.

Cuando despegó el avión yo ya estaba medio dormido, pero el aviso de los 10 mil pies me hizo medio despertar, y cuando abrí los ojos ahí estaba ella, la luna, que me observaba por la ventanilla… quise hacerme el dormido, hacerle creer que no la había visto, ¿pero cómo no verla?, bella, sola y resplandeciente en la oscuridad de la noche… resignado le pregunté:

– Ok, ¿qué quieres?

– Platicar

– ¿De qué? Estoy muy cansado, ¿por qué no te escondes en alguna nube un ratito y mejor otro día platicamos?

– No hay nubes, quiero platicar ahorita.

Me vi tentado a bajar la persiana pero no pude, estaba demasiado bella esa noche.

– Ok, ¿qué pasa? Platícame

– Es el Sol

– ¿Qué pasa con el Sol?,  ¿qué te hizo ahora?

– Nada en particular, pero ya sabes lo difícil que es nuestra relación, da muchas vueltas y solo coincidimos en algunos eclipses en el año, y para colmo, cuando coincidimos, no tenemos privacidad, todo mundo voltea a vernos, ¡pervertidos!

– Ok, ¿y qué has pensado? –le sigo preguntando en un tono de fastidio que parece no identificar.

– Pues hablamos un breve momento todos los días, en el amanecer y al anochecer, y le pedí que hiciéramos un trato.

– mmm, ok

– Le pedí que todos los días nos viéramos como si fuera el último día sobre la tierra, que él debería de brillar como el primer día que nos vimos y yo debería de ser tan hermosa como la noche en que me conoció.

– Ok, me parece un buen trato, y sí, tengo que decirte que te ves muy hermosa.

– Gracias. También le pedí que todas las noches nos preguntáramos si queríamos seguir juntos, tú sabes, ser sol y luna puede ser muy monótono, y quiero que todos los días siga enamorado de mí y quiero seguir enamorada de él.

– Mmm ok, entiendo, evitar la monotonía, no dar nada por sentado, enamorarse todos los días… Difícil reto, pero muy necesario sin duda por la difícil relación que ustedes tienen.

– Así es, no basta con salir cada mañana, pero a Sol le es difícil entender eso. Ya sabes que su autoestima siempre ha estado muy alta y ustedes no le ayudan.

– A ver, Luna, a mí no me digas nada, porque inclusive viajo de noche y soy de los pasajeros que más platican contigo.

– Si ya sé, pero bueno, tenía que platicarlo con alguien, qué bueno que estabas despierto y en asiento con ventanilla.

Nuestra plática es interrumpida por la sobrecargo…

– ¿Gusta cacahuates?, ¿algo de tomar?, ¿un psicólogo?

– No señorita, muchas gracias, y no estoy loco, hablaba con la luna que me platicaba de sus problemas en su relación con el sol, pero ya me quiero dormir un ratito.

– Ay sí, las relaciones son un problema, imagínese yo que me la paso en los aviones, vaya que es difícil, déjeme le platico…

El anuncio de aterrizaje próximo interrumpió lo que parecería sería otra difícil historia de amor en los cielos. Con mi cansancio resignado a no dormir hasta llegar a casa, voltee a observar a los demás “esclavos”, todos dormidos, dominados por el cansancio del trabajo en las minas corporativas de Reforma, Insurgentes o Santa Fe. Por un momento me sentí como ellos, pero al voltear hacia la ventanilla la luna me guiño el ojo, y leyendo mis pensamientos me dijo… podrán tener las mismas cadenas y viajar en la misma nave, pero nunca en la historia se ha podido esclavizar a un hombre que puede hablar de amores con la luna.

Javier Potes

Chilango de nacimiento, regiomontano por convicción, colombiano de sangre y cuentero por vocación. Amante de la disrupcion y los imposibles, creyente del poder de la participación y de la responsabilidad social. Dedicado a mi familia y a mejorar el sistema de salud en México.