El amor romántico

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Como mujeres, el amor en su versión romántica nos descoloca de nuestro propio derecho a la elección, anulando toda capacidad y libertad y nos lleva a asumirnos como seres indefensos, expuestas y vulneradas.

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El día que una mujer pueda no amar con su debilidad, sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse; ese día el amor será para ella, como para el hombre fuente de vida y no un peligro mortal. 

Simone de Beauvoir

¿Es el amor algo que nos acontece a lo largo de nuestra  vida? ¿plagado de matices o una demanda externa, casi condena?

A lo largo de nuestra historia hemos interiorizando el amor como un destino que luego de arduas batallas y sufrimientos, termina siempre en final feliz. Nos acostumbramos a ser aquellas a quienes el príncipe, señor o buen hombre, en un gesto de caballerosidad, elige por su delicada indefensión, prueba número uno de feminidad y seducción.

Somos hijas de los cuentos de princesas esperando ser rescatadas  y  nietas de las doncellas raptadas, intercambiadas o compradas;  todo en nombre del amor.

Poco a poco fuimos gestando (cual hijo en el vientre materno) tradiciones y costumbres que nos colocan en el lado pasivo del amor, condenándonos a morir en la raya, porque escrito está:  el amor todo lo puede, todo lo soporta, todo lo da…  

Cuando el amor se volvía verdugo -es tu cruz, versaban las abuelas- crecimos observando como en él,  al hombre se le permite equivocarse, tener un desliz y a la mujer se le lapidaba; más que ser un tema moral y abrir la discusión sobre quién o cual género posee el permiso, sería una verdadera oda al amor repensar ¿por qué nos hemos casado con la idea de que éste es una especie de acuerdo de la posesión del cuerpo del otro? Soy tuya, eres mío, reafirmado el cuento de la costilla, designándonos como pertenencias, ejerciendo un verdadero atentado contra el amor.

Como mujeres, el amor en su versión romántica nos descoloca de nuestro propio derecho a la elección, anulando toda capacidad y libertad y nos lleva a asumirnos como seres indefensos, expuestas y vulneradas, ya lo decía Simone; actuamos desde la debilidad que nos impone el rol de género, estamos educadas para abandonarlo todo incluso a nosotras mismas.

¿Será acaso eso lo que nos incapacita para ver el riesgo de la idealización de esta interpretación del sentimiento?, nos volvemos presa fácil porque así ha sido y así tiene que ser.

Al hombre se le ha dañado, al atribuirle la encomienda de la conquista, ello ante la mirada inquisidora de la sociedad que de esta manera define y reafirma su virilidad.  Cuando una mujer es conquistada, corre el riesgo de sucumbir al instinto colonizador, a ser reducida a un trofeo (objeto preciado), y perder todo derecho sobre sí misma.

Ante el rechazo es probable que reaccione con una sensación de incompletud, asumiendo sola la culpa y no tanto responsabilidad del fracaso amoroso. Si es otra la elegida, de inmediato la volvemos nuestra rival, la bruja del cuento.

Considero que el hecho de que haya más muertes y agresiones de hombres a mujeres por temas amorosos y pasionales, se debe a que por cultura y herencia estamos castradas, procesamos diferente la falta, lo que no nos exime de actuarla de forma violenta.

Sin embargo, para muchos hombres se ha vuelto insoportable. A diario vemos historias con desenlaces trágicos, muy opuestas a los cuentos de hadas que nos acompañaron, donde “los celos se salieron de control” y una negativa se convirtió en un rechazo insoportable, amenaza de la masculinidad; la idea del amor romántico es algo que ha sesgado y creando brechas entre los partícipes de él.

¿Qué no, el amor como casi todo en la vida es transitorio? nos guste o no el amor también puede ser finito, mudarse o transformarse.

En el amor lo más sublime es la libertad; entender que el otro, el objeto de mi deseo, sigue siendo otro. Es, creo, lo único que puede salvarnos de esta polarización y deseos de aniquilación, lo único que puede perpetuarlo en el tiempo.

Carmen Rico Méndez

Mujer, hija, hermana, psicóloga e idealista, admiradora del psicoanálisis, el arte y la literatura, amante de caminar al aire libre, los perros y el estudio.