Volver a la confianza

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Esto comprueba el atino del popular "divide y vencerás": unos le exigen a un gobierno que frene los feminicidios y haga justicia; entre el silencio del gobierno, otros atacan a los primeros por razones como la sospecha, el patriotismo y la resistencia personal al feminismo; incrementa la desesperación de los unos y se intensifican las estrategias para romper el status quo; los otros se incomodan y los desencuentros continúan mientras el gobierno se toma su tiempo.

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Salgo a caminar todos los días un par de horas antes de que anochezca, mi idea es regresar justo antes de la puesta de sol pero con frecuencia pierdo la noción del tiempo. En mi trayectoria, hay dos lugares más inseguros que el resto; uno de ellos es la calle de una preparatoria solitaria y con tendencia a los apagones. No tengo miedo a la oscuridad, pero siento angustia si estoy sola y coincido con un hombre. Cuando eso pasa, por una cuestión básica de precaución, me resigno a desconfiar del otro y a cruzar la calle para alejarme… una nunca sabe.

Mi historia es tan común que en la actualidad, hablar de técnicas de supervivencia con otras mujeres es casi lo mismo que hablar del clima. Es una charla para el café, el parque y la parada del camión; se acompaña de anécdotas personales, de la historia de una amiga y de noticias extraordinarias como la supuesta violación de una menor por parte de cuatro policías.

El caso de la violación dio origen a dos extremos. En el primero, están los ciudadanos unidos bajo la declaración del “Yo sí te creo”, quienes se inclinan hacia la culpabilidad de los policías como la poderosa gotita que colmó la paciencia de las manifestantes del 16 de agosto; mientras en la otra esquina, se localizan las personas que cuestionan la veracidad de la historia, quienes destacan los reportes de prensa sobre la falta de evidencias y la inconsistencia entre la declaración y el video.

Las razones para pertenecer a un lado son variadas, pero ambos extremos implican desconfiar de unos y creer en otros, porque los hechos son turbios y el manejo del caso por parte de las autoridades se cuestiona, por ejemplo, cuando informan que se perdieron las pruebas genéticas por no aplicar el protocolo para este tipo de denuncias. Esa falta de formalidad, apoya a que se adopten posturas que parecen más una cuestión de fe.

El riesgo de transformar lo anterior en una batalla entre dos bandos civiles, enfocados en defender su postura, es perder de vista el problema raíz. Esto comprueba el atino del popular “divide y vencerás”: unos le exigen a un gobierno que frene los feminicidios y haga justicia; entre el silencio del gobierno, otros atacan a los primeros por razones como la sospecha, el patriotismo y la resistencia personal al feminismo; incrementa la desesperación de los unos y se intensifican las estrategias para romper el status quo; los otros se incomodan y los desencuentros continúan mientras el gobierno se toma su tiempo.

Lo alarmante es que, incluso a un mexicano antifeminista, patriótico y desconfiado debiera interesarle la lucha por un gobierno que defienda los derechos humanos, porque implica proteger el artículo que inaugura la Constitución de nuestro país. Defender a uno es defender a todos, demostrar que no se aceptará la violación del derecho a existir de ningún mexicano e incrementar la seguridad con la confianza en la protección mutua. 

No es suficiente iluminar las calles y colocar patrullas para desmotivar el crimen, no basta con crear estrategias que son un recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad ante el otro, quien amenaza nuestra sensación de seguridad. Es importante exigir un gobierno que reconozca el problema y abandone una política basada en la confrontación entre mexicanos, que detenga sus acciones orientadas a mostrar al ciudadano como enemigo y que en su lugar, propicie la responsabilidad social en nuestra cotidianidad.

Somos seres humanos y como tales, tenemos el potencial para reconocer el valor de la vida en sociedad y para trabajar en la construcción de un país donde podamos dormir en el camión, hacer ejercicio por las noches y entablar conversaciones con desconocidos sin que la desconfianza sea una medida de precaución… para nadie.

Ileana A. Ochoa

Soy parte de la tribu de los todólogos indecisos y ávida consumista de la cultura latinoamericana. Los títulos en el archivero de mi casa dicen que soy letróloga, profesional de la educación y gestora de TI, pero mi fantasía milenial me hace creer que soy un poco más que todo eso.