Domingo

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Hoy sería domingo, lo es en otros lugares, pero aquí no se siente como domingo. Tomar un solitario café con galletas, no aporta el amor y el calor que se puede saborear con el chocolate con pan en casa de la tía Rocío, quien sigue a pie de la letra todas las recetas de mi amada abuelita, Doña Con.

Aquí ningún domingo es domingo, ese mágico día que me llenaba el corazón y me recargaba pilas también se quedó en México, a 20 horas de distancia y 9 mil 500 kilómetros.

La mía es la típica familia mexicana, grande y ruidosa. Todos comen juntos en la casa de los abuelos, por supuesto todos los domingos. Así que, con mis padres, mi hermano, mi hermana y mi sobrino, viajábamos cada semana de Morelia a Yuriria; un pueblito pintoresco en Guanajuato, que tiene toda la pinta de pueblo mágico, con sus calles estrechas y mal trazadas, la mayoría con angostas banquetas, su lindo jardín con el quiosco donde la muchachada va a dar la vuelta; y el ex convento de San Agustín, una maravillosa pieza arquitectónica del siglo XVI, que es el orgullo de los yurirences, por su majestuosidad en líneas rectas y crudas.

Toda mi familia tiene base en Yuriria, por decirlo de alguna manera. Tanto por parte de mi mamá como de mi papá. Todo se celebra ahí, las fiestas decembrinas, cumpleaños y bodas, hasta la cripta familiar se encuentra en este lindo pueblo.

La tradición dominguera de comer en casa de los abuelos se heredó a mis dos tías. Rocío es hermana de mi mamá, y Maricela hermana de mi papá. Y como si fuera cita, cada ocho días disfrutábamos de sus guisos, entre risas, discusiones, chismes, carajadas que hacen los niños y de vez en cuanto una miche pa´la calor.

La travesía comienza muy temprano para ser domingo. Alrededor de las 8 am se escuchan los gritos apurados de Rubén, mi padre, ¡Ya levántense!… Sin importar la desvelada de la fiesta del sábado por la noche. Uno tenía que alistarse para salir de la casa supuestamente a las 9. ¡Nunca lo logramos!

Casi con cronómetro en mano y con voz de general, mi papá, apremiante en palabras, nos correteaba cada 15 minutos… que ¿quién se baña primero?, que ¿quién hace el jugo verde para todos?, que ¿si no has visto mi blusa azul con bordado de la meseta purépecha?, –Uppsss, me la puse ayer y está sucia, respondía mi hermana. Desorientada por la fresca de la mañana y el alcohol del día anterior, parecía una tarea engorrosa pensar en otra opción para vestirme. Casi cuando todos estamos en la puerta, se escucha a mi mamá –Primero tiendo la ropa, ¡espérate, Rubén!

Por fin, una hora más tarde de “lo planeado” nos apretábamos en el auto, y por suerte teníamos por lo menos 40 minutos más para tratar de reponer algo más de sueño.

Siempre el almuerzo/desayuno con la tía Rocío era una delicia, alternando 3 o 4 platillos, recetas integras de la abuela. Yo podía, y podría, comer lo mismo cada semana; huevos rancheros, chilaquiles, frijoles con chorizo o costillitas en salsa verde. Un día especial era cuando había menudo ¡Uf! No se imaginan qué delicioso era el menudo que nos preparaba mi abuelita. Desde un día antes, lavaba solícitamente pieza por pieza, para cocinarlo por varias horas con ingredientes frescos, escogidos amorosamente en el mercado del pueblo. Mi abuelita nunca nos pidió hacer mandados, pues para ella, nosotros no sabíamos donde comprar, mucho menos, escoger los tan importantes ingredientes que ella añadía entre cantos y oraciones cuando cocinaba.

¿Ustedes conocen forma más maravillosa de dar amor? Tal vez, por eso en la familia están de sobra los te quiero, con cariño como éste y un: Cuídate mija, es más que suficiente para que tu corazón se llene de bendiciones.

Aunque seguimos extrañando a la abuelita, su legado permanece, lo sentimos en cada sorbo de chocolate calentito, sin importar la época del año, que se acompaña de tu pieza de pan favorita, una concha rosa para Maxi, y una blanca para mí, la chorreada es de mi papá, bolillo para mi tío y mi tía; mi mamá con un mil hojas, según engorda menos, y mi hermana pica un poco de todos. Eso sí, que no se hable de religión o política mientras comemos, bueno, en realidad, cualquier tema tiene el potencial para desatar un intenso debate; excepto si se habla de trabajo o de chismes de barrio.

Tras una sobremesa de 2 o 3 horas, mi hermana, mi prima y yo, nos alejamos de los adultos para compartir las desventuras del amor, con la risita nerviosa, se cuenta todo lo que sucedió con esa última promesa de un amor, otra vez fallido.

El tiempo pasa volando y ya es hora de comer. Nos despedimos con cariño, empujando a mi mamá hacía la puerta, pues siempre se acuerda de algo importantísimo en el último momento, y la despedida se extiende otros 20 minutos. Mi papá, serio como es su figura, sentado en el asiento del chofer, trata de suavizar el regaño: ¡Apúrate, María Luisa! Nos toca ir a la casa de su familia, donde disfrutamos el resto del día.

Mi hermana, mi sobrino y no, nos vamos caminando, quesque para bajar la comida, en realidad es solo para darnos permiso de volver a comer, como si no hubiera otra oportunidad de darnos ese atracón culinario. Bueno, al fin de cuentas, es domingo, y día libre de las dietas.

Tan solo son 15 minutos de caminata hasta la campana, así se llama la calle. Llegamos con mi tía Mari, a medio ayudar en la preparación de la comida. Mis primas, que ya están desde temprano muy solícitas, o eso decían ellas, se incorporan en la antesala o en la cocina. Y poco a poco va llegando el resto de primos, primas, sus parejas, sus hijos, mis tías y tíos. Donde comen 5 comen 20, dicho bien mexicano. Casi siempre esos somos, entre 20 y 30; aunque siempre falta alguien, no se hace esperar la pregunta, ¿dónde está?, o ¿qué andará haciendo?

Siempre hay un tema que tratar, todos juntos, le dicen la familia muégano en el contexto psicológico. Decidíamos todos en los temas de los demás: ¿cuál es la mejor fecha para que la prima se case?, ¿qué debe hacer el primo para encontrar trabajo?, ¿dónde comprar esto o aquello?, y así. Así pasábamos los domingos, siempre con risas, tequila y cacahuates tostados, y siempre, siempre con amor.

Es por eso que aquí no hay domingos, nuestras historias parecen de otras vidas, son recuerdos disfrazados de anhelos, risas, suspiros, melancolía y un toque de felicidad. En este día, que es más como un lunes o tal vez sábado, una lágrima se forma en mi garganta y se me eriza la piel al extrañar a cada uno de mis primos hermanos, más hermanos que primos; los consejos bien intencionados y regaños de los adultos, que por lo general pasan desapercibidos; los chiquitines con sus diabluras… extraño que sea domingo.

Mayra Gómez

Me apasiona el psicoanálisis, las conversaciones profundas y tomar una cerveza con linda compañía. Como Life Coach y Psicoterapeuta he aprendido que, la expresión a través de la palabra fortalece el aprendizaje profundo, así como el autoconocimiento y la autoaceptación, lo que me motiva a escribir bitácoras que fomenten la reflexión o conecten con emociones.