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Días de aula virtual

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Hey everyone! How are we doing today?

De la hora con 30 a la hora con 35 les saco plática a mis alumnos en lo que llega todo el grupo a nuestra sesión de Zoom. En la primera clase casi nadie contesta, por tímidos o por modorros, y en la segunda tengo un poco más de respuesta. He agarrado la costumbre de decirles que hagan un thumbs up si andan bien. Eso funciona mejor. Ya sé quién sí me va a contestar con su micrófono, quién me va a decir por escrito y quién va a seguir comiendo su cereal discretamente. Así es la nueva dinámica de aula virtual. A veces me cuentan sus novedades: si tuvieron examen, se cortaron el pelo o descubrieron algo interesante durante el fin de semana. 

Al terminar la clase me despido y van desapareciendo las ventanitas entre thank yous y gracias miss / Silke / maestra. Sobra decir que no es como el salón; hay una finalidad en ese botón de “terminar reunión” que no tenemos en persona, donde a veces se acercan a resolver dudas, decirme sus opiniones o contarme alguna curiosidad. 

Cuando empecé este trabajo en agosto de 2018, me moría de miedo. Apenas en mayo estaba sentada en el lugar de alumna, y ahora yo era la maestra. Mis alumnos de quinto me retaban constantemente, porque no les gustaba la clase o por verme muy chiquita, y los de primero me caían muy bien, pero me abrumaba mucho con el tamaño del grupo. Siendo una persona super preocupada, sufría cuando a mis alumnos no les iba bien en la materia o sabía que la estaban pasando mal en general. Cuando ellos lloraban yo también quería llorar, y cualquier problema que tenía ameritaba mínimo 20 minutos de desahogo con mi directora de departamento. 

Aunque he aprendido a no preocuparme por lo que no me toca, la distancia me hace sentir un poco como al principio. Si no me entregan las tareas a tiempo me pregunto si es porque se les olvidó, o por flojera, o si están pasándola mal. A veces veo sus caritas cansadas y les pregunto en privado que cómo están y me dicen que no han dormido bien o se enfermaron de la panza y no puedo hacer nada más que decirles que se cuiden y recordarles que todos estamos cansados y que sean amables con ellos mismos. A mí me tranquiliza que saben que pueden confiar en mí, que no soy una autoridad a la que le tienen miedo, sino la maestra “estricta porque quiere que aprendas, pero muy amable” — según sus comentarios de fin de semestre. 

Desde el semestre pasado me dio por decir, de broma, que estaba muy orgullosa de todos mis hijos. Probablemente cualquier mamá se reiría de mí por decir eso, sobre todo porque son más cercanos a ser mis hermanitos, por lo menos en edad. A veces me preocupan muchísimo y quiero decirles que no se angustien tantísimo por las calificaciones, o que, al contrario, se preocupen un poquito más. Hay días en que me río con ellos por sus ocurrencias cuando los dejo trabajando y otros donde ya no los aguanto y me enojo porque no leen las instrucciones. Estos días que solo podemos vernos por la pantalla (si es que da la señal, porque a veces ni eso) pienso mucho en las dinámicas que eran tan naturales en el salón y tuvimos que dejar atrás. Me pregunto si las niñas brillantes que siempre se sentaban enfrente de mi escritorio siguen platicando tanto, si la del equipo de salsa sigue practicando, si los niños del cubo de Rubik ya lo pudieron resolver.

En el salón los veo crecer, bromear entre ellos, la emoción de comprender algo por primera vez. Me gusta mucho ser parte de eso, y creo que hoy escribo no tanto por la preocupación de cómo están sobrellevando la sana distancia o por la ternura que generan sus anécdotas, sino porque los extraño. 

Silke Enkerlin Madero

Estudié periodismo porque quiero encontrarle respuestas a todo. Feminista, docente y fan de las orquídeas.