Día soleado vs. #FueElEstado

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Por eso, el México que tenemos hoy se explica por el 2 de Octubre. Lo que pasó después fue todo lo que ocurre después de que la sociedad admite a un gobierno asesino.

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Aquello fue un “bombazo” con epicentro en la unidad habitacional Tlatelolco, pero con efecto expansivo, que fue hincando gradualmente a todo el País, hasta llegar, cincuenta años después, al 2018.

La matanza del 2 de Octubre se convirtió en un tabú. Un tema del cual, desde entonces, no se habla. Los padres de familia hicieron bien el trabajo sucio que ordenó el gobierno: reprimir a sus hijos, de lo contrario el mismo Estado, quedaba claro,  tenía licencia para matarlos. Esa licencia se le otorgó cuando la sociedad no respondió por la masacre, no cuestionó, no protestó.

La noche del 2 de Octubre de 1968, con la Plaza Tlatelolco manchada de sangre, Jacobo Zabludowksy salió al aire en su noticiero estelar. Su saludo se quedó rebotando desde entonces en el largo pasillo de la prensa vendida: “¡Buenas noches! Hoy fue un día soleado”. Con esto se envió un mensaje macabro a la sociedad: fue un incidente menor. El Estado terrorista que asesina estudiantes es una cuestión de poca importancia. Sigamos adelante. Diez días después, México fue sede de los Juegos Olímpicos. El Comité Olímpico no condenó los hechos, ni al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. El show debe continuar.

¿Cómo nos afectó esta indiferencia ante una masacre planeada y perpetuada por el propio gobierno? ¿Cómo crecieron los jóvenes de esa generación? Se les atoró un grito. Les arrebataron todo. Mis papás vivían en la Ciudad de México, tenían 17 y 18 años. Creo que aún no han advertido la violación que sufrieron junto a su generación. Los asesinó quien debiera procurarles seguridad y al día siguiente la rutina se instaló como cualquier mañana. Esto no quiere decir, en lo absoluto, que lo hayan superado, todo lo contrario. Para superar un trauma hay que procesarlo, y para eso, se necesitan al menos cuatro elementos: verdad, memoria, garantía de no repetición y reparación del daño. A cincuenta años de este crimen de Estado, no tenemos nada de ésto.  Aún no sabemos cuántos estudiantes fueron asesinados, ni hay sentencias contra los responsables. El gobierno llegó a reconocer entre treinta y cuarenta, cables diplomáticos llegan a reportar 400 muertos, pero el número exacto, con sus nombres, sigue siendo desconocido. Terminó el gobierno de Díaz Ordaz, siguió el de Luis Echeverría -autor intelectual de la masacre- pero aún siete presidentes después, contando los panistas, encubrieron a los responsables. Todavía tenemos calles y bulevares con el nombre Díaz Ordaz.

Por eso, el México que tenemos hoy se explica por el 2 de Octubre. Lo que pasó después fue todo lo que ocurre después de que la sociedad admite a un gobierno asesino. Fue muy fácil implementar el paquete de economía neoliberal, desangrar los servicios públicos, privatizar las empresas estatales, despojarnos de los recursos naturales, levantar un narcoEstado frente a nosotros, chuparnos los huesos. Por supuesto nadie aceptó que esto implicaría una violación masiva a los derechos humanos, ni mucho menos. Nos facilitaron nuestra propia violación montando un discurso del México moderno, del crecimiento económico, de la súper potencia que al fin íbamos a demostrar ser. ¿Quién hubiera creído tantas promesas? Nadie. Pero lo otro parecía peor. Lo único que nos ofrecieron fue una teatralización de la vida misma. Desde entonces los gobiernos hacen como que nos sirven y nosotros cada tres o seis años legitimamos la simulación con nuestro voto -y nos consolamos comprando chucherías.  El filósofo francés, Cornelio Castoriadis señaló precisamente esta perversión de la democracia liberal contemporánea: todo permite menos que se le cuestione.

Si Tlatelolco fue hace 50 años, Ayotzinapa fue hace cuatro. En ambos casos existe una “verdad oficial” y una resistencia a creerla. En ambos casos el represor #FueElEstado, y las víctimas muy jóvenes, y estudiantes. La única diferencia que aún podemos hace valer es la de nuestra reacción ante este terrorismo de Estado.  Podemos actuar como el grueso de la sociedad lo ha hecho: haciendo como que ignoran, como que están exagerando quienes señalan, como que ya pasó. Pero así como Tlatelolco fue la patada que abrió una puerta al horror que hoy padecemos, así también Ayotzinapa podrá en un futuro explicar la política de terror que devino después de la impunidad acordada. De ahí la importancia de esclarecer el paradero de los 43 y de deslindar responsabilidades a los criminales dentro y fuera de las instituciones nuestras.

No creamos que es ridículo hablar de esto, ni que es de guerrilleros, ni que es de “clavados”, o “tetos”. Liberémonos del permiso que otros nos dan para pensar y para criticar, porque en esta sociedad autoritaria primero se prohíbe pensar y luego se ofrecen pretextos para no sentirse controlado cuando uno claramente lo está.

No es nada fácil esto que nos está tocando vivir, pero vamos en mucho peores condiciones si entramos al futuro de espaldas al pasado.

Soy de esas personas que descansan viendo plantas crecer e insectos acurrucarse entre las hojas. Escribo columna de opinión, ensayo, bitácoras, cuentos. Dirijo Vertebrales.