Despedida desde el balcón

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Desde el balcón de Palacio Nacional se vio una escena teatral mal actuada de “amor sin barreras” entre los miembros de la familia presidencial, y de ellos hacia el pueblo: sonrisas, caricias, besos, agradecimientos y hasta corazones volaban al aire. Todo parecía pura felicidad y armonía.

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La revista Hola reporta el día domingo 16 de septiembre, que Angélica Rivera lució un inolvidable modelo para dar el último grito junto a su esposo, el presidente Enrique Peña Nieto: “un espectacular vestido en color rojo bandera, la elección ideal para despedir su paso por el ceremonioso acto patrio, que formará parte de los recuerdos más entrañables de la pareja presidencial”. Es una creación del diseñador mexicano Alejandro Carlín, quien se apresuró a escribir en sus redes sociales que había obsequiado el vestido a la primera dama.

Hay tantas realidades como ojos que la miren… Para mí, fue un acto tan desafortunado como desafortunada la primera dama con ese atuendo con el que no se movía con comodidad ni con gracia, tropezando varias veces con el largo del vestido, arreglando constantemente una especie de chal bromoso, rebelde e incómodo que solo en las fotos lucía armonioso porque en movimiento se desacomodaba con frecuencia.

Afortunadamente el diseñador aclaró que se trataba de un regalo, para que le crea quien le quiera creer: “gracias, Angélica, por aceptar este regalo”, porque de otra forma hubiéramos pensado que se trataba, nuevamente, de una exhibición de despilfarro totalmente inapropiada para los tiempos que se viven en este México cansado, pobre y enojado.

Pero el grito no quedó solo en la vacuidad del derroche. Desde el balcón de Palacio Nacional se vio una escena teatral mal actuada de “amor sin barreras” entre los miembros de la familia presidencial, y de ellos hacia el pueblo: sonrisas, caricias, besos, agradecimientos y hasta corazones volaban al aire. Todo parecía pura felicidad y armonía. Entre los asistentes, una barra de fans gritaba a todo pulmón “¡Peña!, ¡Peña!”

Un ceremonioso acto patrio, como lo llama la misma revista Hola, de suma importancia para la identidad y orgullo mexicanos, convertido en un evento para exaltar belleza, riqueza, elegancia y arrogancia.

No cabe duda que los asesores del actual presidente fueron absolutamente ciegos y sordos a las demandas de la ciudadanía a lo largo de todo el sexenio. Seguramente tenían la fantasía de hacer vivir una historia digna de la realeza (la de los cuentos de hadas), de amor, dinero y belleza, solo apropiada para llenar las páginas de Hola, encargada de registrar el lujo de los distinguidos personajes que ahí se muestran, mientras la población da el grito, pero de angustia. Porque es tal el enojo y la desolación de la población que el grito que tiene atorado en su pecho es pidiendo que México sea ese lugar donde ya no dé miedo vivir.

¡No más muertos!

¡No más corrupción!

¡No más pobreza!

¡No más impunidad!

Este grito patrio me hizo pensar en el cuadro “el grito” de Edvard Munch, que representa precisamente la desesperación, misma que vive la población que ni lee ni figura en las páginas de esa revista. “Me quedé paralizado temblando de ansiedad, y sentí que un grito infinito atravesaba la naturaleza” cuenta Munch que sintió un día cuando vio que el cielo se tornaba rojo, momento que le sirvió de inspiración para su cuadro. Rojo como el  inolvidable vestido rojo de Angélica…

Sí, inolvidable será. Adiós.

Lidy Adler

Lidy Adler, regiomontana por adopción, psicoanalista por pasión y columnista por afición.