De vuelta a Kidzania

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Regresamos a la base y nos pagaron como 15 kidzos a cada quien, una miseria.

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Hace unos meses fui a Kidzania, a la Noche de amigos, un evento que realizan una vez al mes, donde permiten la entrada de adultos al lugar. Iba acompañado por una amiga que en ese momento trabajaba ahí mismo, y por eso conseguimos los boletos más baratos.

Al entrar al área de taquilla sentí una familiaridad muy distante, hace años que no iba. Entregamos nuestros boletos, luego pasamos por una pequeña cabina de seguridad que parecía de aeropuerto, con una luz blanca intensa.

Cuando por fin entramos a la ciudad se me erizó la piel y me reí con mucho asombro, porque tuve un contraste muy fuerte entre mis recuerdos del lugar y el momento que estaba viviendo.

No recordaba que la ciudad estaba construida a la escala de niños, porque en mis recuerdos lucía normal. En el momento veía todo como un gigante. Yo recordaba Kidzania enorme e infinito, sin comienzo, ni final; ahora podía recorrerlo todo en cinco minutos.

Comenzamos a caminar y ver los locales. Fue graciosísimo ver uno del Tec de Monterrey, con las mismas sillas de colores que tenemos en nuestros salones de clases. Decidimos entrar al Domino’s para prepararnos una pizza, aprovechando que no había mucha fila. Pasamos, nos pusimos un mandil y una cofia y nos lavamos las manos. Para preparar la pizza primero nos dieron una bolita de masa y nos explicaron cómo extenderla, luego le colocamos los ingredientes encima y el encargado la llevó al horno. La pizza estuvo muy rica, sin embargo, la actividad no fue especialmente entretenida. Seguimos las instrucciones del encargado paso a paso y eso fue todo. Aunque el otro grupo de gente que entró con nosotros se estaba riendo mucho, tal vez soy un poco aguafiestas. Salimos y seguimos recorriendo la ciudad.

Sin pensarlo demasiado nos acercamos al DHL a buscar trabajo (tal vez nos llamó la atención su brillante color amarillo). Nos explicaron que debíamos llevar 3 o 4 paquetes a diferentes puntos de la ciudad, entregarlos y que nos firmaran de recibido. Nos dieron nuestro chalequito amarillo, una gorra y un carrito para llevar los paquetes. Cuando los niños llegan a un local a entregar el paquete están obligados a decir algo así como: “Buenos días, DHL…” no lo recuerdo, creo que un slogan. Me pareció ridículo (pero divertido) que a nosotros ya grandecitos también nos pidieran hacer eso, pero sí; si no, no nos firmaban de recibido. Luego el staff responde llamándonos “señor” o “señora”, al igual que lo hacen con los niños. Regresamos a la base y nos pagaron como 15 kidzos a cada quien, una miseria. Luego fuimos a la fábrica de gansitos y a la de libretas Scribe.

En ambas sucedió una experiencia similar a las pizzas: vimos un video (más promocional que nada), recibimos instrucciones paso a paso de cómo crear nuestro producto y lo hicimos acompañados por el encargado. El gansito estuvo bueno y la libreta fue muy útil. Cerramos la noche en el “bar”, nos pedimos un jugo de naranja y jugamos billar, para el que soy malísimo. El lugar estaba en el segundo piso, tenía acabados de madera en todos lados e iluminación media oscura. Nos sentamos a platicar un rato y nos fuimos.

Estoy consciente de que el lugar y las actividades están diseñadas para niños, por eso resulta a la vez cómico y aburrido hacerlo uno como adulto. No le quito mérito a Kidzania, no dudo que los niños se diviertan y aprendan mucho, es un lugar muy ilustrativo de cómo son las cosas en el mundo laboral, sin todo el estrés. Pienso que es exitoso porque es algo novedoso para los niños, y por alguna razón todos cuando somos niños queremos ser adultos. Sin embargo, me entristece que este espacio no fomenta el uso de la rica creatividad con la que cuentan los niños, sino que solo se les enseña a seguir instrucciones (más o menos como en el mundo real).

Es importante que sepan cómo se hacen las cosas, pero un espacio así me parece que tiene mucho más potencial, dado que los niños no tienen responsabilidades reales. Puede ser un espacio donde fluyan las ideas y se fomente el pensamiento y la creatividad mediante el juego. Al final contamos nuestros kidzos y fuimos al Liverpool, pero como sucede en la vida real, no nos alcanzó para comprar nada…

Óscar Mora

“No me importa saber quién soy, ni de donde vengo ni a donde voy.” Es broma. Bueno un poco no. Apasionado por la ciudad, amo Fundidora y las bicis. Cada día me maravillo y me deprimo por el mundo que habitamos. Cuestionador, reflexivo y de pensamiento crítico. Relajado y alegre.