De quién es México

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Hace tiempo que el mapa de México se desdibujó, hemos ido perdiendo terreno, zonas enteras del país que ya no son gobernadas por “autoridades legales”, porque para sobrevivir, la población ha tenido que pactar con la delincuencia, absteniéndose de pisar ciertos territorios o ignorando algunos acontecimientos para evitar el conflicto. 

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Me tardé tres días para decidirme a escribir esta columna porque necesitaba dimensionar adecuadamente lo que pasó el 17 de octubre en Culiacán. En estos días leí y escuché decenas de artículos y videos, la mayoría criticando las estrategias y acciones del gobierno y otras aplaudiendo su decisión de soltar a Ovidio Guzmán para evitar una tragedia. Hablé también con gente que vive en Culiacán para conocer su experiencia y saber sus puntos de vista sobre lo ocurrido, y tres días después, cuando la marea de la desinformación ha bajado y las opiniones se van perfilando hacia aspectos políticos, puedo decir que lo que sucedió, aunque en otra dimensión, no es nada nuevo.

Hace tiempo que el mapa de México se desdibujó, hemos ido perdiendo terreno, zonas enteras del país que ya no son gobernadas por “autoridades legales”, porque para sobrevivir, la población ha tenido que pactar con la delincuencia, absteniéndose de pisar ciertos territorios o ignorando algunos acontecimientos para evitar el conflicto. 

La frontera norte de Tamaulipas, la sierra de Chihuahua, poblados enteros de Sinaloa y Sonora, las zonas costeras de Nayarit, Jalisco y Michoacán… obviamente me quedo corto, miles de kilómetros que ya no son México, que ya no se rigen por las mismas leyes, en las que ya no hay democracia, en donde ya no hay libertad. En su lugar reina el sometimiento, el miedo, la esclavitud bien pagada con la concesión de la vida misma o con la seguridad que te otorga quien ha tomado el territorio y ha impuesto sus reglas. En estas comunidades, en estas zonas, no importa quién sea el presidente, el gobernador o el presidente municipal, no importa la ley, lo que importa es dejar bien en claro quién manda, y en Culiacán sucedió.

El cartel de Sinaloa se hizo presente, no se apropió de la ciudad, ya era suya.  El 17 de octubre pudimos ver que perdimos más que al hijo del “Chapo”: perdimos México, porque nos concientizamos de que vivimos en donde la delincuencia nos permite, restringidos a ciertas ciudades y a determinados horarios. Secuestrados en una vida que queremos hacer parecer lo que no es, a la que nos hemos adaptado ante la complacencia de los delincuentes, la incapacidad de los gobernantes de cumplir con sus responsabilidades y la incapacidad nuestra, como sociedad, de exigirles que hagan su trabajo. 

Y si la nota de lo ocurrido el 17 de octubre fue triste,  la nota que no se dio el 18 lo fue más. En Oaxaca, en una gira presidencial a más de mil ochocientos kilómetros de distancia de los “culichis” agredidos, López Obrador declaró que el estado mexicano se negaba a luchar y formalizó la entrega de miles de mexicanos a la delincuencia, en esclavitud, renunciando a su obligación de protegerlos y defenderlos a cambio de una paz engañosa, con la excusa de salvar sus vidas y condenándolos a la inseguridad perpetua. Ese día, el presidente formalizó la entrega de miles de kilómetros de México. 

Los mexicanos no debemos de olvidar lo ocurrido el 17 de octubre, pero no por la humillación de ver tomado Culiacán por la delincuencia, no por la detención fallida de un delincuente. Debemos de recordarlo como el día de la “indignación nacional”; día en el que millones de mexicanos deberíamos salir a las calles para recordarle al gobierno, del partido que fuere, quién gobierna a México. Que la libertad y seguridad de los mexicanos no puede de ser negociada con nadie, menos con los grupos delictivos, para recordarnos que el no luchar como sociedad es impensable, pero, sobre todo, deberíamos de marchar el 17 de octubre de cada año, para recordarnos… de quién es México

Javier Potes

Chilango de nacimiento, regiomontano por convicción, colombiano de sangre y cuentero por vocación. Amante de la disrupcion y los imposibles, creyente del poder de la participación y de la responsabilidad social. Dedicado a mi familia y a mejorar el sistema de salud en México.