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Cuando la abuela me mostró a la paloma en el árbol

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4 de Abril de 2020. A ver cuando te veo, Alejandrito, fueron las palabras de mi abuela a través del teléfono. Se me hizo un nudo en la garganta. A pesar de que aquel domingo estaba renuente a salir, sentí —para bien o mal— que debía ir a visitarla, porque en ese momento no sabía cuándo podría llegarse el encierro definitivo.

Así que tenía que ir, no había de otra, a pesar del temor de ese virus que ronda la ciudad, el país y el mundo entero y que no se anda con cosas. La idea era ir de entrada por salida, porque el temor de ser portador asintomático de coronavirus me invadía. Pero también irrumpía la zozobra de no saber cuándo la podría volver a ver. ¿Dentro de un mes? ¿Dos? ¿En un año?

Antes de ir a la casa de la abuela fui a Costco, nada más al llegar noté las medidas de seguridad: personal limpiando los manubrios de los carritos, gel antibacterial en las paredes, retiro de las mesas del área de comida, cruces en el suelo marcando la distancia de separación entre los clientes al hacer fila para pagar. Pero nunca falta el desobediente.

Al entrar a la tienda, un señor venía de “salida” por la “entrada”, uno de los miembros del staff le pidió amablemente que por favor saliera por la salida, pero aquél ni se inmutó ni mucho menos lo volteó a ver. Madre mía, pensé, y eso que la situación todavía no es grave. ¿Qué pasará si de pronto perdemos la compostura? No quiero pensar en un momento en el que todo se pueda ir al carajo.

A todos nos tomó desprevenidos esta situación, pero también está para probarnos de qué estamos hechos y lo que podemos lograr si cooperamos, si nada más compramos lo que necesitamos, y nos abstenemos de adquirir productos. No sé ¿para qué diablos quieren tanta cerveza en estos días? ¿En eso quieren gastar el dinero? Parafraseando a Albert Einstein, la estupidez humana es infinita.

Ya cuando por fin llegué a casa de mi abuela no pude saludar como siempre lo hago, lo primero que hice fue ir al baño para lavarme las manos. El primer acto de un protocolo que quizá se quede para siempre en todos nosotros. La media tarde se fue prácticamente en la cocina, acompañando en la comida, bebiendo refresco de cola y sin faltar tostadas preparadas con salsa roja casera, limón y sal. Tal vez estas se vuelvan salvavidas en estos días que se nos vienen; embarradas con frijoles y queso rayado encima.

Al terminar la visita, cuando salí de la casa, mi abuela señaló uno de los arbolitos que está afuera en la banqueta. Me mostró el nido de una paloma, ahí estaba el ave empollando a sus crías, no se movía. Yo me acerqué más para observarla y ella se me quedó mirando con sus ojos fijos. La paloma no tenía mayores preocupaciones más que comer y proteger a sus crías. Me alejé de ahí y me fui para luego subirme al carro.

Camino a casa sentí mucha preocupación por toda la situación. ¿Y si me quedó sin trabajo? ¡Qué pregunta, sin saber que a media semana sólo recibiría una parte de la quincena! Sentí sosiego cuando abrí un libro de filosofía y me encontré con el tema del taoísmo, una corriente de pensamiento que habla de los ciclos de cambios que tiene la vida, donde tenemos que vivir en equilibrio con la naturaleza y no caer en excesos. Esta pandemia forma parte de esos ciclos, nos guste o no, tendremos que sobrellevarla con fe y determinación a sabiendas de que cuando termine, saldremos fortalecidos, encontraremos un trabajo o crearemos nuestras propias oportunidades. Sí o sí.

Alejandro Garza

Autor. Libre pensador. Firme creyente de que la escritura y la lectura contribuyen a empoderar a las personas para construir una mejor sociedad.