Crecimiento perverso

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Un plan de desarrollo urbano integral se pensaría como lo adecuado, pero en una urbe formada por más de 13 municipios, donde cada quien tiene sus planes, proyectos, ideas u ocurrencias, se limita la concertación, haciendo caso omiso a la lógica, la técnica o norma que pudiese existir y que no sea la de cada quien.

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Era inicio de la década de los 80 cuando Monterrey, junto con otros 6 municipios conurbados, marcaban los límites de la ciudad que alcanzaba 1 millón 800 mil habitantes. En ese entonces no se pensaba en grandes proyectos para el crecimiento futuro, sino en aquellos que pudieran dar la apariencia de una gran ciudad, o solapar el capricho del gobernarte en turno. Quizás la Macro Plaza fue uno de esos.

Atractiva por su pujanza económica, centros educativos y vida apacible de la provincia, Monterrey fue convirtiéndose en un destino de muchos connacionales. Desde entonces un crecimiento poblacional de más del 20 por ciento en cada lustro ha llevado a duplicar su población. Hoy el estado cuenta con 5 millones 100 mil habitantes, de los cuales 4 millones 200 mil están en su zona metropolitana.

Esta explosión demográfica nos ha llevado a que la actualidad crecemos a razón de 75 mil personas por año, entre nacidos y migrantes, mientras tanto más de 2 millones de vehículos circulan entre los municipios conurbados, lo que implicó que la mancha urbana creciera cinco veces, sus calles, los servicios públicos, las escuelas, etc., sin saber a ciencia cierta si se hizo de una forma planeada o improvisada.

Un plan de desarrollo urbano integral se pensaría como lo adecuado, pero en una urbe formada por más de 13 municipios, donde cada quien tiene sus planes, proyectos, ideas u ocurrencias, se limita la concertación, haciendo caso omiso a la lógica, la técnica o norma que pudiese existir y que no sea la de cada quien.

Bajo la premisa de la autonomía municipal y abonado por diversas leyes de desarrollo urbano en los últimos años junto a un Plan de Desarrollo Urbano Metropolitano que data del 2003, ha sido la combinación perfecta para encubar un crecimiento carente de planeación, orden y previsión, llevándonos a casos donde un área habitacional convive junto a un relleno sanitario, ya que cada uno está en municipios diferentes, concebidos bajo planes distintos pero en límites colindantes, o una calle que termina en ninguna parte porque ahí termina el municipio.

El desorden se acelera en la periferia, que por escasez o por el costo elevado de la tierra en aquellos municipios más poblados o siguiendo incentivos mal alineados, orillan a población a irse más lejos. Esto dificulta que los gobiernos municipales puedan atender sus necesidades ante los escasos recursos económicos y humanos, dejando a la deriva de su propia suerte aquellos sectores menos favorecidos.

Este crecimiento conlleva otros problemas, y uno de ellos es el del transporte y movilidad. Un sistema de camiones con más de 160 rutas que sigue operado bajo la misma lógica de los años 80, asumiendo que todos van al centro, lo que hace que sea ineficiente en costo y tiempo, saturando las vías mientras los concesionarios se canibalizan, pero negándose a dejar un modelo rentable para algunos y costoso para la mayoría. A esto se suma la particularidad climatológica de esta árida tierra que desmotiva la movilidad peatonal o el uso de la bicicleta, y en complicidad con los gobiernos al no concebir una infraestructura para el transeúnte, donde su razón intelectual u emocional los limita a más asfalto.

Pero no toda la culpa es de los gobiernos. Vivimos en una sociedad donde el clasismo delimita tajantemente la ciudad, estableciendo segmentos muy focalizados versus una desconcentración urbana equilibrada; una sociedad donde la posesión de un automóvil es sinónimo de posición social, en la cual no cabe el uso del transporte público, y un capital inmobiliario que aprovecha los malos incentivos que premian el mercantilismo de la tierra. 

Hoy estamos inmersos en una gran urbe de concreto y asfalto, una metópoli pujante con matices de modernidad, pero a la vez precaria y arcaica en su concepción urbana, sin saber si somos víctimas del propio éxito o de la incapacidad de los gobiernos que no supieron vislumbrar una ciudad exitosa.

Roy Lavcevic

Economista con maestría en finanzas. Los números y la información económica es parte de mí día a día, por gusto y por profesión; en esta era digital saturada de información, hay que saber discernir. El análisis con datos y estadísticas nos ofrece un soporte para una opinión con mayor fundamento.