Crece en la sombra

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Mira esa estrella. Pide un deseo.

No es una estrella, es un avión. En Monterrey no hay estrellas.

Lo que sea, pide un deseo. ¿Ya lo pediste? Yo ya. Le digo con una mentira blanca. Es más pequeño que yo, pero es inteligente. A veces, tiene una mentalidad de adulto en el cuerpo de un adolescente de trece años.

Ya, ya lo pedí. Me responde, aunque sé que sigue diciéndose en su cabeza que la estrella no es más que otra cosa brillante en el cielo.

¿Qué pediste? Le pregunto aunque sé que no tiene que responder. Pienso que si él responde su deseo no se cumplirá.

Pido que estemos bien. Que comamos bien y que estés bien.

Mi hermano no lo sabe, pero solo con eso ha curado la semana entera.

Hay una conexión que va más allá de lo sanguíneo y de la lengua (por todo aquello que se dice y también por lo que se calla). Mi hermano sabe cuándo hablar y cuando no. Aunque él no lo sepa, también sabe qué decir cuando se necesita. Es quién me aconseja aunque sea menor y soy la que lo orienta cuando está perdido también. Es una relación de trueques, una red de confianza, un pacto entre hermanos que nunca tuvo que firmarse porque siempre ha estado ahí.

¿Tú qué pediste? Vuelve a preguntar cuando caminamos de la tienda a la casa de regreso.

Yo pedí que vuelvas a sonreír en las mañanas, como cuando ibas al jardín de niños y no eras tan maduro para tu edad. Pienso, pero no lo digo, prefiero guardármelo para mí, porque, ¿cuándo y cómo es que él creció tanto?

No te puedo decir. Le respondo unos cuantos segundos después y finjo sin éxito mi seriedad.

Ya sabía que no me ibas a decir. Me responde y luego se queda callado mientras acomoda en sus manos lo que acabamos de comprar. Yo pido que estés bien, hermana. Y sonríe por primera vez en el camino, entonces no parece el adolescente en crecimiento o el adulto que se esconde en un cuerpo pequeño que veo en estos últimos días. Mi hermano me regala, sin saber, mi deseo por la estrella que está enfrente de nosotros y lo veo avanzar por delante de mí, mientras su sombra se hace más grande en el suelo del parque que atravesamos. Entonces, por un segundo, parece que es alto; alto y grande, y que su sombra tiene la verdadera altura o madurez que ya posee.

Andrea Gorgonia Treviño

Nacida en 1999 de la ciudad de las Montañas. Estudiante de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Entusiasta de temas en torno al arte y las humanidades. Participa en eventos de difusión cultural y colabora ocasionalmente en suplementos en línea. Persiste entre la soledad ruidosa de las gentes.