Cortes

Tengo seis años. Como es de esperarse a esa edad, soy menos una persona que un espejo. Mi personalidad es lo que sea que mi mamá decida, mis gustos son los que sean que mi papá permita. ¿El mismo corte de siempre?, pregunta el hombre. Yo asiento y él, mantiene brevemente la ilusión de que mi respuesta tiene consecuencia alguna. El mismo de siempre, en realidad es el corte que usan mis primos mayores, a quienes admiro con ingenuidad. No sé quién soy yo, pero quiero ser como ellos.
Hasta el día de hoy, no sé qué corte de pelo usé durante esos años.
Tengo nueve años. Mi papá decide que nos vamos a mudar. Yo me opongo, pero la determinación está tomada. Antes de entrar a mi nueva escuela, a mi papá se le ocurre raparme y yo accedo, emocionado. A la mitad del corte me veo en el espejo y me doy cuenta de que no me gusta lo que veo, pero ya es demasiado tarde para detenerse. Cuando llego a clases, mis nuevos compañeros se burlan de mí y me ponen apodos.
Tengo dieciséis años. De intercambio en otro país, decido que no debería gastar en lujos frívolos como cortes de cabello. Sin padres que me lleven a la fuerza a la peluquería, me limito a recortarme el fleco con unas tijeras en el baño de una cafetería. Mis compañeros se dan cuenta de los cambios en mi cabello, en mi ropa, en mí. Es la primera vez que alguien me hace un cumplido por mi apariencia. Comienzo a apreciar mi cabello en el espejo, y decido que me gusta cómo se ve ahora.
De regreso en el aeropuerto, mi papá se lamenta; antes de irte, todavía parecías hombre.
Tengo diecinueve años. Hace dos años que entré a la universidad, dos años que ya no vivo en la casa de mis papás. Le pido a mi hermana que me acompañe a buscar una peluquería, para que ella responda por mí cuando la estilista pregunte: y ¿cómo lo quieres? Nunca antes había tenido que tomar esta decisión por mi cuenta y no sé qué hacer.
Ya no tengo seis años, ni nueve, ni diecinueve. Abro la puerta, solo. Sin padres, sin compañeros, sin mi hermana. Me siento en la silla y suspiro, a medio camino entre la angustia y la determinación. Cuando las tijeras se cierran sobre ese primer mechón de cabello, siento la presión del corte, no tanto en la cabeza como en el pecho. Respiro profundo y cierro los ojos; me aterra ver la caída de esas primeras hebras. Siempre es la misma rutina: la respiración entrecortada, la risa nerviosa, las dudas.
Hace más de dos semanas que tengo la intención de ir a la peluquería, pero sigo encontrando excusas para no hacerlo. Oigo en mi cabeza la voz de la madre de mi mejor amiga, que se está formando como psicóloga. Eso se llama resistencia, diría. Esa conversación no se trataba de cortes de cabello, claro está, sino de mis intenciones de comenzar a ir a terapia. ¿Acaso no es lo mismo?
Es ridículo, ¿cierto? Que me obsesione con el largo de mi cabello al punto de la ansiedad cada vez que pienso en ir por un corte. Que me haya conmocionado el día en que tomé un mechón y descubrí que mi cabello no era negro sino castaño, un 24 de septiembre de 2015. Aparentemente, todo el mundo ya lo sabía; yo era el único que vivía engañado.
Si fuera honesto conmigo mismo, podría admitir que hace años que esto no se trata solo del cabello.
Tengo veinticuatro años. En la habitación del hospital en el que está internada, mi mamá me pregunta por mi corte. Es la primera vez en años que lo ven; la primera vez en años que existe el atisbo de una relación entre mi papá y yo. ¡Ah!, y ¿así te lo dejaste, a propósito?”. Sí, esta vez fui yo quien decidió.
Por primera vez, de hecho.

Raúl Aguilar Aguila

Mi verdadera vocación era la paleontología. Investigo acerca de países a los cuales mi mamá prefiere que no vaya. Me incomoda tener que hablar de mí mismo. Me gustaría ser radicalmente de izquierda pero no me atrevo.