Con el Diablo adentro 

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Un día, en busca de la libertad, decidí renunciar a la iglesia y creer en un dios personal. Tenía miedo por el castigo que tendría esa decisión, segura de que el dios que conocía era de ira y venganza. Ya no soportaba estar sometida para llegar a una vida eterna que quizá ni es real, así que me arriesgué, y me largué. 

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A los 13 años, cuando mi padre estaba tirado en una cama con el rostro más triste que he visto en toda mi vida, observé a mi tío orar por él de una manera violenta y ridícula. Él puso sus manos en la frente de mi padre e intentó “liberarlo”. La liberación, en la Iglesia Pentecostal, es equivalente al exorcismo del catolicismo. 

Mi padre, que durante ese rato había estado tranquilo, manoteó y se dio la vuelta para gritar con fuerza: ¡No estoy endemoniado! Y eso, para mi tío y los otros dos que lo acompañaban, fue señal de que sí lo estaba. 

Comprendí a lo que supuestamente se enfrentaba mi padre cuando comencé con mis síntomas. En mis oídos resonó mucho la palabra “endemoniado”, pero jamás “enfermedad mental”. 

La recapitulación de los hechos que se fueron guardando en mi interior hasta el mental breakdown que tuve, comenzó en mi infancia, desde los 8 años, cuando acompañaba los domingos a mi padre a dar su clase en la escuela dominical a temprana hora, y me avergonzaba de los cánticos que él entonaba mientras caminábamos rumbo a la parada de autobús. 

Es un bochorno que se acumula en el cuerpo cuando sientes que eres “el otro”. Yo, una niña despierta y curiosa echada al mundo, dentro de un vaso de vidrio irrompible. Permanecía suspendida en el tiempo y en el espacio. De ese nulo sentido de pertenencia al mundo real y al mundo pentecostal, nació el complejo. 

Mis compañeros de clase de la primaria en la que estudiaba sabían qué y qué no podía hacer. Les molestaba mi actitud reservada y mi supuesto aire de prepotencia. En el fondo quería ser aceptada. Sin tener tiempo para impedirlo, me tacharon de “aburrida”, “santurrona” y “poco atractiva”. Supe que juntarse conmigo era un suplicio. Pero, a pesar de esa marginalidad, aprendí a lidiar con ello y con la tristeza que me provocaba. 

Las predicaciones de los servicios me recordaban que esa era el pago por “seguir a Cristo”. Me sujeté a esa idea con fervor, ignorando mi necesidad de ejercer mi albedrío. Negarlo tanto en favor de la Iglesia y sus doctrinas bastaron para romper algo en mi mente. 

El día de mi bautizo, supe lo que era el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Sin ningún episodio que advirtiera su llegada, los pensamientos intrusivos se acumularon en mi mente para decir obscenidades de corte religioso, blasfemias. 

“Y a todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará”, Lucas 12:20. Escuchar ese tipo de versículos mientras ocurrían mis episodios psicóticos no ayudaba en nada. Creí que estaba endemoniada. 

Todos mis pensamientos intrusivos involucraban a Dios. Insultar a la mayor figura de mi imaginario era insoportable, la sensación era parecida a una gran losa cayendo encima de mí. 

Hay mucha desinformación sobre el TOC, las estadísticas indican que una persona con este trastorno tarda siete años en atenderse con un psiquiatra. Mi falta de conocimiento sumado a mi entorno agravó mi situación, pues caí en una depresión que me llevó a pensar en el suicidio en varias ocasiones. 

Para colmo, estoy propensa a la depresión debido a la genética de la familia paterna: padre, tía, y tío han padecido de esta enfermedad. Mis consultas al psiquiatra no son suficientes para dejar de sentir el acecho de la depresión acercándose, porque sé que nada será eterno, porque sé que todo me puede ser arrebatado de un día para otro, a esta sensación de incertidumbre se le llama “ansiedad generalizada”. 

Un día, en busca de la libertad, decidí renunciar a la iglesia y creer en un dios personal. Tenía miedo por el castigo que tendría esa decisión, segura de que el dios que conocía era de ira y venganza. Ya no soportaba estar sometida para llegar a una vida eterna que quizá ni es real, así que me arriesgué, y me largué. 

He pasado tres años fuera de la iglesia y la ansiedad y el TOC con pensamientos religiosos han bajado considerablemente, ya no hay motivo para reprimirme. Una enfermedad mental no solo es cuestión de genética, también tiene que ver lo social y lo psicológico. 

Mi asociación de mis trastornos mentales con la religión radica en que la religión te enseña a negarte a ti misma, te ordena alcanzar una perfección que llega con una santidad imposible, te priva de los deleites de la vida, te aísla, y te transforma en un ser homogéneo. 

Yo culpo directamente a la religión de mi enfermedad mental. También la culpo por la depresión de mi padre. Para llegar a esa conclusión, tuve que realizar un terrible ejercicio de reflexión, de razonamiento, que permitió enlazar cada momento de mi vida y entender mi dolor interno. 

Elena S. Gaytán

Mujer antes que todo. Le dije "no" a la religión cuando la hallé en mi contra, le dije "no" a mi ansiedad para embarcarme  en una lucha que puede durar toda mi vida. Sin embargo, sé que algún día seré libre para reírme de las mariposas doradas.