Cincuenta años de distancia y distanciamiento

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¿Qué fue lo que nos dejó realmente esta breve batalla entre un funcionario de segundo nivel que, que con todo respeto, nadie conocía en Monterrey, y uno de los grupos empresariales más grandes de México, y que al escogerlo como enemigo, lo engrandeció?

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Ya pasaron más de diez días de que Pedro Salmerón publicó su artículo sobre el aniversario de la muerte de Don Eugenio Garza Sada, la nota ya no es nota. Los empresarios y la sociedad regiomontana manifestaron su indignación y dolor, reaccionaron publicando desplegados ante lo que se consideró una provocación gubernamental,  un insulto a los empresarios, a la memoria de Don Eugenio y a todo el pueblo de Monterrey.

El resultado de esta escaramuza entre izquierda y derecha, o “chairos” y “fifís”, pareciera que fue una victoria pírrica para la derecha regia empresarial.  Pedro fue quemado en una hoguera mediática (cual costumbre de la santa inquisición en el siglo XIII), el Congreso de Nuevo León lo consideró persona “no grata” (lo cual no lo deja dormir) y la empresa insignia del legado de Don Eugenio calificó sus declaraciones como “injustificables e inaceptables proviniendo de un alto funcionario del estado mexicano, pues claramente promueven o justifican el uso de la violencia para resolver la falta de oportunidades” en una interpretación que, a mi juicio, se inventa sin mayor análisis e investigación.

¿Qué fue lo que nos dejó realmente esta breve batalla entre un funcionario de segundo nivel que, que con todo respeto, nadie conocía en Monterrey, y uno de los grupos empresariales más grandes de México, y que al escogerlo como enemigo, lo engrandeció?

En primer lugar nos mostró una herida que sigue abierta, que si bien no se puede justificar el asesinato de Don Eugenio y de ningún mexicano, tampoco hemos sido capaces de hacer el análisis histórico y social de las razones que provocaron esta tragedia y actuar en consecuencia. El problema está vigente, sigue sin resolverse de fondo, la herida continua abierta y por eso su discusión, duele.

En segundo lugar desnudó la intolerancia de una sociedad que no está dispuesta a perdonar ni a buscar la reconciliación. Ambos bandos se declararon víctimas, sembraron más odio y rencor del que ya existía. En la trampa caímos todos: Calderón, Krauze, FEMSA, CCE, Noroña, el Congreso de Nuevo León, los medios que una vez más reportaron la sangre y no las ideas, editorialistas de bote pronto que más bien debieron haber sido publicados en la nota roja de sus periódicos. 

Tercero, se evidenció nuestra falta de liderazgos. Quizás ya lo sabíamos: lo sentimos en las crisis económicas del 1982 y 1994, lo sufrimos en el 2010 cuando ante la inseguridad muchos empresarios migraron a otros países y con la tragedia de Javier y Jorge, estudiantes del TEC. Como sociedad no supimos leer los cambios, desarrollar a los nuevos líderes en otros ámbitos que no necesariamente fueran los empresariales. La falta de esos liderazgos nos orilló a desenterrar a Don Eugenio, 46 años después de su fallecimiento, para poder presentar un líder que nos uniera. 

¿Qué sigue? de esta batalla debemos aprender que como ciudad y país, tenemos la obligación de mostrar altura y establecer un diálogo para seguir adelante derrumbando el muro ideológico de más de novecientos kilómetros que nos separan. Me encantaría que las cámaras empresariales regiomontanas invitaran a Pedro Salmerón a un foro para hablar sobre lo acontecido a finales de los sesentas, que los empresarios mostraran porque estaban tan preocupados en aquellos años, no un foro de la verdad única, que ambos dieran un primer paso a la reconciliación.

La muerte de Don Eugenio y la elección de López Obrador están escritas en la misma página de inconformidad social y desesperación, una está escrita con sangre y otra con tinta indeleble de los pulgares de millones de mexicanos. Los resultados de esta última nos ratifican que el tema de desigualdad no está resuelto, pero también que la violencia ha dado paso a los canales políticos y democráticos. Nos queda pendiente la reconciliación, necesitamos nuevos líderes que renueven el orgullo regio con formas de pensar más abiertas y empáticas, un líder que nos ayude a entender y terminar con cincuenta años de distancia y distanciamiento. 

Javier Potes

Chilango de nacimiento, regiomontano por convicción, colombiano de sangre y cuentero por vocación. Amante de la disrupcion y los imposibles, creyente del poder de la participación y de la responsabilidad social. Dedicado a mi familia y a mejorar el sistema de salud en México.