Chalecos amarillos: ¿Europa en peligro?

Por |

El riesgo para Europa está en que esta nueva oposición no logre disociar el personaje presidencial (y sus errores de administración), de los ideales políticos que éste pretende atender.

Compartir esta nota:
Facebook
Twitter
WhatsApp
Email

La avenida más bella del mundo ardió en llamas por cuarta semana consecutiva. Las imágenes imponen, el simbolismo aterra. Vimos al Arco del Triunfo perder todo esplendor, su estructura esfumándose en gas lacrimógeno mientras sus paredes sufrían las marcas de lo que el pueblo francés ya no pudo callar: Macron démissionne (renuncia, Macron), leía una inscripción en uno de los muros. Otra fotografía mostraba una estatua de Marianne, Diosa de la libertad, con una abolladura en el cráneo. Marianne es para el país tanto una figura como una alegoría: una encarnación de los valores de la república. Liberté, Égalité, ¿Fracturé? En este último mes, Francia ha visto una fuerza social emerger. Una agrupación que, prosperando en poder, se convirtió rápidamente en la oposición más directa (y violenta), al proyecto de nación de Emmanuel Macron. A este movimiento lo distinguen tres elementos: su epicentro en el incremento del impuesto en la gasolina, los chalecos amarillos y su composición social particularmente heterogénea. 

Como grupo, los gilets jaunes – o chalecos amarillos—son todo menos una entidad monolítica. En la escala política, sus miembros provienen tanto de la izquierda radical de Mélonchon como de la derecha extremista de Le Pen. Estas son fuerzas sociales que, en la primera ronda de las elecciones presidenciales del 2017, amasaron alrededor de 45 por ciento del voto. Curiosamente, es también 45 por ciento de los franceses que hoy en día se expresan a favor de las reivindicaciones del movimiento de los chalecos amarillos. Sus demandas y sus ambiciones, al igual que sus métodos de manifestación, contrastan a un punto de disociación. Unos piden la disolución de la asamblea nacional, otros demandan la renuncia de Macron y la instalación de una figura militar en la silla presidencial. Los chalecos amarillos son un conjunto variopinto de grupos con intenciones dispares pero un sentimiento afín: el desprecio hacia Emmanuel Macron. Lo que nació como una oposición al aumento de un impuesto se transformó en una conversación sobre el poder adquisitivo de la clase media. Se habló de Francia como un país desigual; de Macron como el presidente de los ricos. Y de ahí, al enrojecerse los tonos de voz y llenarse de fuego las calles, el debate nacional escaló de manera exponencial. Los gilets jaunes buscan más que la supresión de un impuesto, procuran ahora una disrupción estructural de las instituciones francesas. 

Al llegar al mando, Emmanuel Macron fue rápido en enunciar sus ideales políticos. Lo escuchamos comprometerse a la causa ecológica, contrariando públicamente a Donald Trump y apropiándose de su slogan para lanzar una iniciativa verde bajo el nombre #MakeThePlanetGreatAgain. En su retrato presidencial, un iPhone se esconde en el fondo junto a su brazo derecho, haciendo alusión a la “startup nation” que Macron planea hacer de su país. Este abril, en un discurso para el Parlamento Europeo, el presidente francés exhortó a más cooperación de todos los países miembros. Y entre sus palabras escuchamos el término “soberanía europea”. Emmanuel Macron, sin duda alguna, ha buscado posicionarse como el rostro político del globalismo, el ambientalismo y la unificación de Europa. El problema está en que, durante el curso de su mandato, hemos visto al presidente flaquear en varios de estos frentes. Entre lo que más resonó está la renuncia de su propio Ministro de Ecología y Medio Ambiente, Nicolas Hulot. Ante la actual presión de los chalecos amarillos y el descontento de 70 por ciento del pueblo francés que se dice insatisfecho con la administración de Macron, una pregunta se reviste de relevancia: ¿qué es lo que repudia la nación: a su presidente o a lo que éste representa?

El riesgo para Europa está en que esta nueva oposición no logre disociar el personaje presidencial (y sus errores de administración), de los ideales políticos que éste pretende atender. Que se juzgue a Macron y su enredo político, no al ambientalismo y al globalismo que el presidente prestó para impulsar a su joven partido. El reto de Macron en las próximas semanas será de reconciliar a su pueblo; de idear, en comunión con él, una alternativa que aleje a Francia del proteccionismo que atrapa a otras economías europeas. El reto es complicado, el sentimiento de injusticia es profundo. Las elecciones en el Parlamento Europeo, donde Macron espera formar una alianza progresista, están programadas para mayo de 2019.

Mahomed-Ramiro Jezzini

Me expatrié con un cuaderno para en ocasiones escribir de mi regreso. Cuento historias en jezzini.eu