Black Mirror Bandersnatch, cruzando la línea

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Hoy vi Black Mirror Bandersnatch. Y tengo la sospecha, fundada en mi propia experiencia, que ya hemos cruzado la línea. Ya debes saber que es una película interactiva. Nada malo en ello. Todo va bien. Universos paralelos. Finales diferentes. Digo, mientras se deciden trivialidades como qué disco escuchará el personaje principal. O si derrama café o en su computadora o la destruye. ¿Qué más da? ¿No? Digo, es entretenimiento. Sí... hasta que te ofrecen la opción de “mata a su papá”.

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Nunca he olvidado lo que sentí la primera vez que envié un e-mail. Fue a mediados del noventa y siete. Hace casi veintiún años. Yo trabajaba en un banco como gerente de Sistemas de Información. En mi primer semana de trabajo me asignaron mi computadora y comenzaron las juntas con diversas áreas.

Cuando terminó la primera junta yo quedé de enviar por mail la minuta. Obvio no tuve problema alguno. Lo extraño fue lo que sentí al redactar el correo electrónico. Allí estaba yo. Ya había adjuntado el documento. Ya había puesto los destinatarios. El problema era qué rayos decirle a esos fantasmas que ya no veía. Que acaba de ver en una sala de juntas minutos atrás y que, ahora, en términos modernos, eran virtuales. Cuando escribí “Hola, buenos días” me sentí un idiota. ¿A quién carajos me estaba refiero? ¿A la gente que acababa de ver y que ya no estaba allí? ¡Qué estupidez! ¡La mayoría estaban a unos pasos de mi cubil! Borré el saludo que me parecía de lo más ridículo. Me alejé de la pantalla y me tomé unos minutos. Era algo así como estar enfermo ¡casi loco! Nunca olvidé esa sensación. Aflojé el nudo de mi corbata y salí a tomar aire… Con el paso del tiempo me acostumbré y jamás lo volví a sentir otra vez. Hasta que abrí mi primera cuenta de Facebook.

Fue a principios del dos mil ocho o siete, no lo recuerdo bien. Apareció otra vez esa sensación. No era como la primera vez. Ojalá y hubiera sido igual. Pero no. En este caso era algo completamente diferente. Mi problema era “el botón de like”. Cuando posteaba algo, inmediatamente recibía “likes” de mis amigos. Yo me preguntaba ¿por qué carajos te gusta lo que puse? ¿Es realmente que te gusta esta basura? ¿Cómo saber si es cierto tu “sentir”? Pero lo peor no era eso. Lo peor, o mejor dicho, la fortuna, era que me resistía a usar el “like”. Soy necio de nacimiento. Me sentía como esas ratas de laboratorio. Obligadas a pulsar un botón rojo, al antojo de un investigador enfermo, que hacía anotaciones en una libreta para predecir mi comportamiento en un ambiente controlado. ¡No, señor! ¡No seré títere de nadie! ¡Faltaba más! ¡Era indignante! ¡Era hasta monstruoso! ¿Por qué debo obligarme a expresar mis gustos? Me revelé. ¡Jamás usaba el “like”! … Mi rebeldía duró poco. En menos de un año sucumbí a los mágicos y misteriosos poderes del “like”.

Hoy vi Black Mirror Bandersnatch. Y tengo la sospecha, fundada en mi propia experiencia, que ya hemos cruzado la línea. Ya debes saber que es una película interactiva. Nada malo en ello. Todo va bien. Universos paralelos. Finales diferentes. Digo, mientras se deciden trivialidades como qué disco escuchará el personaje principal. O si derrama café o en su computadora o la destruye. ¿Qué más da? ¿No? Digo, es entretenimiento. Sí… hasta que te ofrecen la opción de “mata a su papá”. Ya lo sé. Es absurdo. Son actores. Es una película. Bla, bla, bla. El caso es el dilema ético que enfrenté. Soy padre. Tengo dos hijos. ¿Es gracioso? ¿Es entretenido, que yo, seleccione la opción de que el actor principal mate a su propio padre?… ¡No lo pude hacer! ¡Lo juro! Allí estaba otra vez esa sensación de que algo anda muy mal. ¿Soy solo yo?… Puedes negarlo. Claro. Puedes pretender que ok, estoy ruco. He envejecido. Pero pregúntate: ¿sientes algo? ¿No te espanta tantito? ¿No te mueve algo? ¿Nada? Te voy a contar una historia real.

Aquí en Monterrey, cuando el joven de una escuela asesinó a sus compañeros de clase y después se quitó la vida. Circulaba por la red el video de las cámaras de seguridad que lo habían grabado todo. Alguien me dijo que incluso su amiga puso el video en su pantalla 4K para verlo juntas. Lo que más lamentaban era que no tenía audio.

Escribo esto, porque estoy seguro, que esta nueva forma de hacer series será el estándar y, como me ha pasado, tarde o temprano terminaré igual: ya no sentiré nada al verlas e interactuar con ellas. Quizá este escrito ayude a entender en el futuro, cómo fue que comenzó todo. Cómo fue que enloquecimos. Cómo fue que dejamos de sentir.

Gustavo Luna

Mi nombre es Gustavo Luna, Estudié Ingeniería  Electrónica con Especialidad en Computación, en la UAM-I en la Ciudad de México. Tengo dos niños,  de 10 y 8 años, y me dedico completamente a ellos. Actualmente trabajo en un proyecto en mi comunidad de Educación en  Igualdad de Género, Integración Social y Cultura, llamado “Casa Wikibuda” dirigido a niños y niñas desde los 4 años en adelante.