Anaya y las migajas del PAN

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Su desmedida ambición está a punto de consumirlo por completo. Con apenas 39 años, el llamado “Niño Maravilla” tendrá que pagar el precio de quererlo todo. Las facturas del inminente desastre en el que dejará al Partido Acción Nacional (PAN), están sobre la mesa.

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Ricardo Anaya apostó todo a sí mismo. Su desmedida ambición está a punto de consumirlo por completo. Con apenas 39 años, el llamado “Niño Maravilla” tendrá que pagar el precio de quererlo todo. Las facturas del inminente desastre en el que dejará al Partido Acción Nacional (PAN), están sobre la mesa.

En muy poco tiempo se adueñó de la estructura del partido, pero, sobre todo, construyó una fila de enemigos políticos que esperan saldar cuentas al final de la contienda electoral. La traición fue a plena luz del día. Todos vimos cómo fue dejando en el camino a gente como Gustavo Madero, Margarita Zavala o Rafael Moreno Valle. Anaya dinamitó el terreno sin pensar que tendría que regresar. El triunfo era la única salida. Se le acusará, no sólo de traición, sino también, de desdibujar al partido. Dividido el PAN, pensó encontrar en los restos del Partido de la Revolución Democrática (PRD), la otra mitad. La ideología sometida al pragmatismo.

En la campaña electoral nos presumió de todos sus dotes: es biker, músico y hasta charro. Su paso de la muerte con todo y sonrisa es digno de enmarcar en el recuerdo de las cosas que a nadie le importaron. Todos vimos la facilidad de su palabra y la frialdad en la emoción. Nunca conectó. Las cámaras de televisión parecían ser los espejos donde siempre practicó sus discursos. ¿El resultado? ganador de los debates, pero no de los electores.

Al finalizar el tercer y último debate presidencial, frente a las cámaras de televisión, Anaya se hizo acompañar de un séquito de políticos menores. A lado de él, ya no existen los pesos pesados ni la figuras prominentes. No hubo ningún panista importante a su alrededor. El mensaje no puede ser más claro y contundente. Sólo los recién nacidos de aquella relación con el PRD le levantan la mano. Los azules lo han abandonado. Lo único que conserva, es esa extraña sonrisa que lo acompaña a donde vaya.

Querer ser oposición cuando fuiste comparsa, no es cosa fácil. En el último tramo de la elección busca diferenciarse del gobierno al que aplaudió. Pasó de alabar las reformas de Peña Nieto a prometer encarcelarlo. Anaya usa y desecha, pero el tiempo ya se le agotó. Lo espera, no solo la derrota de la presidencia, sino también, una avalancha de panistas que vendrán a pelear lo que queda del partido. Vendrán los calderonistas y maderistas a reclamar su lugar.

Ni siquiera la estrategia del voto útil le funcionó. El Partido Revolucionario Institucional (PRI), sabedor de sus “virtudes” en época electoral, hizo caso omiso a sus múltiples guiños.

Si apelamos a la estructura partidista, a que es el partido que gobierna y al cierre de filas con la llegada de René Juárez a la presidencia del partido, el PRI podría quedar como segunda fuerza política y conservar una buena parte de su poder. Podrá ser interlocutor u oposición según le convenga ante el gobierno de López Obrador. El PAN tendrá muy poco que ofrecer. Quedará rezagado. La disputa interna se acrecienta en el fracaso.

En algún momento, tal vez muy lejano, el Partido Acción Nacional fue un partido de oposición. Un contrapeso necesario a los gobiernos del PRI. En él, habitaban lúcidas voces y políticos de alto calibre e inteligentes. Podría uno estar o no de acuerdo con su visión del país, pero respetaban sus estatutos internos, había vida democrática en su interior, y en el exterior un discurso fiel a sus principios. Hoy solo quedan las migajas que alguien tendrá que recoger.

Alejandro González

Licenciado en psicología. Director de preparatoria. Lector.