Ana Lilia Pérez

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Gracias, Ana Lilia. Junto a millones de mexicanos, me siento en deuda contigo.

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Hay personas capaces de inspirar un respeto profundo y despertar auténtica admiración, aun sin conocerlas. Tú eres una de ellas.

Tu mensaje fue difícil de digerir, tanto que nos tomó diez años escucharlo y darle su justo valor. La confrontación fue durísima: nos anunciaste que estábamos enfermos de gravedad. Los estudios revelaban niveles exorbitantes de perversión, indolencia e irresponsabilidad, atributos que, no por ser de todo un país, dejaron de ser de quienes lo habitamos.

Has hecho el trabajo duro que no hizo el Estado. Tu mapa te llevó a explorar el territorio de las tasajeadas redes de gasoductos, las desmanteladas plataformas en alta mar, las entrañas de la torre de Pemex, las redes de crimen organizado y su internacionalización. Sorteaste evasivas, resistencias, hostilidades, amenazas y te expusiste a muchos peligros.

Honras tu oficio e inspiras a muchos que seguirán tus pasos. Oprimes la herida de un órgano putrefacto, convencida de que, de otra manera, jamás sanará. Con inteligencia, curiosidad y persistencia has planteado las preguntas pertinentes, incómodas, arriesgadas. Provocados por ti, muchos otros se han animado a cuestionar y hacer eco de tus hallazgos.

Tu periodismo de investigación te dio materia para escribir una saga negra que ya podía inspirar a alguno de nuestros afamados cineastas para escribir el guión de un triller policiaco digno de un Oscar. Uno detrás de otro, tus libros confirmaron el patrón y documentaron cómo se sofisticó. En “Camisas azules, manos negras: el saqueo de Pemex desde Los Pinos” (2010); “El cartel negro” (2011); “Mares de cocaína. Las rutas náuticas del narcotráfico” (2014) y “Pemex RIP” (2017) dejaste expuesta la avaricia y la voracidad de políticos, empresarios y capos que se complementaron. Documentaste con seriedad el tráfico de influencias, las irregularidades y la mano siniestra del sindicato que dirige el multicuestionado exsenador y exdiputado, Carlos Romero Deschamps. 

Y nosotros, mexicanos de a pie, lo vimos todo, sin verlo; como si no fuera a nosotros a quienes tasajeaban, desmantelaban, violentaban y mataban de inanición.

Desnudaste a Fox y el tráfico de influencias y negocios ilegales de su tribu; mostraste las miserias de Felipe Calderón, Juan Camilo Mouriño y César Nava. Dejaste al descubierto el culmen que encontraron estas prácticas en el sexenio de Enrique Peña Nieto y con él, a Emilio Lozoya y otros funcionarios, como José Antonio Meade y Pedro Joaquín Coldwell, que por acción u omisión también deben ser llamados a cuentas. 

 Tocaste tantas veces la puerta del IFAI, que quienes se sintieron amenazados fueron tan cínicos como para demandarte por exceder el ejercicio de tu (y nuestro) derecho a la información. En cada radiografía señalaste dónde estaba el mal y eso te costó un tiempo de exilio. Pero ha pesado más tu vocación y compromiso, que los intentos de censura, y con evidencias que hasta ahora nadie ha refutado, nos ayudas a entender qué tan enfermos estamos.

Gracias, Ana Lilia. Junto a millones de mexicanos, me siento en deuda contigo. Sería un despropósito afirmar que estamos sanando, pero se respira entusiasmo y esperanza por este Pemex que recobra el pulso, que quiere levantarse, someterse al tratamiento y prepararse para la delicada cirugía. Y eso no es poca cosa. El Estado, ese que no hizo el trabajo, te y nos debe al menos dos cosas no negociables: cuidar de ti y convertir tu trabajo en robustos procesos que lleven a la justicia a quienes fueron parte de este colosal saqueo.

No será fácil que el casi muerto, como Lázaro, se levante y ande. No será fácil porque resulta un gran negocio para matasanos y sepultureros nuestra estancia en cuidados intensivos, y darán la pelea. No será fácil porque toda catástrofe aumenta el raiting y es cómodo y lucrativo exigir airadamente planeación y estrategia; comunicación pronta y expedita; atención a las causas sin populismo; castigo inmediato a los responsables; abasto irrestricto de la flamable droga… y fingir no entender cuando la receta implique sacrificios, porque tenemos muy comprado el boleto de víctimas y no queremos hacernos cargo del tramo que nos toca, como sí haces tú, Ana Lilia.

Ariadna Ramírez Garagorri

Hasta hace no mucho me habría presentado a través de lo que hago profesionalmente y más en confianza, habría hecho referencia a mi rol de madre de dos adolescentes, a mis intereses y pasiones. Ahora intento, por un lado, cultivar el silencio y encontrar en él alguna novedad acerca de quién soy hoy, y por otro, retomar con cierto rubor mis quereres con la escritura.