Amos de la improvisación

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La noche era perfecta y mi compañía mejor, el celular marcaba 17 grados centígrados. Mientras yo pedaleaba, Sara iba a mi espalda tomada de mis hombros, sobre los "diablos" de la bicicleta.

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Oye, el coche huele raro ¿no? ¿A qué huele? Pues raro, yo también siento el olor, sí, huele raro. Sara volteó y me vio fijamente como buscando culpa, como con sospecha, y me aventó así sin más un: “te echaste un…”, yo la interrumpí abruptamente diciendo un ¡Eit!, acompañado de un rotundo ¡No, yo no! Bueno, baja los vidrios, dijo Sara, mostrando una cara de: no te creo nada. Ok, bajemos los vidrios. 

Después de conducir hasta la salida del estacionamiento, preguntó que a dónde íbamos. Le contesté que a dónde quería ir, pues acabábamos de salir del cine y ya eran las 9:00 de la noche; que no debía olvidar que mañana tendríamos que despertar muy temprano, a lo que reaccionó acomodándose en el asiento como con un airecillo de frustración. Le dije que qué le parecía si íbamos al centro a dar la vuelta, a lo que me contestó muy entusiasta con un rotundo ¡sí!

Entonces, después de manejar unos minutos, llegamos a la oficina a dejar el coche para de ahí movernos a pie. Le pregunté que adónde sería bueno ir, si a la Macroplaza o por el Santa Lucia hasta Fundidora. Según ella muy chistosita y con cara de cabrona me dice: ¿Fundi? ¿Dora? Jajaja ¿si me entiendes? ¡Fundi!, papá. A lo que le respondí con un ¡Sara! ¡Qué cosas dices! Finalmente, después de unos segundos decidió que fuéramos a la Macroplaza. 

En ese instante pensé que ya que estábamos en la oficina podíamos tomar la bicicleta y hacer el recorrido en ella, que sería más divertido (y menos cansado), así que emprendimos nuestro paseo nocturno atravesando las 4 cuadras que nos separaban de la Macroplaza. La noche era perfecta y mi compañía mejor, el celular marcaba 17 grados centígrados. Mientras yo pedaleaba, Sara iba a mi espalda tomada de mis hombros, sobre los “diablos” de la bicicleta. Pasamos por los tacos de bistec que están a la vuelta de la oficina, a los que una semana atrás habíamos llegado a cenar, a Sara se le había quedado muy presente esa ocasión porque nos atendió una niña de la misma edad que ella. Con total dominio del oficio, al pasar por el frente del puesto, el taquero levantó la mano para saludarnos a lo que Sara respondió con un cu cúúúú… una especie de aullido raro que hace desde hace algún tiempo para acá y que emite cuando está muy animada. 

En pocos minutos ya estábamos en la Macroplaza, dimos algunas vueltas en la Explanada de los Héroes mientras en un escenario tocaban un par de guitarristas y al frente una bailaora hacia sonar el piso como si estuviera en un tablao al ritmo del flamenco; esto, dentro del marco del festival Santa Lucía. Estuvimos por ahí de dos canciones y seguimos con nuestra rodada. Cuando pasábamos por el Parque Hundido ya íbamos tarareando alguna canción distinta cada quien, y Sara propuso que cantáramos una canción que nos supiéramos los dos. ¿Qué te parecen Las Mañanitas? Le dije, ¿o que tal el Himno Nacional? A lo que me contestó con sarcasmo: ¡Ay, papá! ¡tú siempre tan gracioso! le dije que ella había heredado mi habilidad con el humor, que como prueba estaba su chistorete del “fundi”, a lo que solo pudo agregar que eso sí había sido gracioso.

Al llegar a la fuente de Neptuno, le dimos tres vueltas. Recordábamos la canción A la sombra de un león, de Sabina, donde un loco se enamora de la Cibeles. Acá pensamos que tal vez una loca podía venir con Neptuno a dejarle una maniaca muestra de amor; continuamos hasta llegar a la Plaza Zaragoza. Sara reconoció el Palacio Municipal; me dijo que ahí había trabajado su abuela a lo que complementé diciéndole que, en algunas ocasiones, de chiquito, mi mamá me llevaba con ella a su trabajo y que se me hacía algo bien emocionante estar dentro del edificio, que se me hacía muy grande y moderno. 

Llegamos hasta el puente que convirtieron en corredor, que está sobre el lecho del río Santa Catarina, a lado del palacio municipal. ¡Fue una escena inmejorable! había una ligera bruma sobre el rio que le daba un toque misterioso. Le comentaba a Sara que si se daba cuenta de que con frecuencia pasábamos por esos lugares pero que no se apreciaban igual desde el coche, a lo que ella completó diciendo que se apreciaba mejor así, a pie y en bicicleta y que además era más divertido.

Apreciamos desde arriba del puente el pequeño bosque que cubre gran parte del rio, inclusive podíamos ver el pequeño riachuelo que se abre camino entre piedras y árboles. Sara juró jamás haberlo visto, estaba emocionada. Para este momento ya estábamos muy lejos de nuestro punto de partida así que era hora de regresar, solo decidimos desviarnos a la calle Morelos y le conté a Sara que esta fue una calle normal antes de ser peatonal y que algunos de los edificios que ahí veíamos son de los más antiguos de la ciudad. Parte del regreso fue a pie ya que a Sara le dolían un poco los pies por ir parada demasiado tempo sobre los “diablos”, así que una vez que descansó, volvimos a subirnos a la rila y ahora sí a pedalear hacia la oficina donde nuestro coche esperaba.

Para este momento ya eran las 11:45 PM y le recomendé a Sara que “bajáramos” por Morelos hasta el reloj para acercarnos a la oficina y pajarear un poco, ya que estaban abiertos los bares. Entre la multitud nos fuimos abriendo camino; la música que salía de los bares, junto con las luces de estrobos, nos animó más, lo que provocó que Sara emitiera nuevamente su singular aullido ¡cu cúúúú cu cúúúú! haciendo que algunos transeúntes voltearan extrañados a verla. 

En pocos minutos ya estábamos en la oficina donde guardamos la bicicleta, abrimos el coche y los dos percibimos nuevamente aquel olor desagradable. Fue entonces que descubrimos que era la lonchera de Sara en el asiento trasero. Una vasija de su loche se había abierto y ya tenia todo el día ahí, entonces estallamos de la risa ya que nos habíamos estado culpando mutuamente de ser la causa de esos olores.

Alejandro Okusono

Hago diseño industrial de forma profesional, disfruto mucho de la fotografía, en ocasiones me da por ser como Pepe “El Toro”, y tomo algunas tablas para construir “cosas”. Soy un casi-melómano, tengo un diplomado en Mercadotecnia Estratégica, también tengo cuadritos en la espalda de tanto estar tirado en la hamaca junto con mi retoño de 8 años y últimamente me da por compartir a través de las palabras.