Acerca de la superficialidad

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Contrario a lo que muchos creemos, la escritura y, por ende, el pensamiento, se sirven necesariamente de la superficialidad para enriquecerse, y gran parte del corpus literario confirma esto.

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Ahora soy más superficial. Jamás pensé en alegrarme por eso. No me malinterpreten, esto tiene una buena razón. Verán, para considerarse escritora o escritor en términos serios, no basta con formar una prosa limpia, tener una ortografía impecable o formar párrafos con núcleos claros. No. Ser escritor o escritora consumada, en realidad, precisa de una habilidad más o menos obvia: fijarse en superficie lo suficiente. Contrario a lo que muchos creemos, la escritura y, por ende, el pensamiento, se sirven necesariamente de la superficialidad para enriquecerse, y gran parte del corpus literario confirma esto.

Una clave, por ejemplo, reside en lo que señaló Oscar Wilde en una carta: Son las personas superficiales las únicas que no juzgan por las apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible. Esta superficialidad descrita por el escritor irlandés no es una apología a la crítica banal. A lo que se refiere, más bien, es a la incapacidad de sustraer un bien de todo aquello a lo cual nos exponemos, y de descubrir los patrones de una realidad menos evidente.

La superficialidad también puede apreciarse en el trabajo de Joan Didion. La ex autora de Vogue, en sus ensayos, reportajes y novelas, bosqueja la realidad no solo en términos contextuales y profundas abstracciones ideológicas, sino también en función de la ropa y accesorios que se usaron. El Estilo es carácter, dijo alguna vez. Y según la definición de carácter que ella acuñó en su famoso ensayo Self-respect: Its Source, Its Power, éste es un signo de auto respeto. Joan Didion no pretende simplemente juzgar el atavío en términos de estatus o de gustos; sino que ella entiende los atuendos como la manifestación personal de la existencia individual, concibiéndolos como elementos esenciales para completar el cuadro de la historia. Es escritura de alto nivel.

El caso literario de superficialidad más evidente quizás sea el de Sherlock Holmes. El detective de 221B Baker Street no podría resolver sus casos, de no ser por sus observaciones respecto a las pistas que la superficie ofrece: un corte de cabello, una mancha de tinta a una altura determinada, el bastón de un veterano condecorado, cabellos adheridos a un traje. Todo misterio, si no se esclarece por estos medios, por lo menos ofrece vías que acortan el tiempo de deducción.

La superficialidad no solo es aplicable a una cuadrilla de personas, sino incluso a una ciudad entera. Esto nos lo enseñó Carlos Fuentes, quien no podría haber escrito La Región más transparente, y dibujar un retrato íntimo de la Ciudad de México, de no transitar por sus calles y observar lo que ocurre allí: en los cafés y los cabarets, en el transporte público, en las plazas y las personas que allí transitaban, y de no prestar atención a conversaciones ajenas, de sus modismos, sus expresiones, jergas y cotidianeidades, las cuales capturó en una dinámica y cambiante ciudad de México de los años cincuenta.

Así, para ser buenas escritoras y escritores, resulta esencial abrir nuestro microcosmos sensorial a la información que el mundo ofrece. Para retratar las realidades contemporáneas y diagnosticarlas, como hace Didion; para resolver un problema aparentemente irresoluble, como hace Holmes; para descubrir, entender e inventar, basta con ser superficiales en primera instancia, para desgajar los misterios subyacentes de nuestra existencia.

Luis C. Padilla

Ingeniero de Software Embebido. Apasionado de la filosofía y las artes. Mi misión es instalar el humanismo en los campos de CTIM (acrónimo de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).