Aceptémoslo: no podemos escapar de la droga

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Porque prohibir la droga ante la ubicuidad de su consumo, la ubicuidad de su distribución y nuestra posición geográfica es intentar detener una tormenta con el dedo meñique. Estrategias de gobierno para combatir el narcotráfico hemos visto un montón, y todas resultan en sangre, violencia y corrupción. 

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Esta guerra es más grande que nosotros. La sangre derramada, esa que hemos visto correr a través de los años y bajo los pies de al menos tres presidentes, no halla su origen en un solo filo. No. Existen aristas al problema y diversas razones más allá de un simple gobierno incompetente. En política, el contexto raramente es monolítico. Y el México de hoy vive exactamente eso: una crisis de seguridad ligada al narcomenudeo mundial, en la que nuestro país –por mil y una razón—se ha convertido en personalidad estelar. 

Es claro que no se puede hablar de narcotráfico sin entrar en geografía. En ese arco que se abre entre productor maestro y consumidor empedernido, hay una línea de países que, por ubicación, no pueden escapar a la cuestión de la distribución. Estos países son una serie de puentes y México es el último escalón: el eslabón más importante que separa al último corredor de relevos de la grandiosa victoria. Nuestro país, por mera posición geográfica, es participe activo y heredero inescapable de esta rentable industria y sus guerras consecuentes.

Estas guerras inherentes a la industria están ancladas tanto en la ilegalidad del producto, que conduce a la caza por parte del Estado, como a la subsecuente falta de regulación del mercado, resultado de este mismo Estado que en la ilicitud impuesta limita su propio eje de poder y su capacidad de intervención. Existe también un efecto de fracción: un sinnúmero de cárteles, pequeñas bandas y pandillas a escala vecinal, hacen de la distribución local e interregional, una ocupación. En la distribución hay negocio, en el negocio hay dinero, y donde hay dinero hay oportunidad. 

El narcotráfico alimenta a quien no encuentra oportunidad digna de trabajo en el sistema económico y legal actual. Es entonces una verdad anunciada que, a falta de oportunidades honradas, el negocio ilícito del narcotráfico se presenta como un recurso para combatir la pobreza. 

Quien habla de negocio habla de clientes, porque la oferta y la demanda son eso: hermanas. En nuestro análisis de causas, no podemos ignorar la idiosincrasia de nuestra generación: la venta de cocaína en el baño del antro, las drogas sintéticas colándose a todo festival musical y el porrito para relajar. Es imperativo reconocer la otra cara de la moneda: el consumo de drogas es una realidad en nuestra sociedad. Y el narco trabaja porque le damos trabajo (nosotros y el mastodonte americano que tenemos encima).

Poniendo en el mismo plano los diversos elementos que he comentado, nos encontramos frente un panorama con vertientes múltiples: el narcotráfico como fuerza existe debido a nuestra geografía, debido a la oportunidad que brinda a los que menos tienen, y debido al consumo de narcóticos como hábito normalizado de nuestra sociedad. Es entonces ridículo pensar que lo podemos erradicar. 

“Prohibir, por definición, es negar una acción. Ganar una guerra donde el objetivo primario es el prohibir es un acto de opresión” escribí en este mismo espacio el año pasado. Porque prohibir la droga ante la ubicuidad de su consumo, la ubicuidad de su distribución y nuestra posición geográfica es intentar detener una tormenta con el dedo meñique. Estrategias de gobierno para combatir el narcotráfico hemos visto un montón, y todas resultan en sangre, violencia y corrupción. 

Es hora —ante la ola de matanzas que caracteriza estos últimos días— de que discutamos la relevancia de renovar la perspectiva con la que estamos analizando el problema. Porque no nos mata la droga, nos mata la ilegalidad en la que la hemos envuelto. Es crucial que cambiemos de enfoque: la legalidad permitiría a nuestro gobierno controlar, medir, intervenir y prevenir; un conjunto de acciones que dan esperanza donde el prohibicionismo deja sangre y balas.

Mahomed-Ramiro Jezzini

Me expatrié con un cuaderno para en ocasiones escribir de mi regreso. Cuento historias en jezzini.eu