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A profundidad

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Veo que la cuerda que usamos como guía para sumergirnos se pierde a los 10 metros en un azul verdoso que es atravesado por los rayos del sol. Pero más abajo simplemente no se ve nada. Cada inmersión equivale a sumergirme en mí misma para revisar la relación entre mi mente y mi cuerpo.

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Abro los ojos y ¡es domingo! El viento sopla y el cielo está despejado, dejando ver un sol hermoso. Tengo todo mi equipo listo. Snorkel, máscara, aletas, buffer, agua, uvas para desayunar, gorra.

Llego al botadero público cerca de la Marina La Paz y ya están MT (se pronuncia em ti) y Petra, esperándome. Bronceadas, fuertes, con lentes oscuros y gorra. Recargadas en la panga. Es notoria su familiaridad con la situación, como de quien ha hecho buceo sin tanque -también conocido como “apnea”- durante muchos años. Bucearemos en la profundidad del mar solo conteniendo el aliento. Mantenemos la sana distancia al saludarnos, pero yo muero por abrazarlas. Aún con todo y el riguroso distanciamiento social, nuestras sonrisas lo dicen todo.

Subo a la panga blanca de MT y conforme nos vamos alejando de la orilla siento un gran alivio. Voy sintiendo los beneficios de la Vitamine Sea de inmediato. Aparece el primer regalo de la mañana: una familia de delfines nariz de botella se pasea entre las embarcaciones. Son 8, entre ellos, una aleta mucho más pequeña nos deja ver que al menos va una cría. Pasan como bólidos debajo de la panga mientras las tres gritamos de emoción. Estos delfines son residentes del área. Me gusta pensar en ellos como nuestros vecinos. Ahora que la industria turística y la pesca están detenidas y, por consiguiente, no hay casi embarcaciones en el agua, me imagino la tranquilidad que han de sentir los peces, tiburones, tiburones ballena, ballenas de aleta, lobos marinos, orcas, delfines… ¿Podríamos imaginar a las otras especies como vecinos y no como nuestros rehenes en el planeta? Me alegra que al menos ellos tengan un descanso de nosotros gracias a la pandemia.

Por fin llegamos a un lugar que convence a MT por su profundidad. Pasamos al menos 45 minutos alistándonos antes de entrar al agua. Con mucho pesar me doy cuenta de que sumergirme no será tan agradable como otras veces porque el agua está fría a pesar del sol que se deja sentir en la cara. Comienzo con la penosa experiencia de ponerme un traje de neopreno de 5 milímetros de grosor, de dos piezas, que debe estar mojado para que yo pueda entrar en él. El agua está helada pero mis pies, cara y manos se acostumbran rápidamente. Ya en el agua el traje cumple su función de mantener mi calor corporal y lo perdono. MT tiene 24 años de experiencia como instructora de buceo sin tanque o apnea. Sumemos que es maestra de yoga. Su acento británico mezclado con un tono de voz relajante; una capacidad casi fuera de este mundo para enfocarse en el aquí y en el ahora. Básicamente tienes frente a ti a la persona idónea para navegar una pandemia y sortear tus demonios liberados por el aislamiento social.

Durante tres horas en todo lo que tengo que enfocarme es en mi respiración, en relajarme, en revisar la tensión en mi cuerpo. No soy sino una mujer que le entrega todos sus problemas, ansiedades, tensiones y dudas al mar. La pandemia desaparece al menos por este tiempo, así como desaparecimos los humanos de muchos espacios, como esta bahía. Mis manos están agarradas del flotador y mi cara metida en el agua con una visibilidad de 10 metros. MT me explica con paciencia como puedo pulir y simplificar mis movimientos en el agua. Cada pequeña mejora es señalada y celebrada. Veo que la cuerda que usamos como guía para sumergirnos se pierde a los 10 metros en un azul verdoso que es atravesado por los rayos del sol. Pero más abajo simplemente no se ve nada.  Cada inmersión equivale a sumergirme en mí misma para revisar la relación entre mi mente y mi cuerpo. El objetivo en los ejercicios es ser eficiente en tu energía y MT me señala cada tensión con precisión de cirujano.

Mientras estamos en el agua, el silencio es interrumpido por una estampida. A unos 100 metros de nosotras aparecen alrededor de 80 delfines comunes oceánicos. Literalmente, el golpeteo de cada delfín que entra y sale del agua en un salto se escucha como el galope de 80 caballos. Son simplemente espectaculares. Su presencia nos muestra que el mundo sigue bajo su propio ritmo y con su hermosura sin los humanos. Nosotras nos miramos riendo, gritando y dando las gracias por ser tan afortunadas.

El regreso es una mezcla de enseñanzas sobre la reinserción en la nueva realidad durante la pandemia. De revisar las resistencias a las nuevas circunstancias, de rendirse ante lo que no se puede controlar, de la aceptación, de mantener la búsqueda de nuestros descansos y de no olvidar respirar.

Ana Ortega

Nací en Tampico, viví 15 años en Monterrey para luego mudarme a La Paz, B.C.S., en donde me auto-exilié cerca del mar desde el 2012. Vivo con mi gata obesa y mis tres perras. Soy activista por los animales. También jiu jitsera y apneísta. No me gustan las etiquetas. Broma. Recién encontré amor por las letras y heme aquí.